Si la isla es mágica, su gente lo es aún más. La belleza de Bali con su riqueza cultural, de cara al mar, y con la jungla a sus espaldas, luce inalterada desde hace siglos. Las creencias religiosas otorgan a este pueblo una alegre filosofía de vivir, traducida en sonrisas y festejos permanentes. En Bali se vive amando la vida; se vive sin temor a la muerte. Las ofrendas a los dioses son diarias y coloridas. La muerte no es ni dolorosa ni cruel, en tanto que las cremaciones son precedidas por pomposas celebraciones. Los entierros son la fiesta del adiós.
Coloridos amaneceres e imponentes atardeceres
Al sur de Dempasar, la capital, está la playa de Jimbarán, donde barcas de intensos colores se adentran en el atardecer, con sus farolillos encendidos regalando un delicado espectáculo. Amanece, y todo el encanto de una aldea pesquera despierta vivazmente, para recibir a los hombres que regresan tras la pesca nocturna. Las mujeres, cargadas de cestos de mimbre, aguardan para recibir, limpiar el pescado, y proceder a su subasta en una precaria lonja donde hay gente por doquier, que parece inmersa en un incesante borboteo de voces. No hay turistas y casi nadie habla inglés. Ante esta liturgia, tenemos la certeza de haber vivido momentos plenos de situaciones autóctonas y puras.
En la tarde, nos espera el templo de Uluwatu, un impresionante ejemplo de arquitectura clásica balinesa donde los cultos eran hasta hace menos de un siglo, exclusividad de los príncipes. La panorámica desde el acantilado sobre el que reposa Ulluwatu, construido en del siglo XI, merece ser visitado a la hora en que el sol descompone su luz en varios colores, un espectáculo para ellos “sagrado”, y conmovedor para nosotros.
Ubud, trópico para la inspiración
Desde los años 30, muchos artistas e intelectuales vienen asentándose en esta población del interior de la isla, que sigue siendo musa para muchos. Alcanzamos este idílico lugar por una carretera de montaña, que acumula a sus costados variopintos puestos de tallas de madera, máscaras, y textiles, algunas de las múltiples facetas de la cara de un pueblo trabajador y paciente.
La aldea del arte y la vanguardia, nos recibe con notas musicales provenientes del templo de Ubud; cafés, restaurantes y galerías de arte de este corazón cultural, reflejan, con gran estética, una esencia creativa que aflora por todas partes, a modo de bohemia tropical. En los altares del templo del Palacio Real Puri Salem, los fieles depositan sin cesar, ofrendas de frutas, flores e inciensos, al ritmo de las “Campanillas Divinas” del Gamelan, un típico conjunto de percusión indonesio. El mítico Lotus Café, enquistado en el interior de un palacete, con su estanque de lotos, nos invita al descanso. Aquí la jungla parece meterse en las calles, y es el Monkey Forest, el anfitrión de nuestro paseo vespertino. Acompañados por macacos, que bien podrían ser los guías del sitio, descubrimos los encantos naturales de este bosque tropical tapizado de musgo, con más de 300 especies de árboles.
Los bailes tradicionales son una constante en la isla, y en las noches de Ubud, quizás la Danza del Mono sea la más interpretada; en ella se relata una popular historia de la gran epopeya épica, El Ramayana, que sin perder su carácter sagrado, cautiva a cientos de espectadores.
Paisajes envueltos por volcanes y arrozales
Quizás la más práctica y económica forma de realizar los desplazamientos, sea la de acordar con un conductor local el transporte para las diferentes excursiones de cada día. Las famosas terrazas de arroz de la isla, verdaderas obras de ingeniería, ponen de manifiesto la orografía volcánica del lugar, y lo tradicional de sus hábitos agrícolas. El cultivo del arroz, su cosecha y su trilla, aún se realizan manualmente; en ellas, las tonalidades de verdes son infinitas, y la combinación con las palmeras que se cuelan en el horizonte, confirman su fuerza insular. Al abandonar las llanuras del sur, el paisaje explota en multicolores campos de cebollas, coles y papayas, que crecen en el clima templado de las mesetas. La tierra, saturada de arroyos, se perfila a lo largo de una carretera que asciende por altos riscos, salpicada de helechos y flores silvestres. El templo Gunung Kawi, con su jardín y estanques con aves tropicales, es un oasis de tranquilidad, para tomarse un descanso. Después de bordear la periferia del centro energético de la isla, que es el volcán Gunung Agung, llegamos al lago Bratan, un remanso de sosiego que exhibe con calma, sobre sus aguas, un pequeño y coqueto templo, el Pura Ulun Danu Bratan. Por su parte, el templo de Pura Taman Ayun o del vasto jardín, delinea varios Merus (pagodas de madera con techos superpuestos donde moran las divinidades), de ordenada manera. Quizás el lugar más deseado por todos, sea el emblemático Tanah Lot, un templo a orillas del mar, en el que las miradas se pierden, y el espíritu pareciera quedar a disposición de los dioses. En todos los templos, un binomio inseparable son las coloridas sombrillas multicolores junto con las deidades de piedra envueltas en sarongs –especie de pareos a cuadros blancos y negros-. Goa Gajah, o cueva del elefante, nos invita a descubrir en su oscuro interior, un antiguo monasterio.
Un lujo que no opaca lo tradicional
Tanto en la costa como en el interior abundan los hoteles. Grandes compañías del sector, se esfuerzan, cada vez más, por crear el más sensacional, el más refinado o el más exclusivo. El concepto de lujo asiático hace furor en Bali, y si alojarse en cualquiera de estos establecimientos está fuera del presupuesto, siempre se puede acudir a cualquiera de estas sedes del diseño y del confort a tomar una refrescante bebida. El tour del lujo se impone, y para saber cuáles hoteles merecen la visita, lo mejor es consultar cualquier guía de viajes.
Esta isla tiene una magia especial, un encanto que roza lo espiritual; Bali hace aflorar diversas sensaciones. Muchos matrimonios extranjeros vuelven a celebrar sus nupcias, como prueba de amor, a lomos de elefante, oficiadas con ritos locales; sin duda, en esta isla, el amor parece renacer. La explicación podría ser la particular forma de hinduismo allí practicado, ya que mezcla tendencias animistas con cultos a santos budistas. No es fácil dejar este micromundo de encantos permanentes. Despedirse de Bali, es decir adiós, con gran dificultad, a una valiosa y brillante sortija.