Museo del Oro de Bogotá, un viaje a la memoria cultural de Colombia

El escenario de la investidura de los Caciques Muiscas, era la Laguna de Guatavita, en los Andes colombianos. El nuevo Señor (o Jefe), subido en una balsa de troncos, atados con juncos, se dirigía hacia el centro de la laguna para arrojar, a sus profundidades, objetos de oro y esmeraldas, como ofrendas a las divinidades, y luego sumergir su cuerpo desnudo, impregnado de oro en polvo, buscando limpieza y purificación en las aguas de la Sagrada Laguna. Esta leyenda, de “El Dorado”, lanzó a los europeos a una frenética búsqueda de apetecidos tesoros, sin que jamás consiguieran encontrarlos, ni presenciar el mítico ritual. Al día de hoy, la leyenda se preserva a través de las 50.000 piezas que componen la colección del museo, que resaltan la riqueza y el esplendor artístico de las culturas precolombinas.

Un tesoro en el centro de Bogotá

El famoso Poporo Quimbaya –recipiente para echar huyo, una planta molida, que permite activar las hojas de coca-, hecho totalmente en oro, símbolo del museo, fue la primera pieza adquirida por el Banco de la República en 1939. En 1947, se montó la primera exposición permanente en la Sala de Juntas del Banco, y en 1959, fue el sótano del edificio el que alojó parte de la colección, abriendo sus puertas al público. Sin embargo, no fue hasta 1968 cuando se erigió el edificio que alberga la colección, y su última reforma, se realizó en el 2004. En cada una de sus salas, se exhiben materiales utilizados en los procesos de minería, manufactura, y acabado, que permitieron la producción de objetos metálicos, es así como se puede explicar y entender, el uso y contexto de los metales entre las sociedades prehispánicas, como también los procesos del chamanismo y las diferentes simbologías de los objetos de metal. Cerrando el recorrido  con “broche de oro”, una reproducción a escala, de la balsa muisca, recrea la inmersión de la misma en las profundidades de la Laguna de Guatavita, obnubilando a los visitantes, con opulencia latinoamericana.

Expresiones del metal sagrado

Los elementos destinados a servir de adorno a los jefes políticos de las distintas tribus, y las artísticas creaciones para ofrendar a los dioses, se pueden contemplar en este viaje por la memoria cultural de Colombia: Colgantes con bases semicirculares que representan la cola de un jaguar; alfileres que muestran hombres enmascarados para un ritual; orejeras que recrean el vuelo de un cóndor sobre las cumbres andinas; poporos que semejan caimanes y loros, pectorales que reflejan las mejillas abultadas de unos hombres que “mambean”, ritual que consiste en mascar las hojas de coca mezcladas con cal o con ceniza,  para evitar la fatiga, y también para distraer el hambre, utilizado aún  por varias comunidades indígenas; y brazaletes que recrean el sinuoso movimiento de las serpientes, son entre otros, artefactos pertenecientes a las culturas Tumaco, Calima, Muisca, Malagana, San Agustín, Tierradentro, Nariño, Quimbaya, y Tolima.

Nuevas culturas, nuevas técnicas orfebres

Al extinguirse estas culturas, o al ser asimiladas por otras, las expresiones artísticas derivaron en nuevas, con técnicas, que como en el caso de la cultura Sinú,  se manifiestan a través de una delicada filigrana de oro, plasmada en orejeras, narigueras, aretes, collares, sobre los que descansan pájaros, jaguares y caimanes. Pectorales zoomorfos, que semejan aves y  serpientes, se destacan en una laboriosa técnica propia de los Tairona; tanto la Sinú como la Tairona, fueron culturas que se desarrollaron en la zona caribe de Colombia. Los Muiscas, por su parte, expresan su pericia orfebre a través de los tunjos, pequeñas figuras  que representan seres humanos, y animales, que eran utilizados como ofrendas en los lugares sagrados: La famosa balsa que sirve de testimonio del sagrado ritual, es la pieza más representativa de la cultura Muisca.

Vestigios arqueológicos

La Unesco, incluye entre sus Patrimonios de la Humanidad, a los asentamientos arqueológicos de San Agustín y Tierradentro. En el museo, se puede apreciar la reproducción de una tumba del parque de San Agustín, custodiada por un ídolo de piedra con fauces de jaguar, al igual que la réplica de un hipogeo, o cámara subterránea de Tierradentro, decorada con figuras geométricas en rojo y negro, a la que se accede por unas elaboradas escaleras en caracol.

Dorado reluciente, trabajo sin igual

Este museo, se adentra en fascinantes mundos sin tiempo, a través, de invaluables objetos fabricados a mano por pueblos indígenas prehispánicos, que alumbraron, con poderío y arte, las cordilleras y litorales de Colombia. Esta maravilla de la América antigua es un universo de formas, que revela con la sabiduría de sus dioses, las riquezas espirituales del país. Trabajo, estética, y habilidad, amén de inteligencia, son adjetivos que no consiguen aproximarse a la grandeza de esta “Gente Dorada”. El mundo de los “animales de las formas”, los pectorales de los guerreros,  las joyas de los caciques y princesas, la cerámica, la piedra, las ofrendas, los utensilios de hueso y concha, así como los textiles, son los componentes básicos de esta colección, considerada como la más importante del mundo en metalurgia prehispánica. Que la mayoría de los objetos expuestos sean de tamaño pequeño, se debe en gran parte, a que las grandes piezas que se encontraban usualmente en los templos, -en los de la cultura Sinú, las figuras humanas de oro, eran de tamaño natural- fueran   destruidas, abatidas, golpeadas, y saqueadas por los conquistadores.

Un competente equipo de historiadores, antropólogos, arqueólogos, arquitectos, y diseñadores, entre otros, son los responsables del majestuoso montaje de la exhibición permanente, que sólo incluye una parte del patrimonio precolombino del Banco de la República. Su trabajo no cesa, y con certeza, el museo seguirá creciendo y sacando de sus bóvedas, tesoros que aún desconocemos. En los años ochenta, fue descubierto el último asentamiento prehistórico de Colombia: El de la cultura Malagana. Sin embargo, en los inaccesibles parajes de las cordilleras de este territorio, se siguen desenterrando tumbas indígenas, que tristemente, y en su mayoría, terminan en el mercado negro.