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India: monumental y mágica

Para muchos un elíxir de vida, para otros simplemente insoportable. La India es un vasto espacio donde se acumulan incluso los tópicos menos usuales, en el que colores, sabores, olores e imposibles estampas visuales sacuden el fuero interno de sus visitantes.

El crisol cultural que impera en el llamado subcontinente asiático se plasma con fuerza en su paisaje humano. Un conjunto de innumerables etnias, lenguas y creencias salpican esta ruta denominada del Triángulo de Oro, un recorrido realizado por el 45% de aquellos que viajan a esta nación por primera vez y que sintetiza gran parte de la riqueza visual y antropológica de la democracia más grande del mundo.

Recorreremos pues los principales encantos de Delhi, la capital del país; de Agra el lugar donde reposa el Taj Mahal, uno de los monumentos más fotografiados del planeta, toda una obra de amor y de arte única en el mundo, y Jaipur, la llamada Ciudad Rosa, capital del Rajastán y tierra de marajás, donde confluyen todas aquellas fantasías asiáticas que el lector alguna vez imaginó.

Nueva Delhi, una mirada a la modernidad

La capital india es el puerto de entrada de una gran cantidad de visitantes, es una urbe que deambula permanentemente entre el ayer y el mañana, donde los contrastes y las contradicciones van de la mano. Claramente dividida entre la Nueva y la Vieja, Delhi mira incesante al futuro manteniendo sus raíces más profundas.

Nueva Delhi, responde a un trazado urbanístico majestuoso realizado por el arquitecto británico Edwin Lutyens. A él se le encargó el diseño de lo que sería la nueva capital del país –hasta entonces la capitanía la ejercía Calcuta-, de alguna forma un emblema entonces vital para la imagen del British Empire. Así, se construyó un gran palacio para que hiciera las veces de residencia del virrey inglés, que hoy en día es el Palacio Presidencial. Los edificios aledaños que albergaron las dependencias del llamado Raj Británico, dan cobijo en la actualidad a varios ministerios; por su parte el edificio del congreso sobresale por su forma circular y sus inmensas proporciones. El punto neurálgico es Connaught Place de donde parten radialmente las principales avenidas. La llamada Puerta de la India –de asombrosa similitud con el Arco del Triunfo-, fue construida para rendir homenaje a los más de 90.000 soldados indios que perdieron su vida tanto en las guerras afganas de 1919 como en la primera guerra mundial.

En el área de Raj Ghat y donde fuera incinerado Gandhi, se encuentra su tumba. Un lugar muy venerado que con el tiempo se ha convertido en una especie de centro de peregrinación; los visitantes acostumbran a dar vueltas al mausoleo con absoluta devoción.

La ciudad se ha ido extendiendo con el dinamismo propio de este país. La zona más moderna es la de South Delhi. Aquí prestigiosas cadenas hoteleras internacionales, restaurantes regentados por premiados chefs, discotecas propias del ambiente londinense y centros comerciales de gran lujo han encontrado su mejor plataforma y sus mejores clientes.

Desde hace menos de tres años los vuelos intercontinentales aterrizan en el nuevo aeropuerto internacional Indira Gandhi de Delhi, una gran obra arquitectónica que se corresponde con el poderío económico de un país que hace parte de los llamados Brics, las economías emergentes en boga (Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica), y que se ubica en las inmediaciones de South Delhi.

Old Delhi, un mundo aparte

Esta urbe a orillas del río Yamuna y levantada sobre los terrenos que ocuparon siete diferentes ciudades de la antigüedad, alberga sobre sus suelos una colección de monumentos de importante relevancia. El minarete más alto del mundo erigido como símbolo del poder musulmán sobre la ciudad es el de Qutub Minar, que con sus 72m de alto fue declarado Patrimonio de la Unesco. De imponente belleza es un edificio de corte mogol inspirado en los más bellos preceptos del arte persa e hinduista. No en vano, se considera el predecesor del Taj Mahal y en él descansan los restos del emperador Humayun.

