Un pasado de difícil olvido
Hacia el medio día, cuando la temperatura roza los cuarenta grados, el sosiego y la tranquilidad invaden las calles de Phnom Penh; es como si tornaran para recordarnos el éxodo al que fue sometida la capital en 1975, cuando los jemeres rojos y su modelo de economía agraria, obligaron a su desalojo bajo las órdenes del estalinista Pol Pot.
Por lo general, al almuerzo le sigue una ducha fría y un momento de reposo en el que los ciudadanos parecen reflexionar sobre un pasado devastador y funesto, que a partir del silencio y de ciertos preceptos budistas quisieran olvidar. Para el budismo la mejor vacuna contra la atrocidad, es el perdón. Pero cierto es que la realidad del horror sigue latente: uno de los mayores genocidios del siglo XX -cerca de dos millones de muertos, alrededor del 50% de la población de entonces-; una de las naciones con más minas antipersonales del mundo; una invasión vietnamita con el apoyo soviético; interminables y secretos bombardeos americanos; miles de amputaciones y deformaciones en medio de una permanente y feroz pugna entre las naciones más poderosas del globo, acompañan la historia del que fuera protectorado francés hasta 1953. Tan sólo hasta el año 1991, se consiguieron firmar los acuerdos de paz. Actualmente los juicios internacionales contra los responsables de tanta barbarie, siguen su curso en la capital.
Phnom Penh no es una ciudad espectacular. No destaca por su belleza ni por su diseño urbano. Es una capital que carga con un duro pasado y con un presente, que al observar su desmoronada arquitectura colonial fundida con un estilo asiático, nos hace recordar la herencia gala en Indochina, en medio de un trazado de callejuelas postradas sobre una llanura del Mekong y del Tonlé Sap.
El paseo fluvial, recientemente remodelado, es el corazón de la ciudad. Antiguos cafés, restaurantes y embarcaderos discurren entre comercios de sedas, joyas y artesanías, a lo largo de una avenida de claro corte francés, que transmite aires de tranquilidad a sus paseantes. Aprovechando la brisa fresca del amanecer, algo más de un millón de habitantes madrugan en este escenario, decadente y fascinante. Antes de que el sol penetre a través de la neblina, e inunde de asfixiante calor a la que alguna vez fue llamada la “París de Oriente”, la ciudad vibra, polvorosa, entre camareros vestidos de blanco y negro, niños uniformados de azul marino, y casas de tallarines. Pinchos de teriyaki de carne ahumada, cacahuetes tostados, cocos de mil facetas, pulpas de tamarindo, y bolsas de salsa hoisin aprietan los estantes de carretones empujados por vendedores ambulantes que se abren paso entre coches, bicicletas, y las conocidas motos con remolque que sirven de tuc tucs a unos ciudadanos siempre sonrientes.
Encantos de la “Colina de Penh”
Cuenta la leyenda que en 1373, tras la crecida del río Mekong, una agraciada mujer llamada Penh encontró unas estatuas de Buda. Una colina, Phnom (así se dice en jemer), fue el lugar escogido por ella para erigir una pagoda en su honor, dando así origen al nombre de la ciudad que se fundaría alrededor de la misma, en 1734. Actualmente el Wat Phnom, es centro de peregrinación budista, por la creencia de la buena fortuna que trae la oración en este lugar. El poderío y la magnificencia del Imperio Jemer, quedan de manifiesto en los interiores de la tradicional y hermosa construcción rojiza que alberga al Museo Nacional, en el que las esculturas imperiales son el deleite de la visita, y donde sorprendidos, nos preguntamos porqué hay en Occidente, por lo general, tanto desconocimiento acerca de este Imperio.
El Palacio Real ocupa una extensa superficie salpicada de jardines tropicales, construcciones tradicionales y varias pagodas que irradian poderío y tradición. En el interior de La Pagoda de Plata, llamada así por tener el suelo recubierto por 5000 baldosas de dicho metal, son custodiados el Buda Esmeralda, tallado en cristal de Baccarat, además de una escultura de tamaño natural, también de Buda, hecha de oro, y recubierta por más de 9.500 diamantes incrustados. A lo largo de la visita por el recinto real, inmensas galerías adornadas con impresionantes murales, consiguen transmitirnos la grandeza y el vigor de una extraordinaria y antigua civilización, que se extendió hasta los límites de Tailandia, Myanmar, Vietnam y Malasia.
Choeung Ek: los campos de la muerte
A tan sólo 17 kilómetros de la capital, las atrocidades de los jemeres rojos, en época del POLítico POTente, Pol Pot, son recordadas; un monumento conmemorativo budista, en honor a las víctimas, nos muestra cerca de 9.000 cráneos clasificados por sexo y edad. Antes de su ejecución, los “prisioneros”, fueron confinados en el centro de detención conocido como S-21, ubicado en el colegio de enseñanza secundaria de Tuol Suay Prey, asentamiento de vejaciones y torturas. Podemos percibir una especie de macabro mercantilismo, al que muchos rehúyen, y muchos otros quieren ver.
Atardecer fluvial: entre sedas y masajes
Los textiles son uno de los principales productos nacionales y para conseguir algodones, sedas y estampados, lo mejor es acudir a alguno de los mercados de la ciudad. El frecuentado Mercado Central tiene todas las características de la arquitectura soviética, donde sólo el tono amarillo de su hormigón, parece estar en concordancia con la realidad tropical. En su interior, cientos de puestos ofrecen toda clase de artículos de uso personal, sedas, prendas de vestir y zapatillas “Made in China”, a un público ávido de consumo. Por su parte, menos pomposo y con más aires de mercadillo callejero, el llamado “Russian Market”, ofrece una gran cantidad de verduras, frutas, flores, y ofrendas budistas, así como también fantásticos tejidos en seda y algodón típicamente jemeres. Los precios en Camboya no son elevados, aún es un país barato, en el que encontrar buena relación calidad-precio no resulta difícil. Al carecer las ciudades camboyanas de transporte público, la mejor forma de movilizarse es en tuc tuc, previa negociación de la tarifa, con regateo incluido. La moneda de curso legal es el riel, pero todas las transacciones se pueden realizar en dólares americanos.
