Desde las Filipinas hasta el oriente mexicano, y de los Países Bajos hasta el estrecho de Magallanes, regía el poder de la Casa de Austria, uno de los imperios más poderosos del mundo: aquel en donde “Nunca se ponía el sol”. Fue la dinastía de los Habsburgo, la que por Real Decreto de Felipe II, convirtió a Madrid en capital permanente del Reino. El que fuera un asentamiento árabe llamado Magerit, sirvió como cimiento para levantar unos edificios, que bordeando la antigua muralla, perfilaron el concepto de ciudad. Fue así como el moro Magerit, derivó en un castizo Madrid. Por las calles de este primer barrio, el Madrid de los Austrias, tabernas y bares, acogen a turistas y a “gatos” –madrileños de cuatro generaciones-, para “tapear” al calor de unos “chatos” –vasos bajos y anchos- de vino. Varios e importantes monumentos barrocos y renacentistas, absolutos emblemas de la villa, sirven como telón de fondo.
“La Casa de la Carnicería” y “La Casa del Pan”
La sencilla plaza de mercado de arrabal, fue reorganizada para gloria y gozo de Madrid. En este nuevo mercado, se erigieron la “Casa de la Panadería”, sobre la antigua tahona de la villa, y la “Casa de la Carnicería”, en lo que fuera el depósito general de carnes. En el centro, se ubicaron tenderos de frutas y verduras. Fue así como nació la actual Plaza Mayor. Con el tiempo, sobre sus puertas se pusieron arcos, y para evitar que se quemara con los incendios, la mayoría de la madera fue reemplazada por piedra. La Plaza Mayor ha sido testigo de corridas de toros, obras de teatro y mercadillos, que antaño exigían pintarla cada vez que se celebraba un festejo. En los años 90, durante una limpieza, tras haber encontrado sucesivas capas de pintura, varios artistas fueron convocados para pintar la Casa del Pan, con motivos que aludieran al lugar original. Hoy en día, desde cualquiera de sus pórticos, se puede acceder a las diferentes calles que componen la historia más antigua de Madrid.
Dos Cavas: una Baja y la otra Alta
Por el pórtico que conduce a la calle Atocha, se llega a la Plaza de la Provincia, precedida por el Palacio de Santa Cruz, actual Ministerio de Asuntos Exteriores. Contiene todos los patrones de los Austrias: Rectángulos, torres cubiertas de pizarra, chapiteles… El barrio preferido de la nobleza era el de Santiago, y por la calle de su mismo nombre se accede a la Plaza de Ramales, cuya parroquia, en la que reposaba el cuerpo de Velázquez, fue derruida en época de José Bonaparte, desapareciendo con ella los restos del pintor.
Las medievales Cava Alta y Cava Baja, son afamadas y vigorosas calles. La Baja, antiguo foso de agua que defendía la muralla, permitió construir casas y posadas, que recostadas sobre la gran pared, la cubrieron casi por completo. El Granero Municipal y el Peso de la Harina, en la misma calle, recibían comerciantes que se alojaban en las clásicas posadas. Hoy, se apiñan en ella, folclóricos mesones y típicas tascas, a las que se accede desde el conocido Arco de Cuchilleros. Ambas Cavas son insignes templos del “tapeo” en cualquier visita a los madriles.
De lo real y lo divino
En el Palacio Real ya no habita la realeza; se usa para eventos de Estado y para la presentación de credenciales diplomáticas. Su museo, es una “real” visita al interior de la vida monárquica. Construido en el XIX, se erige sobre lo que fuera una antigua fortaleza árabe o alcázar, y su Plaza de Oriente, quizá una de las más señoriales de Madrid, es el punto de encuentro de muchos madrileños, que se dejan tentar por el mítico “Café de Oriente”, lugar de solera y tradición, en cuyo salón Aljibe, el suelo de cristal permite observar la antigua muralla. Jardines con estatuas de antiguos reyes, seducen a paseantes que desconocen que en La Casa del Tesoro, en el número 3 de la plaza, Diego de Silva y Velázquez pintara “Las Meninas”. El Teatro Real, también en la plaza, es la embajada operática de la Villa y Corte, sus visitas guiadas son muy solicitadas, y su restaurante, es el refugio gastronómico de los amantes de la música. En una capital sin catedral, el Monasterio de la Encarnación, fue durante muchos años, el que ocupara la sede del Obispado. La actual Catedral de la Almudena, contigua al Palacio Real, fue inaugurada por Juan Pablo II en 1993, tras más de cien años de interrupciones en su construcción. Antes de cruzar el viaducto, ahora protegido con cristales para evitar la tentación de los suicidas, se divisa el gran Parque del Oeste, otrora escenario de cacerías reales.
Un vecindario para todos
San Ginés tiene aquí iglesia, y también una famosa chocolatería donde cada 1 de enero, ante sus puertas, se enfilan cientos de clientes para desayunar los ya consagrados churros con chocolate. San Isidro, el patrono de la ciudad, tiene su capilla, desde donde, dicen, sigue haciendo milagros. El Don Juan de los bandoleros, Luis Candelas, encontró aquí las cuevas para esconderse de sus fechorías. Las Reales Descalzas lucen su monasterio, y los italianos conservan la iglesia de San Nicolás, la más antigua de la ciudad. San Miguel recibe fieles en el templo más barroco, y San Andrés hace lo mismo en su parroquia, mientras leyendas, celos y codicia, son protagonistas en los palacios de la zona. Las hermanas Carboneras, orgullosas, son testigos desde su convento, de un brillo legendario.
Al encuentro de vinos y tapas
Ir de vinos, ir de tapas, ir de cañas… da igual; es la disculpa que se utiliza en Madrid para ver a los amigos. En el interior del barrio de los Austrias, lo social y lo gastronómico, andan juntos, así como “gatos” y “chatos” son indivisibles. Plazas, callejuelas, esquinas, recodos muy castizos, albergan una cantidad, casi indecente, de bares, mesones, tascas, cervecerías, o tabernas. No en vano, Madrid posee la mayor cantidad de bares por número de habitantes en el mundo; por momentos parecería que en Madrid, es más efectivo abrir bares que construir torres… Dejarse caer por la Plaza del Humilladero, la Plaza de la Cebada, la Plaza de la Paja o la calle del Almendro, garantiza deliciosos pintxos, canapés, platos elaborados con tradicionales recetas familiares, especialidades regionales, y por supuesto, los mejores vinos.