Pernambuco: El amanecer de Brasil

Son diez las letras que conforman la palabra Pernambuco y ninguna de ellas se repite. De origen indígena, significa “donde el agua penetra en la piedra” debido a que su costa está protegida por la segunda barrera coralina más larga del mundo después de la australiana. En ella, al bajar la marea, quedan al descubierto miles de agujeros rocosos llenos de aguas turquesas y peces multicolor: las “piscinas naturales”.

En este estado tuvo su inicio gran parte de la historia brasileña. Aquí la sangre negra de los esclavos ha penetrado hasta las raíces más íntimas de la sociedad, fundiéndose con la amplia herencia indígena y los aportes de los blancos europeos de una manera que exalta cualquier principio de eso que el sociólogo pernambucano Gilberto Freyre llamara “A brasilidade”: una especie de genoma presente en una sociedad orgullosa como pocas de lo que es suyo, creativa y diversa.

El motor económico de esta zona del país ha sido tradicionalmente el azúcar, aunque en las últimas épocas la investigación científica ha convertido la región en uno de los polos médicos más relevantes de Brasil, además de la industria turística –en gran parte la de congresos e incentivos-, va alcanzando las cuotas de crecimiento estimadas por las autoridades competentes.

Recife: la “Venecia de Brasil”

Esta capital, fue fundada por los holandeses en 1537 y es la más antigua del país. Erigida sobre la desembocadura de dos ríos, la capital de Pernambuco es llamada la “Venecia Brasileña”. Son cincuenta los puentes que unen el entramado de canales e islas que dibujan su croquis, por lo que lo más indicado para poner forma a esta ciudad tan codiciada en tiempos pasados, es realizar un crucero en barco por el río Capibaribe para apreciar desde el agua las diferentes zonas de la ciudad y disfrutar del valor arquitectónico de sus edificios.

El llamado Recife Antiguo es Patrimonio de la Humanidad y abriga el arte y la belleza típicas de la era colonial, que en Brasil se extendió desde su descubrimiento en 1500 hasta su independencia en 1822.

En él destacan la primera sinagoga de las Américas ubicada en la Rua de Bom Jesus antigua Rua dos Judeus, construida por los holandeses a su llegada al país. Las iglesias barrocas portuguesas con su gran patrimonio de arte religioso no dejan indiferente a nadie. De especial relevancia es la llamada Capela Dourada en el Convento de Santo Antonio con los techos y paredes decoradas con imágenes santas y profanas enmarcadas en tallas de polisandro o cedro dorado. La Torre Malakoff, por su parte, es un antiguo observatorio convertido actualmente en centro de exposiciones, y el antiguo edificio de la aduana, se ha transformado en un concurrido centro comercial llamado Paço Alfandega. No puede faltar una visita a la Plaza de la República con los palacios de justicia y gobierno, y con el mítico Teatro Santa Isabel.

La parte moderna de la ciudad discurre a lo largo de los 7 kilómetros de longitud de la playa de Boa Viagem, todo un balneario urbano inmensamente atractivo.

Pasear por Recife es confirmar que el estilo europeo imperante en la mayoría de las construcciones antiguas se supo adaptar al húmedo calor tropical. Las grandes “casonas” tienen como principal característica unos pronunciados balcones que sobresalen sobre los pisos inferiores y la tradición portuguesa de revestir las fachadas con azulejos es algo a lo que los brasileños no han renunciado. De hecho, existen en la actualidad varias fábricas locales dedicadas a este negocio.

Dos hermanos, un apellido artístico

El trabajo y los grandes aportes hechos a la cultura y el arte nacional por el vanguardista ceramista de Recife, Francisco Brennand, así lo demuestran: en los jardines de la llamada “Oficina Brennand”, se exponen varias de las esculturas del artista. Y en las que fueran las instalaciones de un antiguo ingenio de caña se congrega gran parte de su obra. En este museo es posible observar el trabajo de muchos artesanos dedicados a la elaboración de exclusivos baldosines muy apetecidos en todo el país por su calidad y un diseño típicamente brasileño resultado de esa “fusión cultural” que tanto gusta en estas tierras.

La inmensa colección de arte de la familia Brennard se expone en un museo en las afueras de la ciudad en el que Ricardo Brennard -hermano de Francisco-, ha conseguido crear un espacio de renombre mundial. Esculturas de grandes maestros como Rodin o Botero adornan unos artísticos jardines. Cuadros de la época del dominio holandés junto a ejemplares contemporáneos del país de la samba, un rico acervo de arte religioso, muebles y tapices y una riquísima colección de armas de los siglos XV y XVIII se exhiben en el “Instituto Brennand”, el más visitado del norte del país.

Olinda: hija mayor de Holanda y Portugal

Pintores, escultores o artesanos de la era hippy han caído rendidos a los pies ante la belleza de Olinda, una de las ciudades históricas de Brasil, que enclavada en un majestuoso escenario tropical, quita el sueño a muchos y es Patrimonio de la Humanidad desde 1982.

Son sólo veinte kilómetros los que la separan de la gran Recife y su carácter no puede ser más estimulante y creativo. De fisonomía barroca, la multitud de iglesias y capillas erigidas por comunidades religiosas provenientes de Portugal, se encargan de marcar la imponencia de una villa que, gracias a los 24 años que duró la colonización holandesa en estas tierras, mantiene aún en su croquis cierto efluvio neerlandés.

Una sucesión de calles empedradas invitan a recorrerla. Descubrir conventos, arte sacro brasileño o los techos de los holandeses construidos en tres capas de tejas de barro para facilitar el discurrir de la nieve en unos trópicos que solamente entienden de sol y de calor, son algunas de las insignias coloniales que acompañan al visitante en el ascenso desde la Praça do Carmo hasta el Alto da Sé.

