Orcha-I

Orcha: La Ciudad Oculta

Sabemos que la red de ferrocarriles de la India es una de las más grandes del mundo, ya que transporta diariamente a más de 10 millones de pasajeros y conecta más de 7000 estaciones. Empapados de tanta lectura, entendemos que un viaje en tren dentro de este país, es algo que definitivamente hay que hacer, una forma ineludible de conectar con la inmensa realidad india.

Una estación de tren aquí es un tumulto desorganizado, un caos nacional comprimido, una expresión desbordada de la realidad del país, un inmenso campo de seres vivientes que luchan por sobrevivir de cualquier manera. Acarreadores, maleteros, lustrabotas, mendigos, leprosos, viajeros, pordioseros, acomodadores, cobradores, pasajeros, ancianos, niños, puestos de comida, tableros en caligrafía hindi, o listados de pasajeros que cuelgan en agrietadas paredes, son sólo algunos de los componentes de estos puntos donde confluyen viajeros y mercancías.

Con un retraso de 3 horas, conseguimos coger un tren hacia Jhansi. El tiempo de espera en la estación fue el necesario para entender que efectivamente todo aquello que se observa aquí es una especie de microcosmos de la India. Nunca podremos olvidar las hordas de curiosísimos personajes, que en medio de una densa niebla matutina, iban y venían por el único andén de aquella estación, sorprendiéndonos con raros atuendos, misteriosos rostros y desacostumbrados andares. El suelo acoge a todos, como si se tratara de un gran salón en el que cada cual danza con sus vernáculas costumbres, conversando con su soledad, su dios o sus compañeros de viaje. Comen, beben, cocinan, compran, venden, cagan o mean… sí, ahí mismo como si las vías férreas fueran los únicos e inestimables testigos; mientras los “no anuncios” de una demora o un retraso se convierten en cómplices de su “no afán”, su “no prisa”… de su saber aguantar.

El tren que abordamos, no era como los que siempre imaginé con gente colgando de todas partes; era cómodo, a pesar de que la limpieza no entra en ningún vagón. Siento que el concepto de limpieza en este país es algo espiritual muy alejado de nuestro concepto occidental de pulcritud. Aunque la silletería es numerada, parecería que la gente ni se percata de ello ni le importa; todos parecen ocupar respetuosamente el lugar que desean. Invariablemente van con las caras sonrientes, y sus inmensos ojos resaltan sobre las pieles oscuras… color oliva… La paciencia los habita, se les nota en su andar, que como el del tren, es lento y flemático.

Tras llegar a nuestro destino, y quedarnos alelados al ver cómo sobre la cabeza de dos hombres de aspecto extravagante, aparecían apiladas una sobre otra todas nuestras maletas, retomamos nuestra ruta por carretera, hacia Orcha.

En este encantador pueblo medieval de pasado bundela y capital de dicha dinastía, las manos del tiempo se han detenido, recostándose en sus palacios, templos, murallas, puertas o caballerizas. Esta joya arquitectónica, ciudad de templos shikkaras salpicados de guano, palacios derruidos, havelis y cenotafios de piedra arenisca, se extiende a orillas del río Betwa, casi oculta por la maleza. Su nombre de “Ciudad Oculta” no es  entonces difícil de entender. Mientras cruzábamos el puente que conduce al epicentro artístico, recordé varios paisajes del “Libro de la Selva”…

Mujeres, con platos de acero sobre su cabeza llenos de piedras y vestidas con alegres telas, realizan el trabajo de cantería. Niños descalzos, de mustio andar, regalan sonrisas al horizonte; monos de larga cola caminan a nuestro lado bordeando el camino, mientras  el sol intenso de las primeras horas de la tarde escenifica un momento inolvidable. Una vez dentro de uno de los palacios y al final de la visita, miro a la llanura jaspeada de templos que tienen el color del azafrán, y recuerdo las explanadas de Bagán en Myanmar; me encandila la melancolía del pasado. Tras despedirnos del fuerte Jahangir Mahal, Raj Mahal o “Palacio Real” y unos tres templos más, volvemos a nuestro punto de partida.

A los pies de estas exóticas ruinas, se alza una aldea adormecida de casas elegantemente pintadas y puestos de mercado que fueron los anfitriones de una deliciosa y solitaria caminata. En uno de estos puestos un grupo de mujeres se acercan a comprar “sindoor”, ese polvo vermellón que se ponen en la raya del pelo o con el que se pintan un bindi rojo en su frente; curiosamente este puesto también vendía bindis adhesivos y de otros colores, que aparte de servir para demostrar el estado civil de las mujeres que lo utilizan, combinan con su vestir dependiendo del color del sari que lleven. Este puesto también nos ayudó a entender que los demás polvos de colores se emplean en los tilaks, esas pequeñas decoraciones que utilizan hombres y mujeres en su frente durante determinadas ceremonias religiosas.

Si aquí el extremo entre riqueza y pobreza es abismal, el sentido del olfato también se intensifica, hasta lograr que lo nauseabundo se torne incluso agradable. En los puestos de especias y comida de estas calles recordé el origen del ghee, la mantequilla clarificada que siempre utilizan. Una simple técnica de ebullición consigue que ésta perdure gracias a la extracción de sus impurezas. Igualmente vino a mi memoria que el uso de especias en la carne que condimentan en demasía, obedeció en un principio a la falta de refrigeración. Por momentos visualicé tantas recetas que eran posibles gracias a esta realidad in situ; como el daal, el roti o el tandoori

Las especias con su valor comercial atrajeron desde la edad media a europeos, y en torno a ellas y a su comercialización, se gestaron grandes fortunas. Hoy en día siguen ahí, nos regalan su olor, adornan los mercados y hacen exquisita su gastronomía, que al son de curries y guindillas otorgan el picante de la vida a esta sociedad… Cuando ya abandonábamos la última calle, nos encontramos con un puesto de tahalís, esos compartimentados platos de acero inoxidable en los que suelen comer los indios, y que muchos occidentales encuentran feos, opacos y sumidos. Sonreí intentando traer a mi cabeza cuál fue la sensación que experimenté cuando, hace muchos años, comí por primera vez en uno de ellos; no lo recordé con exactitud, pero algo me dijo que no debí haber entendido con facilidad el porqué algunos de los restaurantes indio del Soho londinense, utilizaban estos trastos de aluminio y desgastados, en vez de una vajilla normal…

Abandonamos Orcha para dirigirnos a Kahurajo, el sol se ocultaba entre arreboles de arte bundela, y unos anaranjados caprichosos despedían el día…