La reina del Plata

Empieza el otoño, aún hay una luz brillante y las hojas de los árboles parecen negarse al vuelo. Los cafés están llenos de almas que parecen no llevar prisa. El olor a croissant, y café italiano se desprende de las barras desde las que camareros muy uniformados corretean entre las mesas sirviendo y cobrando. Unos leen la prensa matutina, otros miran al silencio. Por la esquina, coches y taxis negros y amarillos avanzan decididamente. En la terraza también hay gente, no mucha, la suficiente para poder vislumbrar la entrada al Cementerio de La Recoleta (aquí yacen los restos de próceres de la independencia, militares, científicos y los de Evita, por supuesto) y su frontal Basílica de Nuestra Señora del Pilar.  Estoy desayunando en La Biela con mi editora y hacemos comentarios con sorna acerca de nuestros compañeros de cafetería, sonreímos asimilando el escenario, mientras trazamos nuestro plan de trabajo. El entretiempo imperante permite pieles y camisetas aún, sandalias y botas de cuero a la vez, una mezcla de temperaturas, de estilos, de formas. Es Buenos Aires, estamos en ella, en el corazón de la reina del río de La Plata. Esto es América, no Europa, aunque hay retazos de ultramar  salpicándonos; pliegues y arrugas de Milán envolviéndonos; recuerdos de París perdidos en el tiempo, o manchas de Berlín a la vanguardia.  Las dimensiones urbanísticas lo demuestran, la vegetación lo confirma y el jetlag que me invade lo corrobora. Acabo de aterrizar.

El mítico y entrañable hotel Alvear Palace, en pleno barrio de La Recoleta sigue ahí. Estoico y firme, con ese señorío que recuerda cómo toda la tradición y elegancia de la ciudad corretea aún por sus pasillos y salones; incluso parece tener más estrellas aunque ya no le quepan más. Y es difícil saber si es su famoso brunch dominical lo que más seduce, o su grandioso espectáculo: Alvear Tango.

Las avenidas son anchas, bien trazadas y la ciudad aún mantiene el verdor estival aunque ya algo decadente, como algunas calles, algunas plazas y algunos barrios. Siempre se vuelve a esta ciudad, y nunca es igual. Sin embargo, su ritmo es entusiasta, su vida cultural es amplia y variada y, su tango ha marcado un estilo de vida sin lugar a dudas.

Tango de triste gemido
hermano del malevaje…
Cómo has cambiado de traje
mi viejo tango querido…
Del arrabal has surgido
y al fin te llaman Señor;
tango brujo engrupidor…
¿Qué virtud llevás contigo
que hasta tu propio enemigo
te reclama en su dolor?…

El sonido del bandoneón nos acompaña. Se aferra en la fuerza de las manos de su intérprete  que abren y cierran ese fuelle de claro origen germano. Mientras paseamos me invade una extraña sensación de sorpresa que me hace preguntar porqué hay cada vez más restaurantes y bares en Buenos Aires. Proliferan más que nunca. Los porteños adoran desayunar en el bar, comer fuera, cenar fuera…  Cafés bohemios, restaurantes de todas las categorías y nacionalidades, parrillas y boliches están en todas las calles, e invitan a entrar. De repente, escuchamos en una esquina, la melodía de la Tocata y  fuga de Bach. No damos crédito, sale de un bandoneón. ¿Pero cómo es eso posible? Románticamente las sabias manos de un hombre mayor acarician formidablemente,  bajo un viejo portal, las gastadas teclas de este instrumento. Momentos después la conversación con el entendido, nos deja claro que el bandoneón fue ideado para ser un órgano de mano. Buenos Aires sorprende. Nuestro nuevo amigo es uno de los pocos luthiers de bandoneones que quedan en la capital porteña. Él transmite una calmada añoranza no sé de qué índole, en todo caso muy tanguera, a pesar del golpe clásico en Re menor que acabamos de oír. Esto es San Telmo. Cerca de su placita principal Dorrego, una especie de rastro o mercado de pulgas invade los fines de semana las calles de un vecindario más que tradicional, en el que músicos, espectáculos callejeros o mimos alimentan el escenario. Viejos discos de vinilo (en los que no falta la famosa sonrisa de Gardel), sifones de soda o agua gaseosa de diversos colores y tapón metálico de estaño, se ofrecen entre muebles, cuadros, vajillas, utilerías de otras épocas o barbies vestidas de modelitos en croché propios de  aquella abuela vanguardista que escucha a Piazzolla emocionada. El Hotel Axel, de Barcelona tiene aquí su sucursal bajo el cartel de Hotel Hetero Friendly. Buenos Aires evoluciona.

