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Triángulo de Oro: Por los confines del Reino de Siam

Desde 1939 el antiguo y milenario Reino de Siam pasó a denominarse Prathet Thai o tierra de hombres libres: Tailandia. Jamás colonizada por Occidente, esta nación que muestra orgullosa una de las caras más amables de Asia,  es el comienzo de esta travesía.

Si bien Bangkok es una fascinante y estridente capital en donde confluyen armoniosamente arraigadas costumbres y la modernidad de cualquier metrópoli de primer orden, en el norte del país las tradiciones religiosas y el respeto por la cultura de sus diferentes etnias es el denominador común. Es ésta una región salpicada de selváticas montañas en las que habitan elefantes y tigres, y en la que extensos ríos navegables  establecen importantes rutas comerciales como es el caso del Mekong que conforma la frontera entre Laos, Myanmar y Tailandia en el llamado Triángulo de Oro. Triángulo, por la forma geográfica que surge cuando se encuentran las fronteras de los tres países,  y oro por la riqueza generada en la zona en tiempos del tráfico de opio.

Chiang Mai, entrega espiritual

Tras una hora de vuelo desde Bangkok, aterrizamos en Chiang Mai, segunda ciudad de Tailandia y punto de partida para este viaje.  Esta urbe llamada la “Rosa del Norte” y levantada a orillas del río Ping es el centro religioso, cultural y artístico del país.

Los thais viven el budismo y sus normas de una manera más que fascinante. Basta con acercarse a alguno de los 300  templos de esta ciudad para constatar la multitud de ofrendas y arreglos florales que con su abundante colorido y caprichosas formas nos remiten a un mundo que por momentos parece irreal. De la destreza artesanal de sus habitantes dan fe cercanos pueblos como Bosang en donde la producción de la célebre sombrilla asiática en papel pintado a mano genera gran parte de los ingresos locales o San Kamphaeng donde abundan las sedas y los algodones. Las tallas de madera, los artículos de laca o las piezas de plata también son otros  atractivos de la zona.

El amarillo: pleitesía al monarca

Es lunes y el rey está de cumpleaños. Los thais tiñen las calles de Chiang Mai de amarillo vistiendo ropas de ese color en homenaje a un dirigente que veneran y adoran con la devoción que se otorga a las deidades. El amarillo es el color de la casa real y, según el calendario budista theradava, también es el del lunes, día en que naciera su majestad. Conocido como el “Padre de la Innovación” por sus aportes para el desarrollo agrícola sostenible, Bhumibol Adulyadej o Rama IX, ocupa el trono desde 1946 y es el monarca actual con más años de reinado. Tiene para con sus súbditos permanentes muestras de cariño y ademanes de patriarca, que son interpretados por el pueblo como beneficios y prosperidad. Inmensamente respetado como ser humano, este rey es idolatrado monárquicamente con un fervor extraordinario.

Los acontecimientos exigen que corramos al mercado local a comprar nuestras propias prendas amarillas, no sólo por respeto a la ocasión, sino para asistir a una ceremonia de donación de alimentos a más de mil monjes en el estadio de la ciudad para la cual nuestra guía previamente ha conseguido los permisos de entrada. Les llevaremos comida al igual que lo harán todos los ciudadanos. Tradicionalmente, los hombres han de pasar un año en el monasterio en el momento que ellos mismos lo decidan. Solteros, casados, viejos, jóvenes, no importa. Al ordenarse, vestirán las llamativas túnicas naranjas, su cabeza rapada pondrá de manifiesto su compromiso con Buda, y los mechones de su pelo quedarán guardados en un paño blanco. Al igual que todos los fieles depositamos los alimentos en sus cuencos metálicos tras verles desfilar silenciosa y devotamente, con su frente gacha ante los donantes. Una experiencia que pone de manifiesto la fe de un pueblo para alcanzar el nirvana a través del bien común.

