Rio de Janeiro

Hace 200 años, Juan VI de Portugal, decide trasladar la corte portuguesa a la mayor de sus colonias. Este hecho parecía la más osada de las acciones. El temor a la invasión napoleónica y por consiguiente el posible derrocamiento de la corona, lo llevan a hacerlo, y así consigue convertir a Rio de Janeiro en una especie de Versalles tropical. Convierte  a  Brasil en  la única monarquía del Nuevo Mundo, reconocida por la realeza europea.

La imprenta, los libros, la botánica, la ciencia, el teatro, la arquitectura refinada, los conciertos de cámara y el primer museo llegaron de la mano de Juan VI. Sus sucesores, Pedro I y Pedro II, siguieron fomentando en los trópicos el arte y la ciencia,  trayendo importantes avances tecnológicos y científicos. Fábricas, hidroeléctricas, telégrafo, teléfono, fotografía, el tranvía, entre otros llegaron para mantener unido a un territorio del tamaño de un continente, que por casi medio siglo hablaba un solo idioma.

Ríos de tinta se han escrito acerca de  Río de Janeiro.  Su naturaleza es tan imponente como la fuerza de la filosofía de la vida carioca. Su arquitectura imperial y  también la contemporánea, se encuentran a cada paso. El sello, del famoso Oscar Neimeyer que a sus 100 años sigue estando en su estudio de arquitectos, aparece por toda la ciudad. No es simple casualidad que reyes, nobles, científicos, políticos y ciudadanos de a pie nos rindamos  ante esta metrópolis que nos subyuga con sus más de 50 km de playas de blanca arena y la mayor floresta urbana del mundo. El Parque Nacional da Tijuca, y un genuino skyline con su Pan de Azúcar, su Cristo Redentor, el Morro Dois Irmaos y Pedra da Gávea, consiguen  que esta urbe no tenga rival, y que la OMT (Organización Mundial del Turismo), la considere como una de las tres ciudades paisajísticamente más bellas del mundo, junto con Vancouver y Ciudad del Cabo.

No sorprende la naturalidad con que los cariocas asumen los excesos naturales de su ciudad, ya que han crecido entre selva virgen, mar y playas, colinas, lagunas, y por supuesto, el carnaval más famoso del planeta. Con su forma de media luna,  sus aguas que copan un amplio abanico de tonalidades azules y verdes, probablemente sea Copacabana una de las playas más conocidas para todos nosotros y la encontramos en el barrio del mismo nombre. Ostenta el Record Guiness de ser la playa en la que se celebra la fiesta más grande “Fiesta de Año Nuevo” con aproximadamente 2 millones de personas. En esta fiesta, la mayoría  población suele vestirse de blanco, se divierte en medio de shows internacionales y de los más generosos fuegos artificiales  que son lanzados desde embarcaciones próximas.

Después de un naufragio, en el siglo XVIII, el fraile Antonio do Desterro vino a parar a esta playa, quien luego erigiría una pequeña capilla en honor de Nuestra Señora de Copacabana. La escultura original se encuentra en una iglesia en la orilla del Lago Titicaca en Bolivia.

Hoy por hoy, Copacabana es punto de encuentro diario de miles de personas que pasean por, quizás,  “la acera más bonita del mundo”. Acera de piedras portuguesas, blancas y negras, realzan maravillosas y sinuosas formas. Quioscos y chiringuitos donde sentarse a tomar un “agua de coco”, son componentes de este emblema local de reconocida fama internacional. En esta playa de 5 km de longitud, el edificio más emblemático es sin duda alguna el Hotel Copacabana Palace, que desde hace 80 años ha alojado reyes y reinas, príncipes y princesas, nobles de muchos paises y también a gran cantidad de estrellas de Hollywood.

Hasta la fundación de Brasilia en 1.960, cuando Río de Janeiro deja de ser la capital, el edificio anexo al Copacabana Palace servía de residencia a jefes de estado, políticos y otras personalidades.

En Río de Janeiro, metrópoli que invita a ser recorrida a pie, siempre hay algo para ver: su fascinante diversidad arquitectónica, su variopinta fauna humana, o el interminable y despampanante desfile de cuerpos de ambos sexos. La calle y los cariocas tienen una relación de intimidad, y ella con ellos. En la calle se sienten como en casa, y también en ella, los forasteros nos sentimos cariocas. Son muchos los extranjeros que llegan a la ciudad para nunca retornar a su país de orígen, haciéndose cariocas de adopción. Son tantos, que la guía de teléfonos de Río compite en nombres extranjeros con la de Manhattan.

Los cariocas no confían mucho en sus gobernantes pues la trayectoria histórica de la ciudad nos cuenta que desde 1.565 hasta 1.960, vivieron acá 53 capitanes de gobernación, 7 virreyes, 1 reina loca, 1 príncipe regente que después sería rey, 2 emperadores, y 18 presidentes de la república.

Las ciudades se van transformando y reinventando cada día; esto se nota de manera muy particular  en Río.

