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Trinidad y Tobago, el Caribe nunca imaginado

El llamado de la corona española a potenciales pobladores católicos, provocó un éxodo de hacendados franceses hacia Trinidad, trayendo consigo esclavos de Martinica, Granada y Haití. Fueron los galos quienes introdujeron “la joie de vivre” criolla, y también el carnaval.

En 1.797 cuando llegaron los británicos, se encontraron  con una isla gobernada por leyes españolas, cuyo idioma era el francés criollo.

Aunque muchos de nosotros no lo sepamos, el país es conocido como el “Arco Iris del Mundo”, ya que estas dos islas  son el punto del caribe en el que convergen y conviven diversas culturas y religiones, en un escenario variopinto, casi selvático.

En las islas habitan 1.300.000 habitantes, de los cuales sólo 50.000 viven en Tobago. Aunque el idioma oficial es el inglés, el “patois” y el “hindi” están siempre presentes.

Aterrizamos en un aeropuerto de construcción moderna con algo de ínfulas británicas, pero con todo el sabor del Caribe.

Tras dejar la autovía que sale del aeropuerto hacia la capital, Puerto España, tomamos la estrecha y sinuosa carretera  que une al mar Caribe con la costa Atlántica de la isla.

Sucesivas casas de madera con fachadas pintadas en alegres colores,  puestos de frutas tropicales en la carretera y pequeños pueblos en donde la música “soca” (SOul – CAlipso) suena por las esquinas, son parte de los componentes del escenario de un territorio que dista  tan sólo 7 millas de la costa continental venezolana.

Esta “Tierra de la Santísima Trinidad” como la llamara Colón, posee gran parte de la biodiversidad suramericana. Numerosas variedades de pájaros, mamíferos, reptiles, anfibios y mariposas contribuyen al gran patrimonio natural de la isla, único en el Caribe.

Cruzamos las calles de una pequeña ciudad llamada Valencia  dónde olor a curry y massala se mezclan en el ambiente, llamando nuestra atención. El aroma proviene de una esquina en la que una mujer afro trinitaria arma sobre trozos de papel los famosos “Doubles”. Unas finas tortitas de harina de garbanzo bañadas en un sabroso curry tropical con un chutney de guindillas locales, que suelen tomar los lugareños diariamente como almuerzo o aperitivo, y que como manda la tradición se come con las manos. Al igual que en muchos destinos asiáticos las delicias gastronómicas se encuentran en los puestos de comidas callejeras. No podemos resistirnos ante el “Roti” que aunque oficialmente no es el plato nacional, podría considerarse como tal; se toma a cualquier hora del día, y muchas veces, ante las prisas, es una comida recursiva: consiste en un pan plano y delgado que a gusto de cada paladar se rellena con diferentes curries (garbanzo, cilantro, tamarindo etc…), verduras variadas, pescado y/o diferentes carnes.

Es inmensa la variedad de frutas locales, muchos de sus sabores resultan novedosos y atractivos para los forasteros. Mientras comemos de pie con alguna gente de la isla, escuchamos lo que se conoce como “Chutney Music”, una agradable fusión de ritmos de la india y del caribe reggae.

En la medida que nos adentramos en el interior, la población de origen indio es cada vez mayor. Por momentos, los colores del paisaje tropical, el olor a clavo y cardamomo, así como los atavíos de la gente, nos remontan a algún lugar de la india británica. Sin duda alguna un Caribe desconocido y diferente. El bullicio de las aceras, el gran número de variados comercios, el intenso tráfico de esta población, no distan mucho de una calle cualquiera  de Calcuta.

Si bien la raza negra, llegó a las islas de mano de los europeos, para ser utilizada como los esclavos de las  plantaciones de caña de azúcar, cacao o café, la raza india  fue traída por los ingleses cuando se abolió la esclavitud, y dicho negocio dejó de ser rentable. Igualmente se fomentó “la importación” de chinos, libaneses, sirios, y de otros provenientes de las Antillas y Venezuela. Por supuesto hoy en día este crisol cultural no solamente es fascinante, sino que da una identidad muy peculiar a la isla, todo dentro de una armonía que muchas otras sociedades envidiarían.

Hoy, conviven, tras la independencia definitiva del Reino Unido en 1.962, cristianos, hindues, judíos y musulmanes dando sentido a la célebre frase trinitaria “All we is one”; algo así como “todos somos uno” o “todo cuenta un poco”.

