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El esplendor de Siam

Ante la imagen inmensa, moderna, e imponente de la trepidante Bangkok, muchos piensan que ésta ha sido desde siempre la capital tailandesa. Lo cierto es que antes de ella hubo tres más, siendo la llamada “Ciudad de los Ángeles” la cuarta capital que ha tenido el antiguo reino de Siam. De todas ellas, fue Ayutthaya la más impresionante, la más codiciada y también la más atacada. Los cuatrocientos años de su capitanía, son calificados por los historiadores, como la “Época Dorada” del país de las sonrisas.

Solamente 80 kilómetros separan a Ayutthaya de Bangkok; aunque la gran mayoría de los visitantes optan por visitarla en un día a modo de excursión desde la capital tailandesa, bien merece pasar una noche cerca de las ruinas de una ciudad que en su momento marcó el esplendor del reino de Siam, para así tener la oportunidad de disfrutarlas al amanecer, sin gente, y en la más mística y silenciosa postura de su grandioso pasado.

Brillo de un pasado

Su nombre viene de la ciudad Ayodhya en India, que en sánscrito significa “Indestructible”, toda una paradoja si tenemos en cuenta que la ciudad encontró su fin al ser destruida por los birmanos. Hacia el siglo XI el Imperio Khmer dominaba desde Angkor, en Camboya, gran parte del territorio del sudeste asiático. Los tailandeses fueron encontrando su propio espacio en la lucha contra poderes externos, y así en 1238, Sukhothai se convertiría en la primera capital del Reino de Siam. Tiempo después, y por cuatrocientos años, la capitanía se instalaría en la nueva ciudad de Ayutthaya, fundada por el príncipe U-Thong en 1350. Aquí residieron 33 reyes de diversas dinastías, y sería a mediados del siglo XVIII cuando la ciudad alcanzara su máximo esplendor con infinidad de palacios, cuatrocientos templos y monasterios, y un millón de habitantes, que la convirtieron en la época, en una urbe con mayor población que Londres o París.

El emplazamiento terminó convirtiéndola en una isla, debido a los canales trazados estratégicamente por hábiles ingenieros, que entendiendo la importancia comercial, por el hecho  de estar sobre la confluencia de los ríos Chao Phraya, Pa Sak, y Lob Buri, enfocaron sus diseños para mantener la relevancia de las exportaciones del reino: pieles, minerales, arroz y marfil.

El brillo económico y social de la llamada “Joya de Oriente”, estuvo en la mira de los birmanos durante siglos. Decididos a conseguir sus objetivos, la invadieron en 1767 sometiéndola a un desmedido expolio. La ciudad fue arrasada y completamente incendiada, quedando solamente las ruinas de la que fuera el corazón económico del Reino de Siam. El rey Taskin consiguió expulsar a los birmanos restaurando el poder thai, sin embargo la ciudad nunca volvió a albergar a la corte, y la capital se trasladó a Thon Buri, antes de instalarse definitivamente en Bangkok.

Majestuosidad en ruinas

Por suerte, el gobierno tailandés ha venido recuperando y reconstruyendo parte del legado de Ayutthaya, convirtiéndolo en un interesante atractivo para el turismo, y aunque aún quedan algunos edificios por reconstruir, la Unesco la declaró en 1991, Ciudad Patrimonio de la Humanidad.

Las ruinas, de las que alguna vez fueron sus murallas, alcanzan doce kilómetros de longitud, y delimitan la antigua ciudad en la que se encuentran las más destacadas construcciones. Muchos visitantes optan por recorrer el recinto arqueológico en bicicletas de alquiler que les permiten desplazarse de un templo a otro. Y aunque la visita también puede realizarse a pie, lo más práctico y entretenido es hacerla en tuc-tuc, la típica moto taxi con carrocería para pasajeros, de permanente castañeteo y rápido andar, que es un producto prácticamente endémico del sudeste asiático. Al ser el regateo liturgia obligada para cualquier transacción, con cierta habilidad se logra obtener una buena tarifa por horas.

Son varios los templos y monasterios llamados wat, y muchas, las ruinas de importantes edificios en esta ciudad. Entre ellos merecen su visita el gigantesco Buda de 90 metros de ancho de Wat Phanan Choeng, que estuvo inicialmente en una explanada al aire libre, aunque actualmente se encuentra cubierto, para protegerlo de las inclemencias climatológicas; Wat Raj Burana, el mayor de todos los templos que se conservan hoy en pie y que fue construido en 1424; y Wat Phra Sri Samphet  el Palacio Real de 1369, cuyas tres románticas stupas se han convertido en el símbolo de la ciudad. Otros monumentos que también seducen al visitante son Suriyat Amerin, el palacio que sirviera de residencia real; y San Phet Prasat y Vihan Somdej, ambos destinados a la celebración de recepciones oficiales. Sin duda alguna el mayor misterio del recinto lo encontramos en Wat Phra Mahathat, concretamente, entre las caprichosas raíces de una higuera. Se trata de la cabeza de un Buda, que con su afable sonrisa parece transmitir una sutil vanidad  por haber logrado resistir a la barbarie birmana.

Es curioso avistar las estatuas de buda envueltas en mantos y túnicas amarillas, que brillan con elegancia. Son muchas las familias de fieles budistas, que en su ánimo de contribuir al mantenimiento de los monumentos, aportan las túnicas a modo de ofrenda, dejando escrito sobre ellas el nombre del donante.

En este recinto arqueológico son pocos los que se resisten a un paseo a lomos de elefante. El paquidermo, es un símbolo nacional en Tailandia, y es utilizado en innumerables labores, festividades, procesiones populares y de la realeza, así como en  actividades turísticas.

Importantes obras de orfebrería, joyas, budas y objetos religiosos de los siglos XVII a XVIII, se pueden apreciar en la sucursal del Museo Nacional, en la parte moderna de la ciudad, en un espléndido edificio restaurado para tal efecto.

A lo largo de la semana se celebran varios mercados, exponentes fieles de los productos thai. Artesanías, frutas exóticas, verduras y especialidades de la cocina tailandesa, deleitan exóticamente a cualquier visitante.