Si algo preocupa a los daneses es el cuidado del medio ambiente. Su capital, Copenague, cuenta con 330 km de ciclovías y las autoridades pretenden conseguir para 2015, que el 50% de los ciudadanos se movilice en bicicleta, para así reducir a la mitad, la contaminación generada por los vehículos particulares. Por ello, fomentan el bicing desde todos sus barrios, poniendo a disposición de todos bicicletas públicas que se entregan con una moneda que se deja en garantía. Para estar a tono con el espíritu ecologista de los daneses, decidimos emprender nuestro recorrido hasta el famoso “Barrio Libertario” en bicicleta. Nos dirigimos rumbo suroeste desde el centro de la ciudad, y cruzamos el Christian Bridge hasta alcanzar la entrada principal de Christiania en la calle de Prinsessegade.
Un vecindario singular
Cruzando el arco principal, lo primero que divisamos es una bandera roja con tres círculos amarillos, que ondea con la paz del movimiento hippie. Los círculos, hacen referencia a las tres íes que contiene la palabra Christiania. La única circulación permitida es la de peatones y bicicletas, la moneda local es el “Lon”, la venta de marihuana y hachís es legal, y ante el frío que anima la jornada, los habitantes buscan el calor en hogueras sobre Pusher Street, el eje central. No hay duda, nos encontramos en un “estado libre”. Para muchos, Christiania es un símbolo de tolerancia, para otros, simplemente un foco de anarquía social.
El vecindario fue bautizado en honor al rey danés Christian IV, siendo el único barrio de Europa en el que no existe la propiedad privada. El consumo de drogas duras está prohibido según las normas de sus propios residentes, así como la venta y el porte de armas. Sus habitantes están exentos de impuestos, y tras un acuerdo con el parlamento danés, contribuyen al municipio con el pago de las facturas de agua y luz a cambio de ocupar unos terrenos de propiedad del estado.
Filosofía antisistema
Con una legislación especial, desde los años setenta, esta comuna vive bajo su propia autonomía, cuando los “sin hogar” fueron ocupando una serie de barracas abandonadas por la marina danesa conocidas como Grey Hall. Hippies, “okupas”, vegetarianos, y ecologistas en plena actividad, llegaron a este vecindario de Freetown Christiania para gestar, bajo el marco de un autogobierno, un interesante “experimento social”. La convivencia en comunidad y la libertad, son desde entonces las premisas fundamentales de este colectivo. Su grupo de teatro y el periódico local, gozaron en su momento de mucha popularidad, aunque actualmente el esplendor es menor. Resulta tan bizarra como sorprendente, la existencia de Christiania en un país que ostenta los más altos índices de calidad de vida en Europa, y en el que reina la monarquía más antigua del mundo.
El barrio ha resistido varios gobiernos, y ni siquiera la derecha más dura ha podido ponerle fin. Aquí la venta de drogas blandas (todas ellas con Denominación de origen: Afganistán, Nepal, Mota Mexicana, etc) se realiza junto a espacios de expresión artística -varios han sido fuente inspiración para composiciones de Bob Dylan y también de Eric Clapton-, grafitis multicolores, o cultivos de hortalizas y verduras que junto con la pesca, son las principales formas de abastecimiento. Dentro de sus predios, se recomienda no hacer fotos. Según sus fundadores «Christiania se tiene que vivir», y las fotografías podrían confundir a los futuros turistas. La mayoría de viviendas han sido restauradas o construidas por sus moradores a partir de elementos orgánicos y de reciclaje, o con restos de demoliciones traídos desde otras partes de la ciudad. Aún hoy, muchos desamparados encuentran su refugio en esta comunidad, que alcanzó en sus inicios los 22.000 habitantes, y que hoy escasamente llega al millar.
Un nuevo “Flower Power”
Nos adentramos en este mundo de bohemia y tolerancia. Una guardería infantil, con grafittis verdaderamente artísticos, llama nuestra atención. Encontramos algunos restaurantes de comida “Bio”, tan de moda actualmente, y aunque todo parece no estar “contaminado”, nos sorprenden dos o tres antenas parabólicas en las casas del lago… prefiero pensar que es cuestión de la globalización, y que las filosofías se han adaptado a los nuevos tiempos. Decidimos tomar una cerveza en el bar Woodstock, mientras observamos a unos skaters haciendo piruetas al ritmo del hip hop, y elevando sus rastas por los aires. Es claro que existe un “neohippismo”, y que aquí los jóvenes viven como la mayoría de la juventud europea. Mark, un asiduo del bar, nos comenta que en el gran comedor comunal se celebra una cena de navidad multitudinaria, financiada por todos los habitantes de Copenague, en honor de los más pobres, y me indica que el 70% de los daneses se niega a la erradicación del barrio, pues lo consideran parte del conjunto cultural de su país. Visitamos algunos de los puestos de artesanías que en su mayoría sin fruto del reciclaje, y haciendo un recorrido artístico por los diversos grafitis que adornan los exteriores de las casas, nos acercamos hasta las puertas de las fachadas de los baños públicos y la sauna comunal. Nos alejamos intentando comprender el nuevo concepto del otrora Flower Power.
Vuelvemos a entrar a la Unión Europea, tras cruzar el arco que así lo advierte: “You are now entering the EU”. Enrumbamos las bicicletas hacia el centro de la ciudad, donde las devolvemos, y nos sumerjimos en la ciudad de Andersen y la Sirenita a lo largo de la vía Stroget, la calle peatonal más larga de Europa. Recordando la frase de Borges: “Creo que nos merecemos no tener gobiernos”, el reloj nos avisa que es hora de salir para el aeropuerto a tomar el vuelo de regreso.