A lo largo de la Rua de Amparo, los vestigios de una Holanda tropical se funden con el poderío del imperio portugués. El color salpica todas las fachadas con la fuerza del pueblo brasileño y los sonidos de ritmos africanos fundidos con la influencia blanca de la tradición festiva del carnaval, imponen a cada paso la esencia de Olinda: histórica, artística y mestiza.

Al legar al Alto da Sé la plaza de la Catedral aflora majestuosamente. En ella se congregan los cantantes de poemas y ritmos del interior de Pernambuco, quienes a golpe de guitarra ofrecen sus nostálgicas serenatas en un escenario regado de  platanales y palmeras que mira al Atlántico sobre los campanarios y las emblemáticas torres de los templos del catolicismo.

La costa de los esclavos

Alguna vez la playa que hoy en día se llama Puerto Gallinas, y que ha sido escogida en nueve ocasiones como la más bonita del país, tuvo el nombre de Puerto Rico. La remota aldea que recibía continuamente barcos atestados de esclavos requeridos para el cultivo de la caña de azúcar, cambió su nombre por el topónimo actual. La razón fue sencilla: gran parte de estas almas explotadas venían hacinadas en las bodegas de los navíos entre jaulas de gallinas.

Desde hace algunos años se ha convertido en uno de los lugares favoritos de los viajeros que optan por llegar hasta el nordeste brasileño, y está ubicada a 60 kilómetros al sur de Recife. Dividida en distintos sectores que reciben varios nombres –Camboa, Muro Alto, Cupe, Porto do Galinhas y Maracaipe-, la extensión de este litoral repleto de cocoteros es de 35 kilómetros  de punta a punta. La mejor manera para moverse entre ellos son los buggies, esos vehículos de chasis ligero y carrocería sin techo, especiales para terrenos discontinuos y de arena, que los brasileños fabrican desde hace años con mucho éxito. En el exclusivo sector de Muro Alto se agrupan la gran mayoría de hoteles y pousadas, quizá porque aquí el fenómeno de las piscinas naturales emerge durante la bajamar con todo su esplendor. Más popular, pero no por ello menos espectacular, es la propia de Puerto Gallinas. En ella se aúnan decenas de pequeñas tablas a vela llamadas jangadas dispuestas a acercar a los visitantes hasta la barrera coralina. El mismo “jangadeiro” se encarga de suministrar al viajero el pienso suficiente para que la experiencia de sumergirse en las “piscinas naturais”  y dar de comer en la mano a los peces, sea “muito gostosa”.

El río Maracaipe desemboca al final de la playa de su mismo nombre formando un pequeño estuario de prístinas y tranquilas aguas en las que varios jangadeiros locales ofrecen al visitante un paseo hasta la cercana zona de manglares para enseñar la variedad de flora y fauna. Siempre consiguen algún cangrejo entre el barro y se zambullen para extraer en un frasco alguna pareja de caballitos de mar que son devueltos al mar tras su contemplación.

Es en el inicio de esta misma playa donde los aficionados al surf encuentran su lugar porque las inmensas olas no defraudan a los amantes de la tabla en ninguna época del año.

“Ruta de los Ingenios”: un dulce recorrido

Con el paso del tiempo los ingenios de azúcar se han ido modernizando y convertido en prósperas industrias. Desde los tiempos del llamado “ciclo del azúcar”, el cultivo de la caña juega un papel preponderante en el desarrollo  pernambucano, aunque el romanticismo propio de la vida de grandes haciendas azucareras es algo ya pretérito que solamente la literatura clásica brasileña consigue recrear. Existe sin embargo un recorrido llamado la “Ruta de los Ingenios”. Un trazado diseñado por Empetur, la máxima autoridad de turismo de la región, que discurre por varias casonas nobles de algunas de las emblemáticas haciendas azucareras y que incluye los históricos ingenios de Gaipó, Massangana, Crauassu, Trapiche y Tabatinga.

De la mano del proceso azucarero, la industria de la cachaça -el aguardiente de caña brasileño-, ha jugado un papel importante en Pernambuco. En algunos casos su proceso sigue siendo completamente artesanal y resulta muy interesante acercarse hasta la población de Nossa Senhora de Ó para conocer el “Ingenio Canoas”, cuya historia comenzó hace más de trescientos años y sus herederos, de ancestros portugueses, continúan con la trayectoria familiar. Bajo la marca “Cachaça da Serra”, esta propiedad consigue   -gracias a la maquinaria inglesa originaria del s.XVIII-, colocar anualmente 2000 litros de cachaça blanca y de  cachaça dorada en el mercado. Está última, envejecida durante dos años en barriles de roble.

El ingenio es además el mayor proveedor de “miel de caña” de restaurantes y hoteles de la zona, quienes la emplean en la repostería local.

Donde surgió la fuerza de Brasil

Decimos adiós a Pernambuco en el aeropuerto internacional “Guararapes Gilberto Freyre” habiendo comprobado que gran parte de la fuerza y la pujanza que caracteriza al pueblo brasileño se originó en estas tierras nororientales; por ellas entraron los conquistadores y los esclavos y fue en su suelo donde se fundieron diversas razas. Desde aquí se trazaron las principales rutas comerciales con la vieja Europa… probablemente por ello Pernambuco jamás ha cesado en su afán de progreso.

Tras el despegue de nuestro avión observamos la innumerable cantidad de rascacielos, símbolos de la modernidad y el desarrollo de una ciudad que hace parte de las doce sedes de Brasil 2014, el próximo Campeonato Mundial de Fútbol.