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La casa del klong

Jim Thompson salió de su casa de Bangkok en 1967 para nunca más volver. Sobre el misterio de la desaparición del que fuera el creador de la Thai Silk Company, se tejen tenebrosas teorías dignas de un guión de Hollywood. A su casa de madera de teca sobre el Klong Maha Nag, acudo siempre en Bangkok, atraído por el esplendor de una época, el refinado gusto de un hombre occidental lleno de secretos, y su maravillosa tienda de sedas y complementos.

Siempre me he sentido especialmente atraído por los agentes de inteligencia y las historias de espionaje, por los colores y por Bangkok, aunque no tengan nada que ver unos con otros. Pero en este post coinciden, y el culpable de que así sea, es un personaje, que había nacido en Delaware y se llamaba James H.W. Thompson -Jim para sus amigos-.

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James H.W. Thompson

Era un afamado arquitecto de Nueva York, y miembro de la OSS (Oficina de Servicios Estratégicos, que posteriormente se convertiría en la Agencia Central de Inteligencia: CIA). Literalmente, cayó del cielo sobre Tailandia -mientras que hoy en día la gran mayoría aterrizamos en Suvarnabhumi-, lo hizo en paracaídas como miembro del ejército americano que llegaba al “País de las Sonrisas”, en su lucha contra el avance de las tropas japonesas. En 1945, entraría por primera vez en contacto con Bangkok, la que sólo abandonaría veintidós años más tarde para encontrar la muerte, en misteriosas circunstancias.

En los años cuarenta, el dramaturgo británico Somerset Maugham, ya había descrito las ciudades de Asia de una manera para algunos romántica, para otros peyorativa, pero que en cualquier caso seguramente se aproxima a lo que Thompson debió encontrar al llegar a la capital del reino de Siam a finales de la segunda guerra mundial:

«Son todas similares, de calles rectas, con arcadas y tranvías. Llenas de polvo y un sol que encandila… de tráfico denso e incesante alboroto. Son difíciles y brillantes, y tan irreales como el telón de fondo de un teatro. Siempre las dejas con el sentimiento de haber perdido algo, y no puedes parar de pensar que se han quedado con un secreto tuyo».

 

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Desconozco si Thompson había leído a Maugham antes de cualquier acercamiento con Asia, yo por mi parte, lo leí después. En cualquier caso, Thompson se enamoró de Bangkok a primera vista, tal y como me sucedió a mí. Mercadillos que todo lo venden, un río arteria de la ciudad como es el Chao Phraya, una cocina de sabores que contrastan en el paladar, palacios y pagodas que brillan centellantemente, canales o klongs en las entrañas de sus barrios, y una gente sonriente como ninguna, fueron para Thompson motivos de sobra para caer a los pies de esta capital. En su intento de establecerse en BKK, quiso participar en las reformas del Hotel Oriental –el que tuvo por vivienda durante un buen tiempo-, pero algunas desavenencias con los contratistas lo dejaron por fuera del proyecto. Sondeó entonces el mundo del tejido de la seda, entendiendo que una adecuada explotación y comercialización, daría mucho juego. Los productores estaban en el nordeste, y la comunicación era precaria. Empezó a trabajar con los tejedores de seda del barrio de Bangkrua -musulmanes en su mayoría-, y, a pesar de que la producción diaria era lenta y escasa, logró producir un muestrario que envió a su amiga Edna Woolman Chase, entonces editora de Vogue en Nueva York, quien impresionada, consiguió que la diseñadora de la casa, Valentina, hiciera un vestido con el que envolvió a una cotizada modelo, publicando las fotos en el próximo número de la revista.

Jim-thompsons-House-MuseumPara poder hacer frente a los pedidos que llegaban del otro lado del mundo, Thompson tuvo que introducir formas más sofisticadas para teñir la seda, mostrando así al mundo, todos los coloridos potenciales de este sofisticado material. Así, su nueva empresa, la Thai Silk Company, rápidamente alcanzó el éxito, ayudada también, por la depresión post-guerra en la que se sumían sus más directos competidores: Japón, China e Italia. El musical de Broadway The King and I (Ana y el Rey en España), realizó el vestuario entero con telas de Thompson en 1951.