Ante este fervor decidimos que lo más apropiado es dirigirnos ahora al templo de Doi Suthep, erigido en  una de las colinas y probablemente uno de los más importantes y majestuosos del país. Optamos por subir en funicular  a este lugar de peregrinación y bajar a pie por las largas escaleras bordeadas de nagas, aquellas serpientes que protegen el santuario de los malos espíritus. El templo, que data del siglo XVI, domina la ciudad amurallada de Chiang Mai. La vista es magnífica e invita a la reflexión. Cumplimos con muchos de los rituales y ofrendas con inciensos y campanas que nutren el alma, siempre con la gran pagoda áurea y sus inmensas sombrillas doradas como testigos.

Al atardecer, es inevitable la cita con el famoso mercado nocturno o Night Bazaar,  donde en un maravilloso escenario se consigue ropa, antigüedades, artesanías, bisutería, relojes, textiles tribales o sedas actuales a precios fascinantes pero que obligatoriamente hay que  regatear.  Después, son muchos los restaurantes y establecimientos donde poder saborear una cena al más puro estilo Lanna, -antigua dinastía del norte de Tailandia-, cuya  cultura está presente en el norte del país, salpicándolo todo con sutiles pinceladas birmanas.  Cualquier elección permitirá al viajero degustar contrastantes  platos de en los que los sabores dulce y ácido se fusionan con lo exótico y picante.

De camino a Chiang Rai: entre elefantes y tribus

A tempranas horas nos dirigimos hacia un poblado akha, etnia originaria del sur de China que emigró hacia el sudeste hace varios años. Una breve parada nos desvela lo elaborado de sus atuendos en los que se destacan particularmente los gorros con sus sonoros cascabeles metálicos y viejas monedas, además de las cintas de colores que llevan prendidas  a sus oscuras faldas.

Nos vamos adentrando cada vez más en las montañas, dejando atrás la espectacular tierra del “millón de campos de arroz”. La geografía se torna cada vez más abrupta mientras  nos acercamos al campo de elefantes. De menor tamaño que el africano, de orejas más pequeñas y con un solo apéndice en su trompa, el paquidermo asiático nos sirve de medio de transporte por la jungla, en una especie de insólito safari en el que surcar las aguas de un río sobre su  lomo y observar sus juegos en el agua, es una experiencia que fascina a todos por igual. Nuestro Kwann Chang  o conductor de elefantes, resultó ser un experto para azuzar al animal con su voz y no con el usual garfio, consiguiendo que el gigante mamífero respondiera correctamente como prueba de su reconocida memoria y capacidad de aprendizaje.

A medida que nos acercamos a la frontera con Myanmar (antigua Birmania) aparecen poblados de las tribus Hmong, Lahu y Karen las cuales huyendo de las dictaduras tanto de ese país como de Laos, se instalaron en Tailandia. En la actualidad estos grupos viven mayoritariamente de los turistas a quienes les venden  sus coloridos textiles y fastuosas artesanías.

En una travesía por el río Kok en un “long tail boat”  –típica embarcación del sudeste asiático de larga popa y rudimentario motor-, recorremos un caudal bordeado de montes forrados de bosques, ajenos a la civilización. La inmensidad de la jungla impone respeto. Hemos dejado atrás los elefantes y nos dirigimos al poblado de las mujeres jirafas, una especie de “siervas” que a fuerza de soportar el peso de sus collares de bronce de casi 30 centímetros han conseguido que los hombros se les agachen, simulando el estirado y esbelto cuello de dichos animales.  Al desembarcar, luego de cruzar un enclenque puente de madera, aparecen dos hileras de humildes casas levantadas en palafitos. Ahí están. El primer contacto impacta, la cuestión estética es otra cosa. Los espirales de su cuello encandilan y brillan con el implacable sol de las primeras horas de la tarde. Más tarde sabríamos que  el lustre lo consiguen con jugo de limón. Casi todas llevan un pañuelo debajo del mentón para evitar el frote con el metal del último aro…  También se colocan estos anillos en las piernas, y en la cabeza suelen llevar atractivos tocados. Muchas de ellas enseñan sus dientes de un lúgubre color rojizo, producto de la masticación de la hoja de betel que al contacto con la saliva genera una reacción química de tonalidad carmín, símbolo de belleza en las féminas Karen. Intentando despojarnos de nuestra mentalidad occidental nos despedimos de estos seres provenientes de la antigua Birmania, que en calidad de refugiados políticos gozan de un status especial que les permite el libre movimiento por el norte del fascinante “País de las Sonrisas”.