San Telmo albergó a lo largo del XIX  aristocráticas familias, que tras la fiebre amarilla de 1871 fueron obligadas a mudarse al sector norte de la ciudad, así Barrio Norte, Recoleta o Palermo continuaron su ascenso elitista. Por su parte los obreros que no pudieron cambiarse de barrio terminaron ocupando las residencias vacías de San Telmo que pasaron a convertirse en los famosos “conventillos” o “casas chorizo”, por supuesto vinculadas también al tango, como no podía ser menos.

Si los colores son asociados al trópico, en tierras australes éstos tienen su máximo esplendor en Caminito, y en general en el barrio de La Boca. Si, aquí en donde originalmente estuvo el puerto –el que más tarde se trasladaría al norte de la ciudad gracias al proyecto del célebre comerciante Madero-; y en donde el equipo Boca Juniors vio nacer su preciada Bombonera. Aquí la pintura sobrante de los barcos sirvió para colorear las casitas de madera y chapa, habitadas mayoritariamente por genoveses quienes, arrogantemente fundaron La República de La Boca, idea que por supuesto no perduró. De astilleros y almacenes portuarios, sus casas han  pasado a convertirse  en arte urbano, colorido y entusiasta. Arrabal decidido como el fútbol e intenso como la inmigración. Este cuadro porteño es todo un emblema de la capital que Pedro de Mendoza bautizara en 1536 como Ciudad de Nuestra Señora del Buen Ayre. La Perla, es un notable bar –antaño exitoso prostíbulo- que mi anfitriona enseña para no pasarlo por alto. Por aquí, me cuenta, han desfilado personalidades como Mastroianni o Bill Clinton, y su insignia callejera está adornada con una pintura de Gardel con el conocido “filete porteño”, ese arte popular típicamente bonaerense que los italianos plasmaron sobre los primeros autobuses de la capital, los colectivos, en forma de marco decorativo con flores y volutas, y frases de simpática rima. Los filetes están presentes por todo este barrio en forma artística y también a la parrilla. Es Caminito, aquella calle a la que el cantante acude por última vez a contarle su mal, y la que consigue que Buenos Aires nos conmueva aferrada a un pasado claramente narrado en las letras de algunos tangos.

Es esta una capital que también se reinventa, muestra de ello es la subdivisión que se ha otorgado a Palermo. Viejo, Chico, Hollywood o Soho. Hay para todos los gustos. El tradicional, de aires burgueses, el clásico de toda la vida o el recodo selecto que alberga, emulando al barrio neoyorquino, o no sé si al londinense, las tendencias, la creatividad y la moda. La placita Serrano, en otras épocas plaza Borges, es el punto neurálgico por el que comenzamos un entrañable paseo fiel exponente de la evolución por la que pasa la ciudad actualmente.  Productoras de cine y televisión de gran importancia en todo el continente tienen sus sedes en la parte robada a Los Ángeles. Eso sí, en todo Palermo, restaurantes, bares y pubs están presentes. Para todos los presupuestos, y para todas las edades. Buenos Aires también es vanguardia.

Recorriendo en coche la Avenida Libertador, para muchos la más prestigiosa, vuelvo a ser consciente de lo muy verde que resulta esta ciudad. El Jardín Zoológico, y el Botánico; el Parque Jorge Newbery, el Parque Carlos Thays, el Jardín Japonés y la Floralis Genérica del arquitecto Eduardo Catalano (esa gigantesca escultura de acero y aluminio en forma de flor que abre sus pétalos cada día) en la Plaza de las Naciones Unidas, son fieles muestras, al igual que Los Bosques de Palermo, de la importancia que tienen para una ciudad las zonas verdes. Buenos Aires es oxígeno.

El museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, MALBA ha sido uno de los últimos en entrar a la escena cultural y bien merece una visita al igual que el Museo Nacional de Bellas Artes. El arte se despliega en todas sus variantes en la zona de Retiro sobre la distinguida calle Arroyo, en donde se concentran prestigiosas e importantes galerías de arte. El Teatro Colón (reabrió sus puertas el pasado 25 de mayo  tras tres años de remodelación, como parte de las celebraciones del Bicentenario), de grandes dimensiones y suntuosa decoración, es un verdadero templo cultural. La ópera es una de las grandes invitadas de honor a lo largo de todo el año, gracias a la magnífica acústica del recinto. La cartelera de teatro de la ciudad que va de lo más clásico a lo más trasgresor, deja de manifiesto que Buenos Aires es cultura.

