Si un viaje comienza desde el momento en que se elige el destino, en el caso de Myanmar la travesía podría ser más larga. En primer lugar, la decisión de ir, se convierte para muchos, en un dilema moral: el de visitar un país sometido a una represora y sangrienta dictadura militar desde 1962, que tiene a la presidente electa en las urnas y Premio Nóbel de Paz, Aung San Suu Kyi, bajo arresto domiciliario, tras la anulación por parte del ejército de los resultados electorales, es un motivo más que suficiente para vetar el destino. Sin embargo, como contraposición, el viajero sopesa la premisa bajo la cual el turismo responsable genera bienestar a la población de un país, dejando divisas que ayudan localmente a la economía familiar; además, el hecho de ser testigo de la penuria de este pueblo, de alguna manera, aporta su grado de arena para la gestación de algunos cambios. Quien opta por llegar hasta el país de las pagodas, se enfrenta a una inusual riqueza cultural, una belleza natural desbordante, y a las arraigadas costumbres de unas gentes inmensamente hospitalarias y sonrientes. Realidades que permanecerán para siempre, en la mente del viajero, convirtiendo la visita a Myanmar en un plácido sueño del que difícilmente se puede despertar.
Shwedagon, núcleo social y espiritual de Yangón
Rangún ahora se llama Yangón, y por decisión de la junta militar, desde 2005 dejó de ser la capital del país, cediéndole el título a Pyinmana. La “ciudad sin enemigos” –significado literal de Yangón-, nos atrapó una tarde de finales del monzón, a lo largo de una caminata que nos imponía seguir tras las carcomidas huellas de la dominación inglesa; desvencijadas fachadas que han mutado de victorianas a “victoriosas”, por soportar los húmedos vapores del trópico y el paso del tiempo, fueron nuestros acompañantes en el cautivante recorrido hasta el, por excelencia, icono de Yangón, la Pagoda de Shwedagon. Erigida sobre una colina, con una inmensa stupa, de 60 toneladas de oro puro, que refleja los rayos del sol del ocaso, con un poder casi divino, eclipsándolo todo. El recinto, con 82 edificios, acumula una variedad de símbolos budistas, estatuas y pequeños templos para la oración. Los rituales, rezos y ofrendas de sus fieles, muestran la profunda religiosidad de un pueblo, que nunca deja de sonreír. Por momentos, llegamos a pensar que esa actitud ante la vida, actúa en sus almas, como bálsamo hidratante, ante las continuas atrocidades del gobierno. Por las tardes, decenas de voluntarios limpian, con especial devoción, el complejo espiritual. Bajo cónicos sombreros de paja, hombres y mujeres despejan de “impurezas” el suelo, con la ayuda de unas graciosas y artesanales escobas. Shwedagon es también punto de encuentro de amigos, es el núcleo social de Yangón. Los enamorados, acuden ilusionados a ofrecer su amor a Buda, con la misma fuerza que lo muestran a sus parejas. Los niños juegan con simples pelotas de ratán, con la profunda inocencia que sólo conoce un pueblo como el birmano. En los alrededores, los adolescentes toman su merienda, las vecinas se ponen al día en sus cotilleos de barrio, mientras el resplandor de las 8000 planchas de oro, y los 5000 diamantes de la aguja en la que termina la stupa, ilumina sus rostros con la luz más pura de todo el sur de Asia. Todos saben, que el legado espiritual de Buda, y su mirada justa, amplia, tolerante, y redentora, es exactamente lo contrario a lo que les ofrece el gobierno.
Regateando a la luz de las velas
Los mercadillos, al igual que el regateo, son inherentes al sudeste asiático. Durante el día, es Bogyoke Aung San, el que atrae todas las miradas sobre los exóticos puestos de abalorios, lentejuelas, cintas, botones y telas de mil colores que se expenden para confección y adorno de los 37 nats, espíritus de antepasados –buenos y malos- a los que el budismo animista de Myanmar, rinde particular y fervoroso culto. Debido a la irregular y precaria prestación de servicios públicos, muchas zonas de la ciudad carecen de energía eléctrica. Por la noche, los mercadillos se visten de farolillos, que románticamente nos invitan a pasear por los entresijos del tiempo atrapado.
Un clásico colonial
El clásico, el de siempre, el que nunca dejará de ser lo que ha sido, es El Hotel Strand. Historias de espías internacionales, -se dice que sus muros son las únicas paredes de la ciudad que no tienen oídos-, de traficantes de marfil y de rubíes, y de millonarios e intelectuales, nos llevan a mezclarnos con el embrujo colonial de su bar, para, en el más “british” de los ambientes, jugar una partida de billar. Las aspas de madera del antiguo ventilador del techo, refrescan a dos personajes inolvidables, que, en el intento de mantener la forma de sus chaquetas de lino, recitan rígidas posturas, en un par de poltronas Chesterfield de cuero, mientras disfrutan de uno de los legados más apreciados del extinto Imperio Británico: el Gin & Tonic.
En los últimos años, varios hoteles de cadenas internacionales han desembarcado en Yangón, y aunque algunos son verdaderos emblemas del lujo asiático, el Strand, mantiene como pocos en Asia, un sabor añejo que nos permite remontarnos a la historia anglo birmana.
Ofrendas para el paladar
La variedad culinaria es tan amplia como los 135 grupos étnicos que componen la sociedad birmana, que confluyen en una desbordada hospitalidad, entendida como el perfecto comportamiento social. Invitar a comer, es la forma más usual que tienen los birmanos para expresar el cariño, la amistad y el respeto.
El arroz, es el acompañante constante de una equilibrada sinfonía gastronómica: sopas, ensaladas, curries, verduras al vapor, salsas, frutas y legumbres; dulzor, acidez, y amargor se combinan con exactas dosis de picantes, y de astringentes. Las texturas, a veces crocantes y tostadas, o aterciopeladas y suaves, se adjudican a pescados, aves, mariscos y carnes, en unas recetas para gozar de un auténtico deleite: Hsi Pyan Hin, y Yay Cho Hin, dos técnicas de preparación de curries: con aceite, o sin él, respectivamente. No deja de sorprendernos el hecho de ser la birmana, una comida radicalmente diferente a la india o a la china, siendo una nación que se encuentra a caballo entre ambos gigantes.
Nostálgica despedida
Es una ciudad especial, habitada por seres maravillosos. Una sociedad en la que, a excepción del poder político y militar, todos los hombres visten falda o longhies, y en la que las mujeres son las que administran el dinero del hogar; es digna de ser elevada por encima de cualquier tópico occidental. Admiración y respeto son los dos primeros adjetivos, que para referirnos a ella, se nos vienen a la mente.
El permanente recuerdo de “La Revolución del Azafrán”, aquella que en el 2007 sacudió los cimientos del poder, en la que miles de personas azuzadas por la oposición, y apoyadas por los monjes budistas, salieron a la calle a protestar contra el régimen, quedará grabada en nuestras mentes para siempre; nunca lograremos olvidar los monstruosos asesinatos de monjes, por parte del gobierno, que sigue ensuciando las manos de un sistema que merece su derrocamiento inmediato. Birmania, Myanmar, la “Tierra Dorada” o el “País de las Pagodas”, es mucho más que una ilusión… como lo es también, la de 56 millones de inocentes birmanos que sueñan con la libertad y la democracia.