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Más allá de las murallas

Al abandonar el casco medieval de Tallín por una de las puertas de las murallas, encuentro fuera, un dinamismo urbano con rezagos soviéticos, y con claros visos de globalización.

Por momentos tengo la impresión de que los estonios aún tendrán que hacer ajustes en sus precios, tan solo llevan unos pocos meses con el euro, y me parece que aquí no ha habido redondeo, o al menos no descaradamente, como sucedió en otros países al llegar la moneda común, entre ellos España, trayendo como consecuencia un desmedido incremento en los precios.

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El dinamismo que se siente en el mismo instante en que se cruza la Puerta de Viru, desde el centro medieval, es total. Fuera de él, se respiran pretensiones de “globalización”. A escasos metros de las murallas, aparece el primer gran centro comercial, con tiendas de todo tipo, de cadena, de franquicias, algunas lujosas, y un supermercado con productos “gourmet”, en el que aprovechamos para abastecernos de algunos productosdelicatesen, pensando en la travesía de 14 horas de ferry que nos espera hasta Estocolmo.

A cada paso siento el afán de una ciudad por avanzar hacia los estándares de vida del resto Europa. Sin embargo, hay un claro rezago soviético en el ambiente. Gran parte de las construcciones de la ciudad moderna son inmensos edificios con personalidad “estalinista”, por lo general en hormigón, cuadrados, fríos y simples. En muchos de ellos, la publicidad se apodera de sus fachadas, como sucede en cualquier urbe de la parte más occidental del continente. En esta zona, el único edificio clásico que destaca tímidamente por su señorío, es el Teatro Estonia, la casa de música clásica, ópera, y ballet de Tallín.

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El trayecto en transporte público hasta el Parque de Kadriorg, me acerca a un pasado no muy lejano, en el que la URSS aún era lo que ya no es: anti-capitalista. Tranvías, cables eléctricos, casitas de madera austeras y modestas (típicas del campo estonio), bicicletas, peatones lentos y algo ausentes. De repente, mientras bordeamos la costa, me doy cuenta de que estamos ad portas del parque, o al menos así parece avisarlo la presencia de muchos árboles que aparecen en el camino que me hacen recordar haber leído que Estonia es un país con grandes extensiones de bosques.

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Diviso bloques de hielo en el mar, y me encamino hacia la orilla. Un crucero se acerca, y varios cisnes nadan en las gélidas aguas del Báltico. El momento es inspirador, la luz que hay, no lo es tanto. Me adentro en el camino que me lleva hacia el Palacio de Verano de Pedro I, y me detengo ante uno de sus estanques congelados antes de iniciar la visita al interior del monumento. Una vez dentro, admiro las obras rusas y de Europa occidental que en él se exhiben. La gran mayoría del mobiliario pertenece al estilo que imperó en el siglo de oro holandés, pero ya fabricado por artesanos de estas tierras. Muchas piezas de arte decorativo y esculturas adornan salas y pasillos de este museo, que tras una gran remodelación, abrió sus puertas en el año 2000. En él, prima el estilo Barroco Imperial de los Romanov, sus jardines son grandiosos (aunque aún aquí la primavera no ha explotado), y están claramente inspirados en los grandes palacios europeos. En el parque aún se conserva la casita que utilizara Pedro I para su alojamiento, mientras se construía su gran mansión. En frente de ésta, está el Palacio de Verano construido para Catalina la Grande, de repente todo parece estar en “gran formato”…

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A pocos metros se encuentra el modernísimo edificio que alberga el Eesti Kunstimuuseum, o KUMU, el Museo de Arte Contemporáneo de Estonia, que fuera inaugurado en 2006, y que tan sólo 2 años después, en 2008, la Unión Europea lo declarara “Museo del Año”. Claramente vanguardista, el edificio construido en cristal y piedra blanca, y diseñado por el finlandés Pekka Vapaavuori, alberga la colección de arte más importante y cuantiosa de las Repúblicas Bálticas. Su exposición permanente está marcada por las obras pictóricas estonias del XIX y XX, en donde se encuentra muy bien representado el período soviético. KUMU, es para los estonios un importante motivo de orgullo, pues en él reposan 60.000 obras que por fin se encuentran seguras, tras las sucesivas ocupaciones que ha sufrido esta nación a lo largo de la historia.

Aunque por lo general los visitantes de Tallín llegan en cruceros, dedican tan solo unas horas a la ciudad. Realmente la capital de Estonia amerita más que eso. Si el casco histórico seduce por su intacta “escenografía” del medioevo, más allá de las murallas hay mucho por descubrir. No solamente el citado Parque de Kadriorg, sino muchos barrios que en medio de tendencias contemporáneas artísticas, y de moda, se están haciendo nombrar… Tal es el caso de Kalamaja, que a orillas del mar, y repleto de casitas de madera usadas antaño por los obreros que construyeron el ferrocarril hasta San Petersburgo, ofrece hoy un encantador ambiente bohemio con restaurantes y varias galerías de arte, que bien merecen una visita. En este paseo “extramuros”, no pueden faltar el viejo Mercado Rotterdam, que alberga locales de diseño, ni el auténtico mercado Balti Jaama Turg.

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Un comentario sobre “Más allá de las murallas”

  1. La entrega de los post de Tallín, terminó por convencerme de que sí que es un destino que vale la pena. He disfrutado mucho todas las historias.

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