Al día siguiente de nuestra llegada a Chiang Rai, puerta del Triángulo de Oro, de la Tailandia rural y de la naturaleza en estado puro, nos levantamos con la niebla todavía colgando de los espesos bosques de bambú para realizar un trekking de sencilla ejecución. Aún no ha amanecido y nuestra intención es observar el descenso de los elefantes por la jungla y acompañarlos hasta un brazo del poderoso río Ruak,  donde tiene lugar el ritual de su baño diario. Tras el chapuzón escoltamos a estos mamíferos hasta el campo de entrenamiento contiguo al hotel, para alimentarlos y charlar con los responsables del lugar. Ellos se encargan de la protección y conservación tanto de estos como de los elefantes salvajes existentes en la región, e imparten cursos sobre cómo “conducir y dirigir” a estos gigantes, haciéndonos sentir unos verdaderos “mahout”.

En la tarde hemos apreciado en un simple templo del poblado de Chiang Saen a orillas del Mekong, una explosión de ornamentos y homenajes a Buda que nos dejan maravillados. Hemos batimos los palitos de la suerte, y con esfuerzo dejamos caer sólo uno de ellos al suelo ante la tranquila mirada de un inmenso Buda. El bastoncillo en cuestión es portador de un mensaje de sabiduría oriental que nos llena de emoción. Ante el óptimo resultado traducido por nuestra guía, abandonamos el Wat cargados de buenas energías…

Más tarde, visitamos el curioso museo del opio donde se cuenta la historia de esta droga extraída de la amapola, cuyos cultivos alcanzaron su máximo esplendor en los años 50.  El tailandés Mae Fah Luang y su programa antidroga y de sustitución de cultivos en la región,  han merecido un reconocimiento especial por parte de Naciones Unidas, pues la erradicación se llevó a cabo gracias a la sustitución con  café y macadamia, productos que terminaron siendo más rentables para los campesinos de la zona. Piezas utilizadas para el intercambio del opio en las montañas, o pipas para su consumo elaboradas en piedra, metales, o maderas con incrustaciones incluso de marfil, se exhiben en un espacio que resulta más que sorprendente. Aquí se recrea la trayectoria de este alucinógeno proveniente del Tíbet y se exponen orgullosamente  los procesos de eliminación de estos cultivos.

Lujo con vistas al Triángulo de Oro

El desarrollo turístico de las últimas décadas ha traído a Tailandia glamur y confort de la mano de las cadenas hoteleras y restaurantes más prestigiosos del mundo, y el septentrión tailandés así lo atestigua sorprendiendo por su esmerado servicio y calidad. El Anantara Golden Triangle Resort & Spa es muestra de ello. No sólo el escenario en el que está ubicado es idílico, sino que su atención y delicados productos son una suntuosa experiencia.  Disfrutar de una suite con vista a la famosa triple frontera delimitada por el Mekong; dejar que una sesión de masajes de hierbas y productos de la zona equilibre cuerpo y alma en un entorno contemporáneo pero que mantiene el rústico encanto de la arquitectura del norte de Tailandia; o recibir un curso de cocina thai para descubrir los secretos de esta antiquísima gastronomía, son experiencias que permanecerán grabadas en todos aquellos que decidan emprender este recorrido cargado de contrastes, cultura, naturaleza, color y tradición.

Laos es uno de los pocos países del mundo que no pide visado a los colombianos. Estando al frente de sus límites, ¿cómo no cruzar a la otra orilla para visitar una aldea a las orillas del Mekong? Sin duda una experiencia para contar… Al retornar al hotel y chocando nuestras copas con un “mai tai”  contemplamos las colinas birmanas y los montes laosianos desde la piscina infinita, mientras el crepúsculo, tiñendo de naranjas y de rojos el final del día, anuncia el fin de nuestro viaje. Mai tai significa literalmente “delicioso”, un adjetivo que nos atrevemos a aplicar a este viaje y en particular a Tailandia, un país en el que la realidad supera la ficción y que sin duda es la puerta de entrada a Asia para todos aquellos que incursionan en este continente por primera vez.