El nombre coloquial que se otorga a la pluralidad étnica de la isla es “callaloo”, que también es el nombre de una rica y suculenta sopa insular que contiene los más diversos ingredientes.

Tras la merienda de la mañana, continuamos nuestro recorrido hacia el norte de la isla, notando mayor población de raza negra, sin duda porque nos acercamos a la costa. Circundando ya el mar Atlántico, cerca de la población de Salybia, se encuentra el Salybia Nature Resort & Spa, un único y lujoso establecimiento hotelero en muchos kilómetros a la redonda.

El punto de encuentro entre el océano Atlántico y el mar Caribe se llama Punto Galera. Nosotros retomamos la ruta en sentido oeste por el mar Caribe hacia la población de Sans Souci, donde las grandes olas despliegan un escenario caribeño plagado de palmeras, haciendo de esta localidad una de las más apetecidas por los surfistas.

Aparece luego en el camino la población de Toco. Un pueblo de pescadores, en su mayoría de religión baptista; pueblo con un  cierto aire caduco, que dicen será víctima de la construcción de un puerto para ferries.

A pesar del derroche cultural, de las tentaciones que supone el mismo, presentes en  muchos de los lugares por los que íbamos pasando, no podíamos dejarnos llevar por la filosofía caribeña del “no problem”, así que continuamos hacia nuestro destino principal: la playa de Grand Riviere.

Sabíamos que era una de las playas del mundo en donde mayor cantidad de tortugas “leatherback” o tortuga Laud o Baúla, vienen a depositar sus huevos cada año entre los meses de marzo y agosto.

Cierto es que la isla de Trinidad, a diferencia de Tobago no presenta un desarrollo turístico grande, pero si es posible encontrar remansos de tranquilidad, quizás de “lujo” por lo especial, único y probablemente la mejor calidad turística para el viajero independiente, como es el Mt Plaisir Estate Hotel, propiedad de un reconocido periodista y fotógrafo italiano llamado Piero Guerrini, quien llegó en los años 90 a esta isla para entrevistar al trinitario Premio Nóbel de literatura Derek Walcott. Se enamoró del lugar, y hoy en día es un personaje que cuida personalmente de sus huéspedes, de una forma maravillosa,  supervisa sus cultivos orgánicos de frutas y verduras; siempre está pendiente de los más mínimos detalles para garantizar el éxito de su negocio así como de  la absoluta satisfacción de su clientela.

La casa que se encontraba en la aislada playa de Grand Riviere, construída debajo de un maravilloso almendro, estaba para la venta. Hoy en día propiedad de Piero, es un encantador hotel de playa, que por encima de todo, tiene un compromiso de respeto hacia el medio ambiente. Sus 13 cómodas habitaciones son una delicadeza caribeña, su decoración, acorde con el lugar, invita a un verdadero descanso aislado del mundanal ruido. El restaurante del hotel ofrece comida  internacional y local,  que es una verdadera delicia, gracias a tantas influencias gastronómicas. Piero está seriamente comprometido con la isla y con las tortugas, es el perfecto anfitrión siempre dispuesto a organizar cualquier excursión que deseen sus huéspedes, o incluso a mostrarles personalmente su mayor orgullo, una plantación de árboles de frutos tropicales traídos de todas partes del mundo que tiene en una propiedad cercana al hotel, en lo que antaño fuera una plantación de cacao. Al poseer los mejores secretos de la isla, probablemente con algo de suerte algún dato interesante puede regalar Piero a los viajeros.

Despertarse en su habitación, abrir los postigos y encontrarse una playa a pie de puerta, con varias tortugas desovando es un espectáculo sublime. Entendemos que ese es hoy en día el verdadero lujo.

Es la tortuga marina de mayor tamaño, llega a pesar hasta 700 kg y su caparazón nos sorprende porque no es de carey, es de cuero o piel, de ahí su nombre en inglés. Estos animales con más de 150 millones de años de existencia, pasan la mayor parte del año en aguas frías, pero las hembras depositan sus huevos en la misma playa en que han nacido, a la que regresan después de nadar miles de kilómetros.

El espectáculo está no solamente ante nuestros ojos, sino ante la frontera que establece el límite entre nuestra cabaña y la playa.

Cuesta creerlo, pero  una fundación privada que se encuentra al cuidado y protección de esta especie, cierra la playa a las 18.00h hasta las 06.00h todos los días de la temporada para cuidar, marcar, controlar y plasmar así su causa; lo hace de una forma sorprendentemente organizada y diríamos “casi británica”.

