Lavender field in Provence near Sault France

PROVENZA: más allá de los tópicos

La Provence, con Marsella como su gran dama, es el punto de partida de esta ruta que nos adentra por preciosos pueblos rodeados de campos de lavanda, increíbles paisajes enmarcados por el trayecto del Ródano hacia su desembocadura; ciudades históricas con vestigios romanos, y una paleta de colores en el ambiente que nos confirman que, más allá de los tópicos al uso, hay una Provenza mediterráneamente insólita.

Texto y fotos: Hernando Reyes Isaza

Seductora. Así es Provenza, una de las regiones más visitadas de Francia y también nuestra propuesta para una fascinante escapada que en esta ocasión se ha empeñado en mostrarnos su cara más emblemática, pero también su faceta más insólita.

La “Dama Insolente”

Empezamos nuestro recorrido en Marsella, la segunda ciudad del país galo y quizás una ciudad que entiende de estigmas, pero también de pluriculturalidad, y es que bien la describió Alejandro Dumas cuando la definió como “punto de encuentro de todo el mundo”. Aquí han llegado armenios, italianos, españoles, portugueses, corsos, sardos y árabes magrebíes en hordas a lo largo de la historia para componer un crisol cultural que hace de esta capital un lugar muy especial en toda la zona mediterránea. Diversas ocupaciones a lo largo de su vida, y una destrucción masiva durante la II Guerra Mundial, han ayudado a que Marsella posea un ADN muy particular.  Su puerto ha sido definitivo en su hoja de ruta, y el tiempo vivido entre guerras contribuyó a que en la conciencia popular imperara su nefasto prestigio o “mauvaise réputation”, y su pasado maldito de los que titulares de prensa, novelas y guiones cinematográficos se hicieron eco describiéndola como la “pequeña Chicago francesa”, un apelativo ganado a pulso por su pasado canalla, de mafias, y de contrabando, por todos conocido.

Sin embargo, esta dama insolente de colores ocres con persianas verdes y azules al mejor estilo italiano, se ha lavado la cara, ha rejuvenecido, y se ha sabido posicionar en ese listado de las capitales más seductoras de Europa; no cabe duda de que en la ciudad más antigua de Francia soplan ahora otros vientos, unos aires que actúan como una especie de hilo conductor de todo el Mediterráneo por la senda del futuro.

Vieux Port: corazón de la resistencia

Usado ya como puerto por los griegos hace más de 2.000 años, este enclave de antaño reúne en todo su espacio el más típico sabor mediterráneo, y sin duda, ha sido siempre el verdadero corazón de la ciudad provenzal. Es este un puerto que ya no se usa con fines comerciales, pero amarradas en sus muelles lucen orondas las embarcaciones de placer mientras los restaurantes y terrazas de alrededor ofrecen lo más laureado de la gastronomía marsellesa como son la famosa bullabesa, una sopa a base de diversos pescados, o el “pastis”, un licor compuesto de anís y regaliz con toques de hierbas provenzales muy demandado a la hora del aperitivo.

Cada mañana arriban las embarcaciones de los pescadores con su producto fresco que se vende al por menor, una estampa pintoresca que bien recoge el “Miroir Ombrié”, la fina estructura de acero diseñada por Norman Foster que protege del sol proyectando sombra a la vez que refleja, con sus 6 metros de altura, el diario trasiego de los marselleses.

El Viejo Puerto se encuentra protegido por dos grandes fuertes como son los de de Saint Jean y el de Saint-Nicolas, y durante la II Guerra Mundial se convirtió en el refugio de todos los perseguidos por los nazis, por lo que se le conocía como el “corazón de la resistencia”. Fue destruido en 1943 por los alemanes y su reconstrucción corrió a cargo de Fernand Poullon, en un estilo neoprovenzal.

Como en muchas otras ciudades europeas aquí se ha instalado una Noria, atracción muy concurrida por locales y visitantes.

