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Taj Mahal

El Taj Mahal, el monumento más visitado de la India, con su perfección y simetría arquitectónicas, con una historia de amor que origina su creación, nos muestra cómo un mausoleo puede ser perfecto y refinado. Es una joya maravillosa, producto del dolor del emperador mogol Shah Jaha, quién tras perder a su esposa favorita en un parto, en 1.631, planifica su construcción, para guardar allí los restos de la mujer más amada. Tanta belleza, tanta exquisitez, sólo pueden ser el fruto de una inmensa pasión, de un desbordado  sentimiento de amor.

A lo largo de veinte años, 20.000 trabajadores, proyectistas, artesanos y obreros se dedicaron a la construcción del hogar en el paraíso de Mumtaz Mahal.

Este monumento, Patrimonio de la Humanidad, es probablemente uno de los más fotografiados del mundo, sin embargo, cuando se atraviesa por primera vez el portal inmenso que da acceso al patio interior, no hay imagen que  pueda reflejar la sensación que se experimenta. La transición del habitual bullicio del mundo exterior, al tranquilo oasis de paz en su interior, es una experiencia inenarrable.

Muy pocas veces me ha invadido una emoción parecida; la armonía del conjunto, la cándida luz que emana del blanco mármol, me conmovieron profundamente. El Taj Mahal me golpeó, entró sin barrera alguna a mis pupilas; me hipnotizó, me petrificó, me convirtió en parte suya. Y yo que creía conocerlo por haber ojeado miles de veces, este monumento, en tantos libros; incauto de mi…

Si los proyectistas desearon reflejar el paso del mundo material al reino de los cielos, sin lugar a dudas lo consiguieron. El jardín que antecede al mausoleo simboliza el paraíso musulmán, concebido como un lugar lleno de vegetación. Su organización en un cuadrado perfecto, sigue fielmente el esquema de los jardines persas.  Partiendo de una fuente en el centro, los canales de agua siguen las direcciones de los puntos cardinales originando así los cuatro ríos de la abundancia: agua, leche, vino y miel.

El magnífico edificio central se encuentra escoltado por cuatro minaretes ligeramente inclinados hacia el exterior para que, en caso de caída, no dañen la cúpula principal.

El inmenso amor del emperador y la magnificencia de su reino han pasado a la posteridad dejando una huella imperecedera. Sin poner límites a la creatividad o a los materiales, se importaron todos los elementos que hicieron falta. Gastos que sólo un imperio como el mogol, podía sostener. El reino de Shah Jahan, con unos cien millones de almas, ostentaba el título de la más grande potencia musulmana, jamás creada hasta el momento. Para entonces Agra, a orillas del río Yamuna, contaba con medio millón de habitantes, su población estaba por encima de la de Londres, París o Constantinopla.

El sinfín de dibujos geométricos, florales y caligráficos son el resultado de engarzar piedras semipreciosas sobre el mármol blanco. Una técnica conocida como parchin kari, que aquí alcanza la perfección como en ningún otro lugar del mundo. Jade, amatista, ónix, lapislázuli, madreperla, turquesa y otras 37 variedades de piedras crean un espectáculo visual de singular belleza.

Llegado el ocaso tenemos que abandonar el recinto. El mármol ha ido cambiando de color a lo largo del día. Ha pasado del blanco al oro, al rojo , al rosa… Es magia pura. En este atardecer de mármol intensamente azulado, nos despedimos sin saber de qué color lo tornará la noche.

A cada paso me daba vuelta para verlo de nuevo, atrapado por su magnetismo,  con los ojos nublados,  tratando de fijar la imagen de esta maravilla e inmensa lágrima de mármol.Con una última mirada de gratitud y sentimiento, dejé atrás al mausoleo en el que reposan los restos, casi anónimos,  de una de las mujeres más amadas de la humanidad.

Ayer, aquí en Madrid, leyendo sobre el escritor angloindio Salman Rushdie, el de Los Versos Satánicos, quien se había negado durante años a conocer el Taj Majal, me encontré con la siguiente descripción que hizo tras su primera visita:

“El edificio hizo caer mi escepticismo en pedazos. Mostrándose en persona, insistiendo con la fuerza de su autoridad sencillamente canceló al instante millones de imitaciones y llenó con su esplendor, de una vez por todas, el lugar que en mi mente ocupaban las reproducciones. Y ésta es, en definitiva, la razón por la que el Taj Mahal tiene que ser visto: para recordarnos que el mundo es real, que el sonido es más verdadero que el eco, que el original es más potente que su imagen reflejada en el espejo. La belleza de las cosas bellas es aún capaz, en esta época saturada de imágenes, de superar a las imitaciones. Y el Taj Mahal es, mucho más allá del poder de las palabras para describirlo, una cosa adorable, quizá la más adorable de todas las cosas”.

Sí, el Taj Mahal, es tal vez para mí, el único lugar del planeta, donde cobran totalmente sentido los versos de Don Francisco De Quevedo y Villegas, cuando termina su “Soneto de amor constante más allá de la muerte”, diciendo a su amada:

“….Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza más tendrá sentido;
Polvo serán, más polvo enamorado.”