Desde Bello Horizonte, capital del estado de Minas Gerais, me dirijo a Ouro Preto en autobús. Sólo me acompañan mi mochila, las cámaras, y dos libros. Sin planes a priori, me dejo guiar por los aires tropicales de una región conocida como la despensa del país, ostentadora de tener el suelo más rico en minerales, la mejor gastronomía, y las principales ciudades histórico-artísticas de Brasil.
Una leyenda de gran valor
Tras apearme del bus, llego a la Plaza de Tiradentes, que lleva el nombre de un insurrecto que lideró aquí, el primer intento de independencia de Brasil. Entro en el Museo de la Inconfidencia y leo que los “bandeirantes”, fueron crueles colonos dedicados a la caza de indios y esclavos, desertores de los campos de azúcar y tabaco. Una vieja leyenda cuenta que Duarte Lopes, un mulato que había partido en una expedición, desde las cercanías de Sao Paulo, a capturar esclavos entre los indios que habitan lo que hoy es el estado de Minas Gerais, y mientras lavaba su plato de comida en el río Tripuí, en los alrededores de la actual ciudad Patrimonio de Ouro Preto, fue el primero en descubrir “piedritas” de oro. A partir de ese hecho, la corona portuguesa, en su afán de dar con el tesoro, empieza a ofrecer bienes y títulos a quienes exploren el interior del país. Inicialmente la región se llena de ladrones, saqueadores y contrabandistas, pero la recaudación de impuestos, consigue cambiar la situación.
Cien años de oro, un siglo de arte
El poder político temía que el Papa se enterara del nivel de riqueza de la zona; este fue el motivo para que los dictámenes de la corona fueran claros: ninguna comunidad religiosa podía entrar en Minas, a excepción del clérigo secular. Organizaciones y hermandades seglares iniciaron su trabajo, erigiendo capillas y oratorios, promoviendo así el culto y la veneración de los Santos Patrones; otorgaron créditos y ayudas financieras para las enfermedades y los entierros, y garantizaron la manutención de los grandes artistas, propiciando el surgimiento de un arte religioso, y de un estilo arquitectónico «minero», diferente al del resto del país. Entre los años de 1700 y 1800, se extrajeron más de 1500 toneladas de oro, permitiendo que humildes nativos se dedicaran a la música, la pintura, la escultura y a la arquitectura, para lograr a través de ellos, generar un sello de identidad, inconfundible y característico.
Las artes coloniales se tornaron habituales entre unos ciudadanos, que ya asentados, defendían con ahínco a sus hermandades.
Tras las huellas del poder dorado
Emprendo una caminata por las empinadas callejuelas de esta ciudad, construida sobre 10 colinas, cada una con su propia e imponente basílica.
Senderos, fachadas y caminos, me traen a la memoria algunos pueblos portugueses; la diferencia está marcada por los colores y los olores del entorno montañoso, que envuelven a una de las ciudades más bellas de Brasil. Baldosas con aires lusitanos, resaltan en los interiores de las casas, locales, restaurantes y museos. Tallas de nobles maderas adornan iglesias, altares, confesionarios y oratorios, con un estilo rococó que evoca los remordimientos del pasado de un alma necia; instrumentos de adoración, rezo y reflexión que se usan en los hogares y en las calles, parecen un éxtasis de fe, extraído de un aurífero pasado.
Ante las artísticas construcciones de cada rincón, me es fácil entender cómo el oro, los diamantes y los topacios, marcaron un nuevo ciclo económico para Portugal, haciendo del estado de Minas Gerais una especie de “Nuevo Dorado”.
Admiro las ornamentadas fuentes de época o chafarizes, los pasos -pequeños oratorios que sólo abren para las fiestas religiosas-, los puentes de piedra, los balcones de madera, los de hierro forjado, los bares con la infaltable cachaça, las joyerías, y el estupendo mercadillo de objetos en piedra.