Si el exceso de compras consigue agotarlo, encuentre un spa urbano y hágale un homenaje a su cuerpo. Están por toda la ciudad, y se vanaglorian al afirmar que el masaje camboyano es el predecesor del thai. Son bastante profesionales, y el monto a pagar, en algunos casos, resulta excesivamente barato. Son muy afamados los masajes impartidos por los ciegos, bajo el cartel de Blind Massage, que siempre en la más acertada de sus diferentes modalidades, están dispuestos a realizar. Normalmente se ubican en las inmediaciones del paseo fluvial.
La caída de la tarde, siempre es un ritual, en esta ciudad a orillas del Tonlé Sap, y del Mekong, principal arteria del país. Para contemplar la puesta del sol, alquilar una embarcación es una estupenda idea. Remontar el único río del mundo que cambia de sentido de acuerdo al deshielo de las nieves del Himalaya y de los monzones, es una experiencia que no se puede dejar escapar. Los tonos naranjas y violetas quedarán impregnados en el recuerdo, y dan paso a la noche donde encontrará diversas opciones para comer y divertirse. En las calles es particularmente perceptible el neón, en sus encendidas y diversas conjugaciones, entre el castañeteo de las motos y el incesante hormigón. Parece un heraldo que anuncia la presencia de bares, restaurantes, cafeterías y discotecas. Muchos de estos sitios están llenos de leyendas y cuentos urbanos, que fascinan por el beneficio de la duda, que desde luego, hay que atribuirles.
Lujo asiático y tradición colonial
Probablemente uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad sea el Hotel Raffles Le Royal. Su Elephant Bar sigue siendo aún el punto de encuentro favorito de importantes personalidades, extranjeros e intelectuales. En él, el tiempo parece haberse detenido. Una sobria pero acertadísima y elegante decoración, pone de manifiesto el hecho de encontrarse en uno de los bares más refinados del sudeste asiático, e irremediable es la sensación de ser parte de un escenario de antaño, como si se tratara del rodaje de una película de época. Construido en los años 20, siempre estuvo destinado a ser la propiedad más refinada y elegante de la Indochina. Desde el año 96 hace parte del listado de la prestigiosa marca Raffles, siempre ha sido el mejor hotel de la ciudad, y para muchos del país. Sin seguir ningún protocolo, pero haciendo honor a Mr Raffles, un Singapur Sling es bebida obligada. Dejar Le Royal embarga de nostalgia… sus colores y sus aromas perduran sutilmente en el recuerdo, sin más pretensión que la de la elegante sencillez de Asia.
Que las apsaras protejan esta tierra de campos de arroz y gente sonriente…
Desde mi mesa del Elephant Bar, vislumbro en la vitrina de la suntuosa boutique del hotel, un pañuelo de seda camboyana con dibujos de apsaras, aquellas bailarinas celestiales de profundas raíces hinduistas, que durante siglos, han sido símbolo de identidad de la cultura jemer. Si bien es cierto que se manifiestan en exceso en los templos de la antigua ciudad de Angkor en las selvas de Siem Reap, el país entero las reconoce como suyas, y les ofrece permanente respeto y cariño. Son protectoras, ayudan y cuidan, alejando con sus hermosos movimientos a los malos espíritus.
Intento imaginarme esta ciudad en 20 años, y siento una profunda tristeza. Esa esencia tan pura de Asia probablemente desaparezca, ¿Qué será de la vida del río con sus viviendas sobre palafitos? ¿Qué será de los pescadores afanados en la tarea del día a día? ¿Qué pasará con las aldeas que se mueven con las aguas del Tonlé Sap? ¿Hacia dónde irán? Pienso en el exceso de coches de segunda mano que envían los Estados Unidos, y recuerdo las calles invadidas de viejos modelos de Toyotas, contaminándolo todo. Hasta hace poco tiempo, ningún edificio podía ser más alto que las pagodas del Palacio Real, pero ya las grúas están ahí haciendo caso de inversores coreanos que desean construir una especie de Dubai en pequeño. Esperemos que esos sueños se trunquen, que Phnom Phen siga siendo la niña poco agraciada y algo ignorada, que hasta ahora ha sido, para que perdure su encantadora esencia.
Los camboyanos quieren comprarlo todo; necesitan ponerse al día con el mundo del capitalismo que durante años se les negó; grandes potencias como China, Corea y Estados Unidos, están haciendo su agosto. Esta tierra de campos de arroz parece a veces cambiar sus sombreros de paja de corte vietnamita por gorras de plástico con logotipos de reconocidas marcas deportivas. Si el encanto de Indochina se ha esfumado tras guerras e invasiones, pido a las apsaras de los cielos que no detengan su baile, y que a base de sutiles movimientos protejan a Camboya del devastador mundo que quiere entrar, incluso contra corriente del Mekong.
Esta tierra no aguanta más castigos, y “karmáticamente” tampoco los merece. Presiento que las apsaras están escuchando… la música continúa, su baile se acentúa en la esperanza del pueblo camboyano. Así puedo intuirlo en las sombras de mis sueños. Que así sea.