Empiezo mi visita a esta isla del Sotavento caribeño por la pintoresca ciudad de Willemstad, su capital, la que ostenta el título de Patrimonio Mundial de la Humanidad.

Desconocida por muchos y amada por otro tanto, Curazao es un importante eje comercial, destino de cruceros por excelencia y albergue de más de cincuenta y cinco culturas de todo el mundo que suman algo más de 140.000 almas. Aquí el idioma oficial es el holandés, aunque la inmensa mayoría habla el papiamento, un dialecto resultante de la mezcla de español, portugués y holandés cuya cadencia es rítmica y armónica y cuyo origen se explica a partir de la necesidad de los esclavos de las plantaciones para comunicarse entre ellos. El inglés y el español están ampliamente presentes, por lo que prácticamente cualquier insular habla 4 lenguas.
Llevo tres días en Curaçao (qué bien suena su nombre y qué bonito es… sí, viene del español “corazón”), una de las seis islas antillanas que junto a Saint Maarten, Saba, San Eustaquio, Bonaire y Aruba, conforma el legado del vasto imperio de los Países Bajos en América, que vivió su apogeo en los siglos XVI y XVII durante la lucrativa época del tráfico de esclavos.

El casco histórico de Willemstad, su capital, está conformado por un conjunto arquitectónico de estilo holandés –adaptado a las condiciones climatológicas del Caribe-, que ha llevado a la Unesco a otorgarle el título de Patrimonio de la Humanidad. Los dos barrios que lo conforman, Punda y Otrobanda, ofrecen rincones por los que me he perdido. En ellos he encontrando el encanto de una pequeña ciudad europea en pleno Caribe, con su arquitectura de angostas fachadas pintadas de vivos colores y sus calles peatonales y alegres. Por momentos tengo la impresión de estar paseando por la más tropical de las urbes holandesas.



En Punda visito el Museo Marítimo, ubicado en una restaurada mansión de 1729. Cartas naúticas, exhibiciones audiovisuales y muchas piezas en miniatura de diferentes galeones me dejan claro que los españoles Alonso de Ojeda, Juan de la Cosa y Américo Vespucio, fueron los primeros en arribar en 1499 a esta isla poblada entonces por indígenas arawaks; aprendo que los holandeses tomaron la isla en 1634 en una expedición de la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales al mando de Johan van Walbeeck y me sorprendo al saber que el primer crucero que atracó en la isla, lo hizo en 1901. Finalmente me entero que fueron muchos los barcos provenientes de otras islas del caribe (casi todas anglófonas), los que en 1918 trajeron a muchos interesados en trabajar en la americana Shell, la primera refinería de la isla.




Charlo entretenidamente con los pescadores venezolanos que cada mañana llegan desde la isla de Margarita para vender desde sus embarcaciones sus frescos productos en el llamado “Mercado Flotante”.
En el “Old Market”, disfruto de una comida tradicional antillana a base de guiso de cabrito y arroz con frijoles negros. Tanto la compañía del propietario del puesto de comida llamado “Grasia di Dios”, como la autenticidad del lugar lleno de ciudadanos locales interesados amablemente en mi presencia, me consiguen emocionar.


Me dirijo hacia los restaurantes y cafés que se agolpan sobre la orilla de Punda que mira al brazo del mar sobre el que se levanta el único “puente de pontones” que queda en funcionamiento en el mundo: el Reina Emma. Construido en 1888 por Leonard Burlington Smith, aún se desplaza sobre el agua (gracias a la fuerza de dos poderosos motores de barco) para abrirse y dar paso a diferentes embarcaciones, entre ellas, algunos de los muchos cruceros que visitan semanalmente la isla. Entre 1901 y 1934, el puente (este dato me ha encantado), no cobraba peaje a quienes lo cruzaban descalzos…
Actualmente el cruce de vehículos se realiza sobre el puente más elevado de toda la región Caribe, el Reina Juliana, que con una altura de 55 metros, ofrece las vistas más espectaculares de la ciudad.

En Otrobanda se aúnan varias casas isleñas de madera, primorosamente restauradas, que conforman una especie de pueblo en miniatura. Son propiedad del Hotel Kura Hulanda, y aunque el entramado de callejuelas empedradas y coloridas construcciones de este lujoso establecimiento bien podría parecer un decorado temático, no lo es. Todo es original… hay que ver lo que son las buenas restauraciones.



Precisamente aquí, se encuentra uno de los museos más impresionantes de toda la región Caribe: el Museo de la Esclavitud de Kura Hulanda, el que a través de las piezas de la colección personal del Doctor Jacob Gelt Dekker permite hacer un viaje por lo que fue el mundo de la esclavitud y las tradiciones culturales de los países africanos de los que millones de almas negras fueron usurpadas para ser sometidas a los horrores de la comercialización humana. Sorprende la reconstrucción a tamaño real de un barco de esclavos, los tambores, textiles, máscaras o diosas de la fertilidad que conforman la colección.


Paso un buen rato con un pintor curazaleño llamado Lando, quien entre pincelada y pincelada me cuenta cómo fue su vida en Amsterdam como expendedor de billetes del tranvía número 9, el que hace el recorrido entre la estación central y un lugar de la periferia llamado Diemen. Sus historias tienen el encanto de este mar de azules imposibles, por lo que poner fin a la conversación no resulta fácil… Terminamos contándonos peripecias y aventuras vividas por ambos en la capital holandesa, mientras el ocaso abraza las casitas holandesas del otro lado del puente.


Sorprendido por lo mucho que el Caribe ofrece, tomo rumbo al Floris Suite Hotel lugar en el que me hospedo.
Visitar una ciudad con este colorido y con tan buena gente debe ser fascinante. Si le sumamos que está en el caribe no quiero ni imaginar el resultado…. Encantador artículo Hernando!!.
Un abrazo
que colorido y amoroso lugar ….
buenisimas fotos!!!!
No sabía nada de este lugar. Me resulta extraño esta fisonomía tan holandesa en pleno Caribe… Tiene que ser curioso.
what a nice post, Congratulations!!!!!