Inmensamente bellas y muy concurridas, las playas de Leblon e Ipanema, llevan el nombre del barrio en el que se encuentran y son focos de alto nivel socioeconómico; allí podemos ver a personajes modernos, diseñadores, músicos; hay sofisticados edificios y restaurantes de actualidad. Los grandes músicos Vinicius de Moraes y Tom Jobim inmortalizaron la playa de Ipanema por el contoneo de su agraciada “Garota”; hay poca gente que no la  haya bailado o cantado en alguna ocasión. La bossa nova nació en Ipanema y sigue desplegando sensualidad brasileña a donde quiera que vaya.

Con sus casi 8 kilómetros de diámetro, y en forma de corazón, la Lagoa Rodrigo de Freitas, nos invita a románticos paseos en barca, o a dar caminatas a su alrededor. La propuesta nocturna y gastronómica es amplia.

La experiencia que se vive en la playa de Barra da Tijuca, pone de manifiesto cómo los cariocas conviven todos juntos con la mayor de las tranquilidades. Sus 18 km de playa y sus aguas limpias, fascinan a los concurrentes, que se llevan una impresión diferente acerca de la realidad del día a día de los locales. Para ellos la playa es una religión. En ella confluyen todos los ciudadanos en igualdad de condiciones y circunstancias. Esta zona de la ciudad empezó su expansión demográfica hace relativamente poco, cuando los más adinerados de Ipanema empezaron a refugiarse aquí. La zona está siendo construída en plan Miami o Los Angeles con altas torres de apartamentos modernos, malls o centros comerciales inmensos y barrios que tienen nombres como Malibú o Santa Mónica.

En las noches, bajo el amparo del Cristo Redentor, la gente se reune aquí para comentar el desenlace del día o planear el mañana.

La exuberancia y la abundancia del Jardín Botánico, construído en 1808, no tienen  parangón. Alberga más de cinco mil variedades de plantas. En las calurosas tardes de verano puede ser un lugar ideal para deleitarse con la naturaleza, y a la sombra de sus innumerables árboles escapar un poco del calor.

El delirio y la locura alcanzan su cúspide cuando se habla del deporte nacional: el fútbol. La catedral de este deporte es el estadio de Maracaná, con capacidad para 90.000 personas. Coincidir en la visita con un clásico Fla – Flu (Flamingo contra Fluminense) puede ser realmente una intensa experiencia de locura. Las entradas se pueden adquirir en la taquilla del estadio, o muchos hoteles gestionan la compra de las mismas.

De obligada visita es el bohemio barrio de Santa Teresa, que podría ser el “Montmartre” fluminense. Talleres de artistas, estudios de fotógrafos, ceramistas y escultores, encuentran aquí el refugio perfecto para plasmar toda su sensibilidad. Hasta los años 60  este barrio había estado habitado por una clase alta, que en su mayoría, disconforme con las dictaduras, se concentraba en esta colina para vivir entre bizarros solventes y políticos decepcionados, en medio de mansiones coloniales y palacetes neoclásicos. Hoy en día el barrio en la colina, es un foco de creatividad que fascina al visitante. Desde su cine alternativo “Santa Teresa”, hasta los pequeños restaurantes de cocina casera creativa, todo el barrio es un hervidero cultural. Aquí por ejemplo, tiene su sede Moda Fusión, que con Nadine, de nacionalidad francesa, a la cabeza de esta organización, busca talentos entre las mujeres de las favelas: diseñadoras, costureras o modelos que hoy en día están desfilando para el francés Jean Paul Gautier. También está Emilio Rodrígues un experto en el mundo del café quien imparte clases a jóvenes sin recursos para que aprendan a preparar una estupenda taza de café.

Los ritmos de la región: samba, forró, o el chora, así como el latin house, se apoderan de la vida de la ciudad desde el ocaso hasta el amanecer. Antes dormidos,  muchos barrios han despertado ante las propuestas de empresarios que han ido recuperando la zona, hasta convertir el vecindario en interesantes sitios de fiesta y diversión nocturna. Tal es el caso de Lapa, un excéntrico barrio en donde una amplia amalgama de intelectuales, bohemios, artistas, músicos, travestis y turistas caen extenuados, a golpe de samba y caipirinhas.

Son los barrios de Glória y Flamengo los que más permiten al viajero acercarse a la historia de la ciudad. Dirigirse al centro es todo un discurrir entre callejuelas de los siglos XVI y XVIII, plagadas de iglesias coloniales como la de Candelaria, Sao Jose o Nossa Señora da Lapa dos Mercaderes. Este recorrido puede terminar en la Av. Rio Branco proyectada por un importante hombre que quiso hacer de Rio el París del trópico: Pereira Passos.

La bahía más linda del mundo, la Bahía de Guanabara; los morros –comparados repetidas veces con las curvas de una mujer-, inmensas playas, islotes, ensenadas y lagunas, cobijan a esta “jungla” de asfalto en la que viven  algo más siete millones de personas convencidas que carioca no es un gentilicio sino una filosofía de vida: Uno no se siente en una megalópolis sino en el paraíso tropical.

Un destino único al que hay que ir al menos una vez en la vida.