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La reina Sikirit de Tailandia, renovó todo su vestuario con los productos de este agente de la CIA, y el Castillo de Windsor utilizó sus sedas para la reforma de su sala Canaletto; la millonaria americana Barbara Hutton, redecoró varias de sus mansiones con ellas, y en 1952 el exitoso diseñador francés Pierre Balmain lanzó su colección de verano con la materia prima suministrada por nuestro amigo Jim, quien para entonces, ya había abierto la primera tienda en Bangkok en Surawong Road, que aún continúa siendo la boutique principal de la compañía, y de la que ahora yo, soy cliente reincidente.

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Thompson dejó el Oriental, para instalarse cerca de sus tejedores. Compró por todo el país -principalmente en las llanuras centrales de Ayutthaya-, varias casas desmontables del siglo XVIII, y de madera de teca. Poco a poco fue construyendo con ellas, y dentro del más puro estilo arquitectónico thai, su “casa del klong”; trasgrediendo así, las tendencias de construcción de marcada influencia occidental, imperantes en la época. La casa de Jim Thompson, es hoy en día, una de las principales atracciones de la ciudad. Sus frondosos jardines tropicales, y las estancias sobrias, regias y suntuosas, así como los altares budistas y su caprichosa “casita de los espíritus”, no solamente cumplen con todos los preceptos religiosos del budismo, sino que son una invitación a la fantasía oriental. Las visitas se realizan en pequeños grupos, según el idioma escogido, y duran unos 20 minutos que se hacen cortos, pues arte y decoración están presentes por todas partes. El predio cuenta por supuesto con una tienda, un café-restaurante y una galería o Art Centre, diseñada por Christian Duc, asentado en París y proveniente de la Indochina francesa.

SedasRecomiendo a todo aquel que llegue a Bangkok, una visita a esta casa-museo, que perteneciera al llamado Rey de la Seda, aquel que el domingo de pascua de marzo del 67, encontrándose de vacaciones en la región de Cameron Highlands en Malasia, saliera de su cabaña a dar una caminata sin regreso. Conclusiones, ninguna. Rastros, mucho menos –bueno sí, se dejó su pitillera de plata en la mesita de la terraza de su cabaña, como si no fuera a tardar-. Rumores, todos: abducido por la misma CIA para cambiar el destino de su misión de agente, devorado por un feroz tigre, víctima de una trampa para animales salvajes construida por nativos malayos, primer plato de tribus caníbales, asesinado por la competencia china, o atropellado por un camión de carga de madera que lo conduciría hasta las sierras de un precario aserradero…

Agente secreto en una fascinante ciudad del sudeste asiático, americano en un barrio musulmán de un país budista, tejedores de sedas multicolores por vecinos, coleccionista de arte oriental hecho por artesanos; divorciado, bellos jóvenes thais por amantes, un imperio empresarial, una casa que era la envidia de medio mundo, y la misteriosa desaparición en las montañas de los campos de té, en la fronteriza Malasia –si me falta algún detalle, me disculpo-, son aspectos de una vida trepidante e intensa, pero sobretodo, urdida por el brillo de la más sofisticada de las telas de oriente: la seda.

Me parece a mí que el vino, el petróleo, o las funerarias, son más rentables para los guionistas de Hollywood que la seda tailandesa, o al menos ahí están “Falcon Crest”, “Dallas”, o “A dos metros bajo tierra”. Seguiré volviendo una y otra vez a Tailandia, a la casa del “Rey de la Seda” y a sus tiendas, sin perder la ilusión de que cualquier productora de cine o de televisión, me sorprenda algún día anunciando el estreno de “La Casa del Klong”.Dibujo

2 comentarios sobre “La casa del klong”

  1. Todas las mañanas me levanto con la intención de volverme a dormir para soñar que estoy nuevamente en Tailandia. Quiero volver ya!!!!!!!!!!!!
    Jim Thompson qué personaje.

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