Si existe algún símbolo arquitectónico de Delhi, ese es el Fuerte Rojo, ubicado en la Vieja Delhi y que también hace parte de la lista de Patrimonios de la Humanidad. Un enorme complejo palaciego inspirado en aquel idílico paraíso que describe el Corán, rodeado por murallas de piedra rojiza tras las que se levantan fascinantes y numerosos edificios mogoles como son, entre otros, la Casa del Tabor, la Mezquita de la Perla o los infaltables hammanes.

La mezquita más grande de India, se encuentra localizada en Old Delhi. Su nombre es Jama Masjid y tiene capacidad para 20.000 fieles. Se construyó con el propósito de ser una réplica de la mezquita Moti Masjid de Agra y terminó superándola en tamaño y con una increíble mezcla de estilos. En ella se guardan  algunas reliquias de Mahoma: un pelo, una sandalia y una huella de una pisada del profeta. La paz que se respira en este recinto se encuentra rápidamente suspendida al cruzar la puerta que lleva a una de las calles más auténticas y caóticas, me refiero a Chandni Chowk, un verdadero torbellino de actividades comerciales que de alguna manera llega a sintetizar el tantas veces descrito revuelo nacional.

La vida callejera de la Vieja Delhi desborda cualquier percepción olfativa, óptica o auditiva. Parece ser una Torre de Babel donde lenguas, credos y todo tipo de actividades conviven en lo que cualquier occidental describiría como la más absoluta anarquía. Ciertamente como visitantes estamos asistiendo a la realidad de un barrio, de una ciudad, de un país…

Adentrarse por este vecindario y respirar el frenético ritmo de sus calles y aceras es contemplar un mundo solamente comprensible por sus protagonistas. Es avanzar con un ciclón cultural en el que se baten diferentes etnias, diversos comercios y hábitos y tradiciones que existen desde que el hombre es hombre. Bicicletas, rickshaws, vacas, cabras, chilabas, turbantes, saris y niños que sonríen ante nuestra presencia se funden entre carretillas de frutas y verduras, puestos de comida, altares callejeros que expelen los humos perfumados del incienso oriental, tenderetes de repuestos de coches o carnicerías musulmanas que exhiben colgados unos corderos que descansan en paz ante la rapaz mirada de decenas de águilas que planean por los aires en busca de alimento.

La Vieja Delhi, creo, es el reflejo de la India más auténtica, más humana y caóticamente más diversa, es también el “meeting point” de los cables eléctricos que se enredan entre ellos como si de un nido de pavorosas serpientes se tratara.

La cándida luz del amor

Durante el parto de su décimo cuarto vástago, Mumtaz Mahal perdió la vida. El emperador mogol Shah Jahan nunca pudo superar la pérdida de su mujer más amada, y en su recuerdo, se propuso levantar el más grande monumento al amor jamás construido. Fueron necesarios veinte mil hombres y veinte años de trabajo para que el Taj Mahal fuera terminado. El mausoleo que guarda los restos de la princesa es el monumento más visitado de la India y probablemente uno de los más fotografiados del mundo.

Lapislázuli, amatista, ónix, jade, turquesa o madre-perla son algunos de los elementos que junto con otras treinta y siete variedades de piedras componen la inagotable colección de dibujos geométricos, florales y caligráficos que se engarzan sobre el mármol blanco del edificio principal. Esta técnica artística conocida como parchin kari alcanza aquí la perfección como en ningún otro lugar.

Los controles de seguridad para acceder al monumento son de una magnitud comparable solamente con la imponencia del mausoleo más espectacular del orbe. El ajetreo exterior poco a poco se va tornando en un remanso de paz que alcanza su clímax al cruzar el arco que precede a esta magnánime obra arquitectónica. Resultado del amor y del poderío de un reino que en su apogeo alcanzó los cien millones de almas y que ostentó el título de ser la potencia musulmana más grande jamás creada hasta el momento, el Taj Mahal, supera cualquier entendimiento de lo mágico.