Guardiana de marineros y pescadores

 La Basílica de Notre-Dame de la Garde está coronada por una estatua de la virgen María y domina toda la ciudad. La imagen de esta construcción neo-bizantina es una de las estampas más reconocibles de Marsella, su construcción data de 1864 y consta de dos partes: excavada en la roca se encuentra la cripta o iglesia baja de estilo románico, y la parte superior es la fastuosa iglesia que combina los estilos románico y bizantino. Cuenta con varios mosaicos y con un campanario sobre el que descansa la venerada imagen dorada de la virgen y el niño, que desde la edad media se considera la guardiana de los hombres del mar, fruto de esta devoción son los exvotos de barcos que cuelgan en el interior de la Basílica.

Las vistas que se disfrutan desde su explanada permiten contemplar la ciudad y las islas próximas como la de If, cuyo castillo fortificado del s.XVI sirviera de prisión. Además de su importancia histórica y de las leyendas que circulan sobre relevantes personajes que pudieron encerrar sus muros, inspiró la novela “El Conde de Montecristo” de Alejandro Dumas.

La catedral de Marsella lleva el nombre de Santa María la Mayor y también está construida en estilo románico bizantino. Erigida en el siglo XIX, fue Napoleón Bonaparte quién colocó su primera piedra y se encuentra entre el puerto comercial y el puerto viejo.

Un cubo llamado MuCEM

Sin metáforas creativas, sin pulir, y curiosamente ajeno a cualquier vínculo relacionado con la navegación se erigía este cubo en el año 2013 cuando la ciudad fue elegida como capital de la cultura europea. Se trata del Musée des Civilisations de l’Europe et de la Méditerranée, que en pleno viejo puerto y contiguo al Forte Saint Jean, muestra su fachada recubierta por una malla negra que muchos se empeñan en asociar con las redes de los pescadores. En su interior, la fuerte luz que impera en esta región, se tamiza y cambia en un articulado juego de sombras que, desdibujándose según la intensidad del sol, se convierte en un complejo mundo de reflejos similar a los producidos por el mar. Fue diseñado por el arquitecto argelino Rudy Ricciotti célebre por su dominio del hormigón.

El buen comer encuentra en el interior del museo un restaurante llamado “Passedat” que con sus Tres Estrellas Michelin es el templo más sibarita de esta localidad.

La movida marsellesa

En el punto más antiguo de la ciudad se encuentra el barrio de “Le Panier”, un vecindario de clase trabajadora en el que inicialmente se asentaron pescadores, armadores, napolitanos y corsos. Con los años fueron las almas provenientes del Magreb, Vietnam, Argelia o las Islas Comores las que buscaron aquí su morada, y desde hace algún tiempo han “desembarcado” diseñadores y artistas varios que con sus creaciones han contribuido a que emerja todo un laboratorio de tendencias a pie de calle. Por esto, y por su espíritu bohemio muchos consideran a “Le Panier” el más representativo escenario de la “nueva movida marsellesa” centrada en el diseño y protectora de una fascinante esencia multi-racial.

A este ya emblemático rincón, sede de coloridas casas y todo un laberinto de empinadas callejuelas que culminan en la Vieille Charité, se accede por la subida de Les Accoules donde paso a paso se va confirmando el arraigado carácter mediterráneo de un barrio popular que es ya toda una referencia en la nueva imagen de la ciudad. Galerías de arte, restaurantes y tiendas de nuevos diseñadores se han instalado en la coqueta Place des Moulins o en la Rue de L’Evèché; grafitis y todo un abanico de “Street Art” salpican esquinas y ponen palabras a las fachadas mostrando al mundo que Marsella se ha lavado la cara, que se ha hecho un” lifting” y que es un punto de referencia para muchas ciudades que necesitan volverse a posicionar en el mundo del turismo.

El jabón de Marsella

La industria jabonera se desarrolla en el s.XV, y a partir del s.XVI, gracias a especialistas venidos del Mediterráneo, se perfeccionan las técnicas; de hecho, se imita el “jabón blanco de Alicante”, un dato, desconocido por muchos. Como consecuencia de ello, en la Exposición Universal de 1855, el Jabón de Marsella se lleva la medalla de oro.

