Bagán, luces y sombras de un reducto Sagrado

Del río Irawady, o también “Río elefante”, dijo Neruda que tenía el nombre más bonito del mundo; a lo largo de 2170 km, baña arrozales y campos, dando vida a los pueblos de sus márgenes, que pausadamente, viven en una nación que se mueve a un ritmo diferente a cualquier otro conocido: al ritmo de un hermoso sueño sin fin. La sosegada Bagán, a orillas del mítico Irawady, atesora la planicie más maravillosa de la faz de la tierra;  en ella todo es antiguo: su campo, sus carretas de bueyes, su tiempo, sus costumbres, sus  hermosos y afamados templos, son el resultado de una boyante era birmana, en la que la agricultura y el comercio con China, India y Ceilán, generaron beneficios destinados al culto.

La llanura más sagrada del mundo

Surcar las aguas del río Ayeryarwady –antes Irawady-, hasta Bagán, es probablemente, la más idílica de las experiencias que se puede realizar en este país; sin embargo, el avión, y la carretera son los medios más utilizados.

Las llanuras de Bagán, albergan a uno de los recintos arqueológicos más importantes del sudeste asiático. Como muestra de poderío y entrega espiritual, los antiguos reinos birmanos, construyeron, entre los  siglos IX y XI,  cerca de cinco mil pagodas, templos, y stupas y chedis, a lo largo de 40 km2; de piedra rojiza y ladrillo, en su momento todos estaban recubiertos de oro. Actualmente se mantienen en pie, cerca de dos mil construcciones, y su visita lejos de ser ardua y compleja, es fascinante y mágica. Aunque algo egoísta, el escenario parece imposible: “…la historia, el mundo y yo”; la libertad para trazar el recorrido depende de cada cual, y la forma de hacerlo, también. Es viable adentrarse en este recinto en un viejo carro de caballos, en bicicleta, en un vehículo particular, o incluso sobrevolarlo en globo. Caminar sin rumbo para encontrarse con los campesinos de aldeas cercanas, niñas con adornos florales en la cabeza y con el rostro ungido de tanaka, una resina vegetal y amarillenta que se aplican como símbolo de belleza, visitar los templos en solitario, y trepar descalzos a las alturas de las pagodas, para simular un vuelo, que en el sublime atardecer, parece conquistar el pasado penetrando la historia de esta nación, son experiencias  únicas, sólo viables en el corazón de un imperio que se extendió por el golfo de Bengala hasta el estrecho de Malaca. En Bagán, a la hora del ocaso, los dorados del sol mutan a infinidad de rojos, que se mimetizan sin pudor con la piedra de los templos, mientras un violeta celestial, cubre de solemnidad el horizonte punteado por los tonos plateados del río; aquel, del que Orwell dijera: “…sus aguas brillan como si llevaran diamantes”. El paso del tiempo ha dejado fuera de escena, a importantes construcciones de madera: palacios reales, monasterios y viviendas populares, cuyo espacio, ha sido invadido por la manigua del trópico.

No son muchos los años que han pasado desde que Myanmar abrió sus puertas al turismo. La masificación del destino parece empezar, aunque aún le falta mucho por recorrer. Por ello, resulta increíble estar ante estas explanadas cuajadas de  hermosos templos, sin percatarse apenas, de los otros visitantes.

En vía de extinción

En la zona arqueológica de Bagán, las desacertadas acciones de la Junta militar, lejos de proteger el recinto y velar por su conservación, han permitido que nuevas obras y construcciones, contribuyan al deterioro del patrimonio. El gobierno, ha desestimando y desobedecido permanentemente a la Unesco y a los consejos de conservación de Patrimonios de la Humanidad, que les tiene prohibido intervenir y actuar en la zona.

Por el contrario, el yerno del presidente de la Junta, ha conseguido construir un hotel en pleno parque arqueológico, y en paralelo, ha erigido en terrenos protegidos, una deplorable torre moderna que pretende convertir en discoteca.

En los escasos trabajos de conservación, de algunos monumentos, realizados hasta ahora, las normas de restauración no se han respetado y, han utilizado ladrillos y técnicas modernas. Lo que es peor, han seguido construyendo stupas contemporáneas, cerca a las antiguas, con materiales que no corresponden ni a las características del lugar, y ni siquiera a su arquitectura. Tristemente, Bagán puede estar en vía de extinción, por la obstinación y arrogancia de un gobierno sin legitimidad alguna.