Hasta hace no muchos años, las tortugas eran víctimas de los locales debido a lo apetecible de su carne, considerada un verdadero manjar. Sin embargo, con la colaboración de voluntarios provenientes de diversas partes del mundo, esta entidad ha conseguido cambiar la mentalidad de la gente al respecto, e incluso involucrar activamente a muchos de los lugareños en su misión de cuidado y conservación.

El esfuerzo no es en vano pero cuesta mucho, no solamente porque las donaciones provenientes de fondos privados siempre son escasas, sino porque la cantidad de crías es muy inferior a los huevos depositados por una tortuga. En cada estación una tortuga puede venir a la misma playa hasta unas diez veces, y depositar en cada una de ellas una numerosa cantidad de huevos. El problema radica en que solamente uno o dos de ellos consiguen eclosionar y dar su cría; además los depredadores naturales son varios a pesar  que “the chamber of eggs” – la cámara de los huevos-, se encuentra profundamente cavada en la arena, y camuflada por ellas mismas con su mejor instinto maternal de protección, tras el depósito de los huevos. 60 días después, las crías verán la luz por primera vez; en medio de un profundo despiste y en ausencia de su madre, buscarán el mar. Las hembras solamente volverán a salir del agua en la época fértil para hacer sus nidos en la misma playa en la que nacieron.

Ver salir del mar a estos seres inmensos –su ancho puede llegar a medir 1 metro- es un espectáculo digno de ser experimentado por cualquiera. La tortuga, pausadamente encuentra el reducto de playa donde cavar. Sus aletas se mueven diestramente para hacer su “nido”, y la cloaca, una vez acomodado el cuerpo del animal, empieza a expulsar gran cantidad de huevos. En ese momento la tortuga entra en una especie de trance, durante el cual pudimos acariciar su cabeza y entender lo mucho que les cuesta todo el proceso.

Sus ojos parecen llorar; de ellos emana una sustancia babosa que naturalmente les sirve para  protegerse de la arena. Hay quienes creen que lloran porque no volverán a ver a sus hijos; también hay quienes afirman que dicha sustancia, casi lacrimosa, es el resultado de evacuar los residuos de la gran cantidad de medusas que devoran, ya que son su principal fuente de alimentación. En cualquier caso, nos queda la certeza de que quien observa esta maravilla de la naturaleza, termina por sentirse comprometido con la causa de una fundación admirable, y siempre querrá volver a Grand Riviere.

La orografía de los alrededores se torna por momentos casi selvática; nuestro deseo de adentrarnos en la manigua se puede realizar gracias a la colaboración de un personaje digno de novela; no en vano ha sido uno de los protagonistas de una investigación inglesa, plasmada en un importante ensayo sociológico editado por Cambridge University: “Pathologie & Antrophologie”.Nuestro amigo tiene el nombre de un tipo de banana tropical: Lakatan, y en su época fue miembro de una comunidad hippie, que supo disfrutar a sus anchas, de “lo natural”. Sus 63 años son difícilmente calculables, pues su cuerpo casi de atleta, revela una ágil destreza ante la naturaleza. Su aspecto rastafari es innegable, y al igual que toda la gente con la que compartimos momentos en Trinidad es inmensamente amable.

Un trekking con Lakatan como guía, con una duración de casi cinco horas, nos lleva por su territorio, en donde la diversidad de flora sorprende al que más, así como una fauna particularmente rica en aves. Nuestra recompensa ante el esfuerzo del trekking, es el encuentro de una cascada de ensueño con langostinos de agua dulce que bailan armónicamente bajo los escasos rayos de sol que logran penetrar en la selva. Un baño en su poza consiguió mitigar el húmedo calor del trópico y aliviar algunas picaduras de mosquitos.

Cerca de Grand Riviere hay algunos ríos en los que es posible alquilar kayaks para realizar una fascinante excursión, y si las corrientes lo permiten, y también su destreza naútica, se puede salir al mar hasta la punta derecha de la playa.

Varias cosas no pueden faltar en este recorrido por el norte de Trinidad; sin duda un día en Playa Las Cuevas, excursión casi obligada; montañas tropicales rodean una gran extensión de arena, en la que las rocas,  a modo de pequeñas cuevas, permiten gozar de una intimidad insospechada. En lo alto de la montaña se encuentra el hotel Las Cuevas Beach Lodge, que sin grandes lujos es la única opción de alojamiento en esta playa.

