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Sagrada y eterna Benarés

Puedo decir, tal como lo dijera el poeta colombiano Jorge Zalamea en “El sueño de las Escalinatas”: “Como los lectores de libros sacros, los pregoneros de milagrerías y los loteadores de paraísos y nirvanas, también yo he de sentarme de espaldas al río, frente a las escalinatas plagadas de creyentes y obsedidas por dioses vivos y muertos; frente a los templos de ladrillo y cobre sobre cuyas escamas la luz hierve y crepita; bajo los empinados palacios en cuyas azoteas cunde la algarabía de los monos…”

Benarés la segunda ciudad más antigua de la humanidad, después de Damasco, alberga, como ciudad sagrada, a todos aquellos fieles al hinduismo que buscan purificación; a los que vienen a morir, para entregar sus cenizas al sagrado  canal fúnebre y purificador que es el Ganges. Así, maharajás, brahmanes, yoguis, gurús, pordioseros, moribundos y enfermos, conforman un espectro social que invade las calles de esta ciudad, que sin duda, constituyó la etapa más dura de nuestro viaje. Me vuelvo a remitir al poema de Zalamea, pues considero que relata de manera veraz, fuerte y dolorosa, el escenario que vivimos en esta ciudad sagrada, frente al río: “…En primer término, cito a los hongos humanos que proliferan sobre las escalinatas o agonizan en ellas: Esculturas vivientes, gesticulantes y gimientes que abren avenida hacia la abierta sala de nuestra audiencia: el adolescente epiléptico que hace precipitar el ritmo de las plegarias con su alarido de entusiasmo y su bramar de espanto; el enano que salmodia su irreparable mendicidad bajo el lujo de su enorme turbante amarillo; el paralítico que con sus tablillas ambulatorias, remeda sobre la sorda piedra la invitación de las castañuelas a la danza; la leprosa que, mendicante, púdica, coqueta, desesperada exasperada, cierra o hace flotar el vuelo violeta de su manto sobre su desleída carne gris; el niño que pone al sol los coágulos azulencos de sus descompuestos; el hermoso mozo mutilado por sus propios padres para que la muda y desnuda plegaria de sus muñones le garantice el pan de cada día; el demente, el sifilítico, el calenturiento, el idiota, el varioloso, el pianoso, el tiñoso, el sarnoso, el caratoso, el tuberculoso”.

Por nuestra parte, extranjeros y turistas, observamos incrédulos, esta entrada directa al paraíso cultural de la India. El temor, el estupor, y la sensación de absoluto desconocimiento e ignorancia, se apoderan de nosotros, generando sorpresa, miedo reverencial, y litúrgico respeto; pero ante todo: sobrecogimiento espiritual.

No pocos han sido los occidentales que han visto en este lugar una musa de inspiración para sus obras literarias. Borges, sin ni siquiera haberla pisado le dedicó un poema: …Jadeante/la ciudad que imprimió un follaje de estrellas/desborda el horizonte/y en la mañana llena/de pasos y de sueño/la luz va abriendo como ramas las calles.

Para Kipling, los baños rituales de Benarés son el espectáculo más grandioso de la India, y así lo afirma en “Kim”. Muchos otros autores contemporáneos, escritores, pintores y fotógrafos han llegado a esta ciudad eterna, a pasar alguna temporada en busca de una mayor espiritualidad.

Varanassi en hindi, ubicada entre los ríos Varana y Asi,  siempre ha  seducido a miles de almas inquietas. Sus festivales son famosos, y durante ellos, los visitantes pueden duplicar a la población que hoy en día se estima en un millón de habitantes. Si bien la totalidad del universo sagrado hindú se plasma en Varanassi, la ciudad tiene además mucha fama por sus sedas, las mejores de India, aparte de ser un importante núcleo artesanal y foco de astrólogos, sastres y masajistas…Vuelvo a Zalamea Borda: “… Doy luego precedencia en mis invitaciones a las gentes que viven un poco más allá de las escalinatas, detrás de los templos y los palacios: las muchachas que acarrean las arenas y reciben en pago de su afán minúsculas hojuelas de estaño, los vendedores de leños para las piras funerarias; los vendedores de tierras de colores para los tatuajes de la casta y el rito; los vendedores de rosarios de sándalo, nueces o vidriería que amansan la ira e inoculan la resignación; las niñas que venden guirnaldas para adornar las esquivas gargantas del río; las niñas que venden diminutas almadías de paja con dos velillas encendidas para ofrendar al río; las solitarias abuelas varicosas que exponen con tímido orgullo, sobre un pingajo de saco, seis nueces, cuatro pimientos rojos y un mango marchito; los escribanos que copian la letanía de las miserias iletradas: de la madre que busca al hijo para que le dé un sudario; de la niña abandonada que no quiere perder el cielo del pecho de su amante; del jornalero que clama contra una justicia de expropiadores; los vendedores de tortillas; los vendedores de especias; los vendedores de hojas de betel; los vendedores de buñuelos en que se arraciman las abejas; los vendedores de emplastos; los vendedores de pájaros…”

