Elegante y nostálgica Lisboa

Quien llegue a Lisboa, ya sea por placer o por negocios, no tendrá problema alguno para visitarla: es segura, su lengua tiene muchas analogías con la nuestra, la gastronomía es deliciosa, su clima es agradable y benévolo y en ella se funden pasado y presente de una forma fascinante. Asentada sobre siete colinas, ha mantenido desde siempre una íntima relación con el Tajo, el río que llega a ella para desembocar en el mar Atlántico: un estuario grande y plateado al que los portugueses llaman Mar de Palha”.

En 1755 un devastador terremoto asoló la ciudad reduciéndola a escombros. Gracias a la visión futurista del marqués de Pombal, fue reconstruida con esmero, elegancia, y geometría.

La Baixa” de Pombal

Nuestra primera parada es la terraza del Café Nicola, el que fuera una importante librería, y donde se sentaron escritores de la talla de Pessoa, o Manuel María Barbosa du Bocage. Desde su interior, observamos la gran “Plaza de Rossio” o de Pedro IV, eje social de la ciudad desde antes del terremoto. En el centro, una columna sostiene la estatua de Don Pedro IV, rey de Portugal y emperador de Brasil. Se dice que no es Don Pedro sino Maximiliano de México. Parece ser que su escultor francés Elías Roger, ávido por conseguir dinero, optó por enviar la escultura de otro emperador que ya tenía terminada. Al fin y al cabo un emperador reemplaza a otro…

Antes de continuar con nuestro recorrido recordamos, que esta plaza con su suelo de mosaicos blancos y negros es uno de los lugares míticos de la “Revolución de los Claveles”. Aquí, el 24 de abril de 1974 miles de mujeres adornaron con claveles rojos los fusiles de los soldados que devolvieron la democracia a Portugal. Contemplamos el Teatro Nacional Doña María II, de corte neoclásico, para proseguir por esta zona que representa la operación urbanística más significativa de la ciudad. Enfilamos la peatonal Rua Augusta hasta llegar al gran espacio abierto que es la “Plaza del Comercio”, presidida por el Arco Triunfal, erigido para celebrar la reconstrucción de Lisboa. En ella tuvo su sede durante 400 años el Palacio Real da Ribeira, y la corte de Don Manoel I. Aquí desembarcaban los embajadores y huéspedes reales, por ello también recibe el nombre de Terreiro do Paço.

Políticos, escritores y artistas han pasado por el café más antiguo de todos, el de Martinho da Arcada” -lleva 250 años bajo uno de los soportales de la plaza-, que guarda siempre una mesa reservada para Pessoa, y otra para Saramago.

Para disfrutar desde las alturas de la llamada “Ciudad Blanca”, nos dirigimos al elevador de Santa Justa, construido a finales del XIX por un discípulo de Eiffel. El ascensor comunica la Baixa, con el Chiado, para muchos, el barrio más elegante y con más “charme” de la metrópolis.

El Chiado” de Siza

Víctima de un terrible incendio en 1988, el Chiado se sometió a una renovación de la mano del insigne arquitecto lusitano Álvaro Siza, quien esmeradamente supo mantener la esencia de un barrio venerado por todos. Y es que Lisboa siempre renace victoriosa, bien por haber sido sometida a una transformación tras las inclemencias de la naturaleza, bien porque las vanguardias se hayan aferrado a ella en el empeño de envolverla de modernidad.

El entramado de calles nos ofrece atelliers de artistas de todo tipo, librerías, anticuarios, galerías de arte, joyerías, y muchos restaurantes. Es el corazón creativo, y el lugar perfecto para las compras. Lisboa enseña nostálgica en el “Chiado” su pasado más aristocrático. Da fe de ello el café A Brasileira”, un clásico del siglo XVIII donde tomar algún tentempié está muy bien visto. Ante las ruinas de la que fuera la Igreja do Convento do Carmo”, somos testigos de las cicatrices del terremoto de 1755. Así, las arcadas del templo están a cielo abierto, ya que el techo se derrumbó por completo; el cuerpo principal de la iglesia, y el coro, que sí resistieron la catástrofe albergan actualmente el Museo Arqueológico do Carmo.

El “Barrio Alto” de los postmodernos

La postmodernidad ha encontrado refugio en el inconformista y bullicioso Barrio Alto. Diseñadores y arquitectos fuera del circuito comercial se han empeñado en recuperarlo para generar un espacio “alternativo”. Son varios los restaurantes y bares que salpican sus calles. Tras una tarde de paseos entre cuestas empinadas y fachadas románticamente desvencijadas, optamos por cenar en PapAçorda”, una institución gastronómica sin parangón que con su decorado rinde tributo a varios santos portugueses, recordándonos que el patrón espiritual de esta ciudad es San Antonio.

Por “Alfama” en tranvía

En la parada de tranvías Da Estrela”, en el Barrio Alto, tomamos el antiguo “eléctrico 28” hacia el barrio de Alfama, un enclave de alma árabe que ha sido tradicionalmente morada de pescadores. Desde las ventanillas observamos cómo bordeamos la  Catedral o , para luego iniciar el ascenso imparable hacia el castillo de San Jorge, levantado por los musulmanes, y que cuenta con el mirador más impresionante de toda la ciudad. Las fachadas del barrio, decoradas con azulejos, parecen resguardar los secretos de una zona llena de historia. Recovecos, placitas y calles adoquinadas reciben los melancólicos acordes de los fados que se escapan del Clube do Fado”, un local donde esta música de las tristezas es la estrella; la voz de Amalia Rodrigues nos acompaña en la esquina, donde saboreamos unas exquisitas sardinas asadas.

De Belém” al mundo

Para celebrar los triunfos de Vasco da Gama en sus expediciones a Oriente, Don Manoel I erigió, en el barrio de Belém, el “Monasterio de los Jerónimos”. Patrimonio de la Humanidad, y de imponentes proporciones, destaca por su riqueza decorativa la que representa el más puro estilo “gótico manuelino”. En su interior se encuentran el “Museo de la Marina” y el “Museo Nacional de Arqueología”. Los portugueses fueron grandes navegantes, y antes de cada expedición los “buques de la aventura” soltaban amarras en la llamada Torre de Belém”. Es ella la que hoy, junto con el Monumento a los Descubridores, homenajea a unos hombres que desde aquí alcanzaron gran parte del mundo.

En este barrio se encuentra la sede de los pasteles más famosos del país: Pasteis do Belém”, que preparados con una receta secreta, son todo un fenómeno de masas.

Una capital moderna

El Parque de las Naciones, construido para la Exposición Universal de 1998, marcó la etapa en la que Lisboa decidió dejar sus saudades a un lado, para mirar al futuro. Desde entonces, han surgido varios focos de urbanismo marcados por la arquitectura de autor: Jean Nouvel, Norman Foster, Renzo Piano o Frank O. Ghery han participado o lo harán en un ambicioso plan que está dando una nueva cara a Lisboa. Si la crisis lo permite, el proyecto se extenderá hasta el año 2025.

Más información: www.visitportugal.com y www.altum.es