Es a partir de los años 80 del pasado siglo cuando este producto resurge con fuerza basándose en la tradición de un artículo natural y biodegradable que respeta el medio ambiente. El auténtico tiene forma de cubo de unos 600gr y es de color blanco o verde (el que está fabricado con aceite de oliva). Aunque la producción está algo incontrolada, el verdadero jabón de Marsella es 100% vegetal. Recomendamos al lector hacer una visita a la “Savonnerie Marseillaise de la Licorne”, en el mismo Vieux Port, dónde además de aprender sobre la historia de este género podrá ver la fabricación y hacer su propia muestra de jabón.

Arles: la antigua Arelate

Era el 20 de febrero de 1888 cuando llegaba a la estación de tren de Arles un desconocido artista llamado Vincent Van Gogh quién dejaba París a sus 35 años para acudir a la búsqueda de la “luz mediterránea”. Esta antigua ciudad del sur francés, a medio camino entre España e Italia, que había sido fundada por los griegos en el s.VI a.c. y tomado posteriormente el nombre de Aralate con la invasión romana, sirvió como base al gran genio de la pintura quien en poco más de un año realizaría aquí cerca de 300 obras.

Su primera vivienda fue el Hotel Carrel donde alquiló una habitación por 5 francos al día. Cuadro a cuadro este recinto fue quedándose pequeño para un pintor, que caballete y pinceles en mano rodeó la orilla del Ródano, cruzó el casco histórico de Arles observando en el camino -tal y como lo hicimos nosotros- el anfiteatro con capacidad para 20.000 espectadores que fue restaurado y ahora es Patrimonio de la Humanidad; el teatro; el foro romano, la iglesia románica de San Trófimo, o las termas de Constantino hasta llegar a la Plaza Lamartine e instalarse en un pequeño estudio. Al poco tiempo y nuevamente por necesidades de espacio Van Gogh alquilaría la totalidad de la finca de “La Casa Amarilla” desde donde escribiría a su hermano Theo las célebres cartas que enviaba junto con sus obras para que éste intentara comercializarlas en la capital francesa.

El tiempo que en esta casa pasó Van Gogh estuvo marcado en sus pinturas por la predominancia del color amarillo, y de ella dijo:

Mi casa aquí está pintada por fuera de un amarillo manteca y las contraventanas son de un verde fuerte. Está situada a pleno sol, en una plaza donde también hay un parque verde con plátanos, adelfas y acacias. Por dentro todas las paredes están blanqueadas y el suelo es de baldosas rojas. Por encima, el cielo de un azul intenso. En esta casa puedo verdaderamente vivir, respirar, reflexionar y pintar”.

Siempre soñó con convertir su casa amarilla en una colonia de artistas, a la que incluso llegó a denominar “El Estudio del Sur”. Invitó a su amigo Gauguin, también rechazado por los salones parisinos, pero la amistad terminó en una insigne pelea que les separaría para siempre llevándose con ella el sueño de la colonia de artistas de Arles.

En 1944 el edificio de La Casa Amarilla fue bombardeado por los alemanes, en la Plaza Lamartine hay ahora una fuente nueva, y el lugar donde se inspiró para pintar “Le café le soir” es ahora el “Café Van Gogh”, un lugar donde muchos acuden a hacerse el selfie de rigor.

Pero Arles, puerta de entrada a La Camarga, es también ciudad de toros, a sus corridas asistía Picasso con puntualidad –raro en él- y de hecho su amor por la ciudad le llevó a donarle 57 dibujos que se pueden apreciar en el Museo Réattu. Y también es una ciudad que cada verano convoca a la importante muestra mundial de fotografía de vanguardia.