Mi retina guardará de por vida las imágenes de las  cremaciones sobre las que tanto habíamos oído hablar, y, que cuando las presenciamos, vislumbramos el sentido  que la vida y la muerte tienen para esta cultura ajena, distante, diferente, y también fascinante. Nunca supe si la neblina que se acumulaba como un halo espeso sobre la ciudad, era una manifestación metereológica puntual, o si por el contrario, era el humo de las  cremaciones regando almas sobre el santo cielo de Benarés.

El ghat de Manikarnika, es el que cobija mayor cantidad de cremaciones.  Aquí, los afortunados económicamente, pueden dar a su difunto  una cremación honrosa costeando la gran cantidad de madera que exige la combustión de un cadáver. Por su parte, los más humildes, terminan viendo cómo la poca madera que han podido adquirir, no ha sido suficiente para la cremación de su difunto, exponiendo así, los restos de éste a buitres carroñeros.

La alegría de la vida y  de la muerte, es lo que nos ofrece un paseo en barca para presenciar ceremonias religiosas al amanecer, ablaciones o cremaciones. Hemos ofrecido al río, llenos de ilusión y melancolía nuestros malhas, velitas encendidas en medio de una corona de flores, que ahora corren río abajo camino a los dioses…  se alejan surcando el río de Ganga, la diosa de la energía y de la pureza, madre de ocho hijos y a su vez, hija de Shiva y Parvati.

Un skyline muy particular va apareciendo con las primeras luces del día en donde palacios de marajás, ghats, históricos y antiguos edificios nos cuentan, al vaivén de las barcas, la historia de la ciudad, y nos conmueven en medio de un misticismo apoteósico.

Habiendo perdido mi capacidad de asombro, suspiro profundamente ante la singular  fusión de vida y muerte. Desembarcamos en Manikarnika alcanzando a ver los últimos humos de una cremación.

En mi camino hacia Godowlia, el casco histórico de la “La Ciudad de la Luz”, no puedo dejar de pensar en todo lo que he presenciado.  No logro apartar de mi mente los rostros moribundos de los que aquí acuden buscando la eternidad, o los de aquellos que buscan respuestas, tal vez sin alcanzarlas, al dolor humano. Ante mí, aparecen  construcciones antiquísimas de pequeñas ventanas y puertas, que se aglutinan a lado y lado de estrechas y sinuosas calles. Mientras tanto me voy encontrando con extraños y pintorescos personajes, que rodeados de una estrafalaria penuria, aceptan sin duelo sus quebradas vidas, masticando paan y lanzando rojizos escupitajos a un suelo tapizado de miseria y mierda. Pienso en Zalamea y su poema: “…Que vengan también el herborista y el sacamuelas; el botero y el guía; el alfarero y el tejedor de mimbre; el astrólogo y el sastre; el homeópata y- el acupuntista…. las mujeres que trituran las piedras al borde de las carreteras; los ancianos que rasuran el vello amarillo de la tierra secana; el niño tuerto que teje los saríes de púrpura y de oro; los hombres que tiran de los carros cargados con grandes vasijas de gres; los encantadores de serpientes; los cornacas; los colectores de boñiga; los niños que pastorean jabalíes y búfalos; los hombres que cuidan de los monos en los templos olorosos a orina y benjuí; los remendones de babuchas; los barberos que, en cuclillas, rasuran y tonsuran a sus clientes entre las ruedas locas de los rickshaws; los mozos de tiro de los rickshaws: los Ganímedes de leche de coco; los trenzadores de cuerdas; los basureros y los recogedores de colillas; los esquiladores y cardadores; los camelleros y burreros; los poceros y los pregoneros; los estafetas y las plañideras; la mujer que tuesta los garbanzos; la que cuece el arroz; la que sabe parar los flujos; la que maquilla a la niña impúber; la casamentera y la amortajadora; los que baten el cobre, los que graban el cobre, los que nielan el cobre… y los incineradores de cadáveres, y las parteras de la miseria recién parida!…”

Miro hacia atrás buscando las aguas del Ganges, y ya no las veo. Recuerdo la leyenda que cuenta de la ciudad que nació cuando una lágrima del Dios Shiva cayó a orillas del Ganges… Tengo ganas de llorar.