Una tropical “Capilla Sixtina”, otras iglesias y varios museos
Continúo mi andar, contemplando construcciones de cantería barrocas, hechas en piedra rocosa, casi de colores, manchadas por aguas de alto contenido mineral, provenientes de las piedras semipreciosas que invaden el subsuelo. Respiro una energía diferente, quizás, la de los bárbaros secretos de esta villa, o la extraña y maravillosa, proveniente de un misticismo único, surgido de la unión de razas y de creencias, romanas y africanas. No cabe duda, estoy ante una de las capitales barrocas más importantes de América, y por suerte, o por desgracia, poco conocida por el resto del continente.
En cada esquina siento el viento al doblar, llevándose consigo un halo artístico para fundirse con la montaña de Itacolomí. Percibo puertas, ventanas y postigos, como a unos silenciosos testigos del pasado.
Llego a, la que seguramente, es la máxima representación colonial minera: La Iglesia de San Francisco de Asís, construida en 1.765, sin licencia regia. El escultor fue el famoso Manuel Francisco Lisboa, «Aleijandinho» (el lisiadito), apodado así por una enfermedad degenerativa. Me quedo sin palabras. Soy el único visitante y eso me emociona aún más, pero hay un guardia que me impide tomar fotos. Está prohibido. Las pinturas del techo y los laterales, de Manuel da Costa Athayde, me convencen de estar ante la Capilla Sixtina de los trópicos. Nunca es suficiente su contemplación. La capacidad artística de «Aleijandiho», queda soberbiamente plasmada en columnas, fachada, capilla menor, retablos, aguamanil de la sacristía y en los púlpitos.
Avanzo hacia la Igreja Matriz Nossa Senhora do Pilar, donde barroco y rococó se imponen con fuerza. Durante el día visito además, la Matriz Nossa Senhora da Conceição, con la tumba de «Aleijandinho«; São José, Senhora das Mercês, Misericórdia, la ovoide Senhora do Rosário dos Pretos, y la famosa y sencilla Igreja de Nossa Senhora do Rosário de Padre Faria, una de las más antiguas de la ciudad. En todas ellas, se respiran vestigios de una época marcada por la abundancia, y en varios casos, el arte sacro minero se presenta con ángeles y demonios negros, frescos que me retrotraen a la geografía toscana; extraordinarias imágenes con rasgos orientales, detalles de orfebrería, techos labrados, columnas talladas, y hasta la escultura de un santo con un singular hueco en la espalda, para ocultar y contrabandear oro, un delito del que nadie parece haber escapado, completan mi recorrido por las iglesias
Llega la noche, y con ella un silencio que solamente se rompe en los sótanos de cualquier casona convertida en restaurante, o en alguna pequeña sala de fiesta donde las notas del forró, samba, y bossanova, exaltan el romanticismo de un país que debe su nombre al Pau- Brasis, aquel árbol endémico, que los portugueses exterminaron para extraer de su madera los mejores tintes textiles. Camino hacia mi posada de la mano de la extraña y tibia quietud de la media noche, fascinado por un escenario que alimentó la explotación de indios y esclavos, y que provocó el grito de los insurrectos en sus calles. Al unísono, música y noche ascienden por las cuestas de una ciudad mulata que merece todos los piropos.
La niebla matutina se dispersa dejando ante mi balcón unos tejados rojizos, que resaltan contra el fondo verde de los montes. La panorámica es impresionante y a la vez nostálgica.
Sencillas cajitas de madera que albergan imágenes de santos, labradas y talladas por manos nativas, me esperan en el Museo del Oratorio, con otros impresionantes trabajos repujados en oro, y en su interior también descubro, unas espectaculares figuras católicas. Antes de partir, visito La Casa dos Contos que tiene unos techos maravillosos. Ya en el autobús, no dejo de pensar en esos portales de piedra, que rumorean la codicia de sus antiguos moradores, y en esas iglesias únicas, arrogantes y sencillas a la vez. Dejo atrás un horizonte salpicado de haciendas productoras de cachaça, donde persisten tenebrosas historias de amor. Ouro Preto tan detenida en el tiempo como activa, con su abarrotada vida estudiantil y su estampa barroca, está a punto de entrar a formar parte de mis recuerdos, y también, a quedar en la distancia.