Kuna Yala, una isla para cada día del año

En una economía como la panameña, en la que el bastión moral más fuerte, parece ser el dólar, resulta cuanto menos sorprendente, que una comarca como la de Kuna Yala tenga una organización política y administrativa que se rija por leyes propias, mantenga intactas costumbres de tiempos precolombinos, y renuncie a suculentas sumas de dinero ofrecidas para el desarrollo de infraestructuras turísticas de gran envergadura. Por suerte, en la zona, sin el consentimiento del pueblo indígena, ningún proyecto se puede llevar a cabo.

Un vuelo al interior de Kuna Yala

En el interior de la pequeña avioneta que, aún sin luz solar, se aborda en el aeropuerto doméstico Marcos A. Gilabert, en Ciudad de Panamá, se comienza a saborear un delicioso abrebocas cultural: Los pasajeros, son en su mayoría mujeres indígenas, de pelo corto y  pequeña estatura, de cuyas narices pende un aro de oro, con sus piernas y brazos atiborrados de pulseras hechas con cuentas, y perlitas de colores dispuestas de manera geométrica, con blusas bordadas con telas superpuestas de muchos colores «Las Molas», cuyos diseños narran entre costuras, sus historias mitológicas, las de la naturaleza, e incluso algunas sobre el hombre blanco; mujeres  que ocupan sus puestos, susurrando una lengua indígena, tras acomodar en la parte trasera, cajas, bolsas y tiestos, llenas de víveres y mercancías, que han de ser llevados a las islas desde la ciudad. Tras 30 minutos de vuelo, en el descenso al archipiélago, se divisa un manto azul turquesa bordado con centenares de coquetos islotes; el paraíso debe tener aquí una sucursal, y el edén -casi secreto- de Kuna Yala, puede ser un acercamiento a lo que debió ser el Caribe antes de Colón. Sólo 36 de las islas están habitadas, el resto, responde al concepto idílico de belleza insular. Impolutas y pequeñas playas de pulverizada arena blanca, despliegan, a orillas del  mar, una hermosura que sólo entiende de verdes y azules imposibles; en ocasiones, salvajes palmeras parecen besar el agua, al agacharse reverencialmente ante la belleza natural del entorno. Las islas, como perlas benditas por las complacencias divinas, guardan en su interior, los secretos del corazón y del alma, de una sociedad indígena, que como pocas, ha sabido conservar su propia cultura en este mar de piratas.

Tradiciones que viajan en “Ulus”

La comunicación entre las islas que componen las tres regiones de la comarca, se realiza en cayucos, pequeños botes de madera, llamados “Ulus”. Aunque ahora se acepta el motor fuera de borda,  en los cayucos siempre se han utilizado remos hechos con palas de madera de fabricación artesanal. Por lo general las viviendas, simples chozas de madera, o de guadua –el bambú americano-, con techos de palma, son construidas en pocas horas, por los miembros de la comunidad. Cada casa cuenta, normalmente, con “estacionamiento” para el “ulu” de su propietario. Las mujeres son las que heredan las propiedades, y además, administran el diario vivir y la economía, de esta sociedad matriarcal, cuyo sustento principal es la pesca –especialmente de langosta-; también los cocos, y la artesanía, con sus famosas molas como producto principal, son elementos muy importantes en el desarrollo insular. Cualquier acción que no sea manual, para pescar o cazar, está prohibida por los principios kunas, que imponen mantener formas tradicionales en ambas actividades. Cada región tiene su Cacique, y las 50.000 almas del archipiélago, se reparten en diferentes aldeas, de las cuales, cada una tiene un subjefe denominado “Sahila”. Caciques y Sahilas, son elegidos para ejercer sus labores de por vida, y su trabajo no está remunerado.

Las molas, una insignia tribal

A partir de una técnica de apliques de diversas y coloridas telas, la cultura kuna, ha hecho de las molas, famosas creaciones artísticas que expresan geométrica, y vivazmente, las creencias y el entorno. La vanidad de las mujeres kuna, nunca ha perdido fuerza, y si en tiempos previos a la colonización española, acostumbraban a decorar sus cuerpos con dibujos geométricos, realizados con tintes naturales, son ahora las molas, las que adornan las partes frontales de sus blancas blusas de manga corta. Como elemento sustancial del atuendo femenino, las molas se han expandido a sectores de la decoración y la bisutería, generando una consistente fuente de ingreso para la comunidad; esta importante insignia tribal, ha sido objeto de fascinación a través de valiosas exposiciones sobre la etnia kuna, en varios museos del mundo.

Además del oro con el que adornan nariz y orejas, la influencia del hombre blanco ha contribuido a que la creatividad de este pueblo se sirva de cuentas y perlitas sintéticas (chaquiras), llegadas al país con la apertura del Canal de Panamá, que a modo de abalorios llamados “uinnis”, y sin perder los preceptos étnicos de la geometría, adornan brazos y piernas, en una delirante explosión de color e imaginación. Aunque corto, y a modo de falda, lucen un pareo estampado, llamado “saburete”; el “muswe” o pañuelo, con el que cubren sus cabezas, suele ser rojo con algunos dibujos étnicos amarillos.

Ecoturismo y sostenibilidad

La expansión turística no ha sido devastadora, gracias a la fuerte normativa que los kunas han impuesto en su espacio. Las tradiciones culturales obligan a ejercer un turismo responsable, pausado y alejado de las masas. Los alojamientos son modestos, y salvo en las islas más grandes, las construcciones que no sean autóctonas están completamente prohibidas. La electricidad llega en algunos casos, a través de paneles solares instalados por la misma comunidad, y en otros, se abastecen de ella con generadores. Los alojamientos, son cabañas que mantienen sus técnicas de construcción, y el consumo del agua dulce está muy controlado. El snorkeling está permitido, pero no el buceo con tanques, que va en contra de los principios de la etnia. El kayak, el avistamiento de aves, las caminatas por senderos dirigidos en algunas áreas, la visita a algún cementerio kuna, y un fondo submarino abundante en corales, son parte del menú de actividades en esta parte del Caribe que de alguna manera se asimila, por su intacto estado, a la avistada en el siglo XV, por los hombres del Descubrimiento. El eco-turismo, empeñado en la protección de la biodiversidad y en la sostenibilidad del lugar, impera en la mente de los nativos de San Blas. Algunos cruceros anclan mar adentro, para transportar a los pasajeros en pequeñas embarcaciones hasta alguna de las islas, para disfrute del día. La belleza sin igual del archipiélago, concordaría con una paleta impregnada por los colores de los sencillos tonos del acerbo cultural indígena, que hacen del escenario, uno de los cuadros más “primitivistas” de América: Aquel en donde cada día del año, cuenta con una isla diferente. Recientemente, este paraíso escondido, fue catalogado por las prestigiosas revistas Cruising World y Le Monde Voyage, como uno de los destinos insulares más bellos del mundo.