Esta isla sigue guardando sorpresas y sitios de los que poco se ha hablado; el viajero deberá disfrutarla a su aire y bajo su propio criterio. Algo casi ineludible es probar el famoso “Shark & Bake”, versión caribeña del “Fish & Chips” británico, pero en este caso preparado con carne de tiburón. El mejor lugar para ello es la Playa de Maracas. No deja de sorprender que no hay mayonesa o ketchup para aderezarlo, lo que hay son varios chutneys de clara influencia india,  no se sabe cuál de todos más picante; sin duda, el de tamarindo fue el que más nos entusiasmó, pues su sabor agridulce mitiga la acción de las guindillas. Una vez más los contrastes son protagonistas en este destino desconocido y por lo mismo fascinante.

Esta playa repleta de palmeras y almendros es una de las más concurridas los fines de semana por los habitantes de Puerto España, ya sea para surfistas, deportistas o adictos al sol. Los guardacostas están presentes desde las 10.00h hasta las 18.00h.  Sorprenden gratamente las instalaciones de duchas, baños, parking y en general, la limpieza

Si bien los entendidos afirman que la isla es consecuencia de un desprendimiento del continente suramericano, no es de extrañar la biodiversidad existente, y con ella entendemos por qué el colibrí es uno de los símbolos de identidad nacional. De hecho el nombre indígena de la isla era Kairi, que significa “Tierra de Colibríes”. Se entiende mejor en la visita al “Asa Wright Centre”, una antigua plantación de cacao adquirida por el matrimonio Wright Asa, investigadores, naturalistas y botánicos (Estados Unidos – Islandia) a finales de la década de los 40. El Dr Newcome Wright y su mujer, empezaron a dar alojamiento a los amantes de la naturaleza, y rápidamente hicieron del sitio una especie de Meca de investigación en todo el Caribe. Hoy en día es el lugar más solicitado para el avistamiento de aves de toda la región. La maravillosa mansión colonial de la plantación tiene un gran balcón donde los binoculares no pueden faltar. El sitio organiza caminatas y excursiones ecológicas por sus predios con guías certificados, dentro de una impresionante selva tropical. Ofrece alojamiento en 24 cómodas habitaciones distribuídas a modo de “lodge”.

Quizás uno de los mayores encantos de la isla sea la posibilidad de cambiar completamente de entorno cultural en una corta distancia por carretera. No es extraño encontrar en el interior, pueblos indios rurales en donde las carretas tiradas por bueyes y llenas de caña de azúcar se anteponen a un templo hindú de fondo.

Si conducir por la izquierda no le da seguridad, quizás la mejor opción sea contratar un local con su propio vehículo para que lo lleve y lo traiga según sus deseos y planes. El mismo hotel Mt Plaisir Estate puede ayudarle a encontrarlo.

Si aún le queda tiempo, puede explorar la población de Blanchisseuse –su nombre de origen creole-, probablemente signifique “la mujer blanca que fue vista mientras lavaba”. Si el origen de la palabra seduce, la población no se queda atrás. Sus pequeñas tabernas o bares, siempre invitan a compartir un ron blanco con los locales que, por lo general pescadores, le contarán fascinantes historias que muy seguramente le lleven a una siguiente ronda. Es un lugar muy apetecido por los trinitarios para sus vacaciones, muchos de ellos tienen grandes casas distribuídas en sus colinas. Su encanto es admirado por muchos. La arquitectura del pueblo tiene grandes influencias georgianas, y lo que suele cautivar más al visitante, es la iglesia que mira al mar sobre un acantilado, como eterna protectora de sus habitantes. Las casitas color pastel discurren armónicamente a lo largo de Paria Main Road en la parte alta de la ciudad.

Un país poco conocido en medio de un Caribe nunca imaginado. Probablemente sea el carnaval de la capital Puerto España (patrimonio cultural de la UNESCO) el que ha transmitido las mejores sensaciones de Trinidad y Tobago, ya que es el más importante de la región Caribe.

En los últimos años la responsabilidad de imagen ha recaído sobre los ya famosos “Soca Warriors” su selección nacional de fútbol que desempeñó un honorable papel en la recta final del mundial de Alemania en 2006. El críquet es otra gran pasión de esta gente.