En una tarde despejada y clara, caminamos por la Plaza de Mayo y su Casa Rosada. Un palacio que ha sido escenario de hechos históricos como el famoso discurso de Evita ante los Descamisados, desde uno de sus balcones, o fuente de inspiración sarcástica en épocas de corruptos gobiernos, dictaduras y golpes de estado: “muchos presidentes no shegaban más que a rosarla”. Es esta también, la plaza por las que muchas madres han desfilado con pañuelos en la cabeza durante años exigiendo una respuesta a la desaparición de sus hijos. Varias parecen ya abuelas, aunque probablemente no lo sean pues quizás sus hijos no pudieron ser padres. Pensativos, nos adentramos en la mítica y peatonal calle de Florida con innumerables tiendas y muchos vendedores ambulantes. Miro la fachada de lo que fuera en su época la única sucursal de Harrod´s fuera de Londres y con cierta nostalgia recuerdo haber visitado su interior en 1.978. Sigo sin saber porqué está abandonada desde hace décadas, pero mi editora me da la buena noticia de que la reabrirán en dos años. Continuamos por Lavalle, inundada de relojerías, tiendas de ropa y cines antiguos. Recuerdo de otras épocas. La 9 de Julio, me vuelve a sorprender. Sus dimensiones la colocan entre las calles más anchas del mundo y su Gran Obelisco corona el centro de la gran avenida, justo en el cruce con Corrientes, otra  vía gran inspiradora de un tango, sí, en el número “…3-4-8…segundo piso ascensor…”

Tomamos un vino en una terracita, brindamos como siempre solemos hacerlo y al fondo se percata una música que ya nos es habitual. Buenos Aires es Tango, grandioso tango.

Un antiguo cine, se ha convertido en una de las más visitadas librerías de Buenos Aires, en plena Calle Santafé, es El Ateneo; libros,  música y discos,  son la delicia de todos, cuenta con una zona para pequeños lectores, y con un café en el que siempre sorprenden personajes venidos de todo el mundo. Las librerías de esta ciudad son importantes y famosas; encontrar verdaderas sorpresas en ellas, no es algo fuera de lo común. No es casualidad tampoco, que Umberto Eco ambientara las primeras páginas de “El nombre de la rosa” en una librería porteña. Buenos Aires es literatura.

Sin lugar a dudas el brillo de la Reina del Plata es aún más encendido en su puerto donde lo más moderno de la metrópolis confluye armónicamente. El proyecto del señor Madero dotó a la ciudad de un gran puerto en el que podían atracar grandes navíos. A principios del XX, cayó en el abandono debido a la construcción del Puerto Nuevo y la zona fue ignorada durante varias décadas. Sus 170 hectáreas han sido recuperadas, urbanizadas y el espacio se ha visto invadido por una especie de boom empresarial y arquitectónico, siendo actualmente la zona de mayor precio. Grandes empresas, lujosas viviendas, renombrados restaurantes e impresionantes hoteles se han emplazado aquí como nuevos símbolos de poderío y éxito. Por la noche, acudimos mi editora y yo, al encuentro de un famoso actor colombiano, con quien cenamos en el Hotel Faena, el más moderno de los establecimientos hoteleros argentinos, y uno de los caprichos del diseñador e interiorista Phillipe Starck, quien acude con frecuencia a supervisar cada detalle del Faena, una de sus musas. Casualmente él se encontraba allí esa noche. Los ambientes europeos de otras épocas quedan atrás en este establecimiento que sorprende por su nivel, decoración y diríamos, exotismo interiorista. Este viaje termina pues en un puerto. En otro diferente al que viera desembarcar a los primeros pobladores de esta ciudad, que como bien dijera Carlos Fuentes, los porteños vienen de los barcos. Buenos Aires es inmigración.

Recorrer esta ciudad en el temprano otoño es percibir en ella cierta nostalgia que como una milonga se despide del verano. Meterse en sus entrañas es un viaje al pasado, un encuentro con los inmigrantes de las guerras, con los europeos que llegaron en barco y sin futuro.  Caminarla y andarla es un descubrir continuo que en cada oportunidad desvela secretos, avances y melancolías de dulce de leche o aromas de Malbec.