La Fundación Luma

La llamada región PACA (Provenza-Alpes-Costa Azul) construía en el año 2007 el edificio principal que hoy en día ocupa la Fundación Luma, un ambicioso proyecto financiado por una fundación de Zurich que soporta, auspicia y fomenta el arte contemporáneo en sus diferentes vertientes. Las instalaciones se encuentran en medio de las antiguas naves ferroviarias de lo que en su momento fue el ferrocarril París – Lyon- Marsella. Una de ellas es actualmente una editorial de Arles, y las demás serán parte del ambicioso proyecto que estima ver culminadas sus obras en 2019 y que proviene del deseo de los hermanos Hofmann, Lucas y Marina (LUMA), hijos de un importante ecologista vinculado al arte y que dedicó gran parte de su vida a la protección de La Camarga y otros humedales.

El edificio, tiene un lago que representa a este humedal de la desembocadura del Ródano y está en construcción la gran torre de Frank Ghery, cuya maqueta se puede contemplar in situ, mostrando además cómo Ghery se inspiró en muchos aspectos de “Las Arenas de Arles” a través de numerosos grabados. Se trata de un edificio en espiral revestido de metal y con numerosas terrazas.

Aunque LUMA no es un museo como tal, actuará como plataforma para promocionar nuevos talentos artísticos, permitiéndoles vivir y exponer en estas instalaciones y contar con la ayuda de la editorial para la publicación de sus libros de arte.

Para su inauguración tienen previsto contar con actividades y muestras de grandes artistas como Annie Leibovitz, Benjamín Perré, o el Atellier DUMA de Eslovaquia. Así mismo participarán diversos artesanos, escultores y arquitectos que en sus construcciones han utilizado cereales, arroz o algas.

Alabada sea su luz

Pintores, escritores, fotógrafos o directores de cine se han dejado atrapar por la intensidad de la luz provenzal, por los tonos y colores de una región también rica en olores; por su naturaleza y por los productos de la tierra; por su estilo de vida… en resumen, por un conjunto de seductores ingredientes capaces de alimentar el apetito creativo de cualquier artista. De no ser así no se explicaría la pasión de muchos por esta región que se extiende desde la Costa Azul hasta la desembocadura del Ródano y desde las estribaciones de los Alpes Marítimos hasta el mar Mediterráneo: Van Gogh, Cezanne, Picasso, Albert Camus, Lawrence Durrell, Fréderic Mistral, y más recientemente, John Malkovich, Frank Ghery, Angelina Jolie o Christian Lacroix entre otros, han transmitido al mundo la riqueza ofrecida por Provence a los sentidos.

En Provenza los pueblos son de tonalidades ocres, terracotas y amarillo mostaza; los tonos de verde son infinitos, desde el de los pinares, de las vides y de los cipreses hasta el de los olivares; las flores silvestres salpican los campos, y las tonalidades del Ródano o del Mediterráneo entienden de añiles, índigos, turquesas, transparencias y del color de la plata. Si a eso sumamos el violeta de la lavanda o el azul intenso y profundo del cielo es para quedarse uno atónito.

El viento que aquí sopla se llama Mistral y aunque intenso en gran parte del año y muy frío en invierno serpentea entre árboles y laderas o montes recordándonos que todo en esta región, hasta el aire, es único.

En Rousillon la tierra es de colores bermellones tostados y ocres intensos, y de aquí sale gran parte de la materia prima que se utiliza mundialmente para la producción de tintes y pinturas de todo tipo.

La Ruta de los Ocres

Entre Arles y Avignon, en plena región de Luberon, se encuentra Rousillon que, en el tope de una colina, está considerado uno de “Los Pueblos más Bonitos de Francia”. Esta zona resguarda uno de los patrimonios geológicos más importantes que podamos observar. Hablamos del “Macizo de los Ocres” una formación sedimentaria de más de cien millones de años rica en ocres y minerales terrosos que pueden presentar diferentes gamas de color dependiendo de su mezcla con la arcilla. Van desde el ocre y terracota hasta el rojo más intenso pasando por una gama de amarillos y azafranes imposibles. Este material se ha utilizado tradicionalmente como pigmento para pintura artística y corporal, remontándose su uso a la prehistoria. De hecho, es el material que frecuentemente se encuentra en pinturas rupestres de diferentes partes del mundo.