Los jardines de estilo persa –absolutamente simétricos- resaltan alrededor de una fuente central. El agua, la leche, el vino y la miel, considerados los ríos de la abundancia, están representados en los canales de agua que desde la fuente siguen la dirección de los puntos cardinales. Son cuatro inmensos minaretes los que custodian el edificio central. Curiosamente se encuentran ligeramente inclinados hacia fuera para que, en caso de caída, no deterioren ni dañen la cúpula central, esa joya que algún romántico describiera como “la eterna lágrima de mármol”.

A lo largo del día la luz y sus diversas intensidades consiguen que el mármol blanco del Taj Mahal adquiera diferentes tonalidades: oro brillante, rojizo tenue, azul del atardecer o un pálido rosa… Gamas lumínicas que transmiten la candidez del amor.

Jaipur, capital de las fantasías asiáticas

El Rajastán fue el reino de los marajás, fue meca de la opulencia de los rajput -los señores feudales que conquistaron estas tierras- y Jaipur, su capital, es una ciudad que arrastra una tradición artesanal de reconocida calidad en el terreno textil y la joyería.

Ante la importante visita que en 1853 debía realizar el marido de la reina Victoria, el príncipe Alberto de Gales, las autoridades locales decidieron engalanar la ciudad pintando sus fachadas de color rosa, un tono que en el Rajastán se identifica con la suerte. Desde entonces mantiene en sus paredes el color de un romántico atardecer, por lo que recibe el nombre de “Ciudad Rosa”.

Uno de los más bellos edificios de Jaipur es el Palacio de los Vientos o Hawa Mahal que con su forma de corona fue construido para que las mujeres del harem del marajá contemplaran la vida de la calle, sin ser vistas, a través de las casi mil ventanillas de celosías que posee su fachada.

El bullicio de sus calles es un sin cesar. El caos vehicular, de transeúntes y de animales es apoteósico. La contaminación auditiva supera cualquier límite de decibelios. Hay que pitar, siempre se pita, todos pitan. Por momentos parece que la única forma de encontrar un lugar en el espacio vial sea mediante la activación del claxon; la derecha y la izquierda se funden en un único concepto en el que no hay ni carriles ni líneas divisorias. Coches y animales tienen los mismos derechos en cualquier cruce y la orquesta de bocinas parece estar dirigida por los letreros que con orgullo lucen muchos vehículos: “Please blow your horn”. Un paseo en rickshaw permite al visitante adentrarse en este mundo y quizás lo más apropiado sea cogerlo para dirigirse a alguno de los bazares de la ciudad: Jahari Bazaar para joyas y piedras preciosas o Chandpol Bazaar para objetos de mármol y piedra. Quienes deseen encontrar telas, mantelería y ropa de cama deben dirigirse al de Chaupar y Nehru.

El antiguo mapa hinduista del universo se plasmó en el diseño del casco histórico, trazado sobre una cuadrícula de nueve partes. El Palacio de la Ciudad se levantó justamente en el centro de esta curiosa distribución, donde según la tradición vive Shiva, el dios de la creación y la destrucción. Son varios los patios del interior del recinto y entre ellos  nuestros favoritos son los de Pitam Niwas Chowk por los dibujos que adornan sus portales y el de Diwan-i-Khas Chowk. Los rajputs que custodian las dependencias posan para el visitante con la dignidad de un glorioso pasado: las puntas levantadas de sus bigotes y sus bien acomodados turbantes hablan de la fuerza y el poderío rajastaní; eso sí, están a la espera de una propina por el retrato.

El Museo de Arte, con varias miniaturas y documentos de época, y el Museo Textil, con una valiosa colección de ropa de los marajás, son dos de los lugares más visitados de este conjunto.

En las cercanías del palacio se encuentra el curioso observatorio astronómico de Jantar Mantar con varios artefactos para calcular la hora, predecir eclipses o descifrar la posición de la estrella polar.

El Rajastán es una tierra de fantasía donde se plasman todos los conceptos que en occidente se tienen de la fantasía asiática: opulencia, joyas, desiertos y turbantes de mil colores. Antiguos palacios convertidos en lujosos hoteles, lagos de cuyas aguas emergen suntuosos palacetes, piedras preciosas y plata; encantadores de serpientes, vendedores de todo tipo y una gente acogedora y sonriente dispuesta a convertirse en los mejores anfitriones.