El “Sentier des Ocres”, como se llama en francés, es un recorrido fácil, apto para niños y en el que recomendamos llevar zapatillas oscuras. Este lugar, al que muchos han denominado “El Colorado Francés”, fue explotado por el municipio desde finales del s.VIII para hacer botes de colores hasta la aparición de los colores sintéticos. El recorrido tarda alrededor de 1 hora y a la salida el visitante no debe dejar de probar el helado de lavanda.

En las inmediaciones del lugar se encuentra el “Conservatorio de los Ocres” ubicado en una antigua fábrica que cerró en los años 70 y que en la actualidad es un museo y centro de estudios del color, una visita más que recomendable.

En bici por la campiña

La mejor forma de descubrir el atractivo paisajístico de estas tierras y de entrar en contacto con la naturaleza y lugares de ensueño como viñedos y campos de lavanda, o pueblos con encanto es hacerlo pedaleando. El trayecto que proponemos se puede hacer en bicicleta eléctrica para mayor comodidad:

Vaugines – Cucuron – Ansouis – Saint Martin de la Brasque – Cabrières d’Aigues – Cucuron

Un total de 30 kilómetros que reconfortan todos los sentidos, y una manera de quemar algo de calorías de las adquiridas por la gastronomía local y los vinos de Provenza, donde destaca el vino rosado que tan de moda se ha puesto en toda Europa, si se solicita, puede terminar la jornada sobre dos ruedas en una cata de vinos en la bodega Domaine de la Cavale.

Se puede contratar el servicio con guía y hacer diversos recorridos.

Sur le pont d’Avignon

La ciudad de Avignon, en el departamento de Vaucluese, fue sede papal de la Cristiandad durante casi 70 años en los que en Roma las cosas andaban mango por hombro. La lucha por el poder religioso llevó a que en esta ciudad se establecieran siete papas bajo la protección de la Casa de Anjou, una época conocida como el Papado de Avignon y que llegaría a su fin cuando el papa se estableció de nuevo en Roma. Sin embargo, los denominados antipapas -Clemente VII y su sucesor Benedicto XIII- permanecieron aferrados a su cargo en Avignon durante una época en que los enfrentamientos, entre papas y antipapas, nobles y casas reales, eran el pan de cada día. Este período de la historia es conocido como el “Cisma de Occidente”.

En 1417 Benedicto XIII, llamado el Papa Luna, fue declarado hereje y terminó refugiado en la ciudad de Peñíscola, en nuestra costa mediterránea. Con la llegada de la Revolución Francesa el orden eclesiástico sufrió un durísimo varapalo y el mayor símbolo gótico de la capital de la Cristiandad durante la Edad Media fue arrasado en su interior: el Palacio de los Papas. Abierta todos los días del año, esta monumental construcción, cuenta con capillas, claustros y habitaciones papales decoradas con los frescos del italiano Mateo Giovanetti.

Perderse por el centro turístico de Avignon permite descubrir pequeñas plazas, viejos cafés, tiendas de productos provenzales como el pastis, el jabón, los aceites esenciales; imposibles callejuelas y viejos cafés o rincones de nuevos diseñadores.

Por su acervo arquitectónico e histórico, Avignon es uno de los 10 lugares más populares de Francia y es Patrimonio Mundial desde 1995. Cuenta con 136 monumentos y casi 50 plazas, unas murallas casi intactas, y cómo no, con el Puente de Saint Bénezet al que la letra de la popular canción hace alusión. Se construyó en 1185 para unir las dos orillas del Ródano, un río que en época de lluvias ha destrozado el puente hasta el punto que de sus 22 arcos originales actualmente solo quedan 4 de ellos. Desde él, con la mirada nostálgica decimos adiós a Provence sin evitar traer a nuestra cabeza una melodía de nuestra infancia…

“Sur le pont d’Avignon on y a danse, on y a danse…”

Más información:

www.tourismepaca.fr.

www.myprovence.fr

www.france.fr.

www.marseille-tourisme.com.

www.arlestourisme.com.

www.luberoncoeurdeprovence.com.

www.luberon-apt.fr.

www.avignon-tourisme.com.

www.palais-des-papes.com