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Malta: Fascinante archipiélago mediterráneo, diminuta nación

En el vuelo a La Valleta, pregunté a mis hijas qué sabían de Malta. Aparte de haber sido una isla que fue colonia británica, que es miembro de la Unión Europea y que todos los años concursa en el Festival de Eurovisión, su conocimiento de esta nación, como el de casi todos, era más bien prudente. Así empezaba la aventura por este rincón mediterráneo.

Una antigua postal como escenario

La primera impresión es la de estar ante un tesoro. Ningún lugar del planeta reúne en un espacio tan pequeño tal cantidad de patrimonios de la humanidad. La intensa luz y el agradable clima nos acompañaron en el primer contacto con Valleta. Salpicada de iglesias y palacios, de calles empinadas adornadas por coloridos balcones, y grandiosas explanadas que miran al mar, la capital orgullosa, expone su dorada piedra cual exponente fiel de múltiples invasiones a lo largo de la historia, dominándolo todo. Fenicios, cartagineses, romanos, bizantinos, árabes, normandos, catalanes-aragoneses, caballeros de San Juan, franceses y por último británicos han desfilado por aquí. Desde hace más de 500 años las formas de sus invaluables encantos están casi intactas y los rayos del sol se reflejan en sus edificios, regando de ocres un horizonte de vieja postal.

Al entrar a la que puede ser una de las iglesias católicas más impactantes, la Catedral de San Juan, nos quedamos sin palabras. Su altar en lapislázuli y un Caravaggio del siglo XVII que recrea la ejecución del apóstol, son sólo algunos de los elementos que resaltan en un recinto cuyo suelo lo componen 364 lápidas, cada una de las cuales reproduce un diseño diferente confeccionado con mármoles de distintos colores. Estupefactos, continuamos hacia el Palacio del Gran Maestre -máximo grado de la Orden de Malta- en donde el arte florece en todo su esplendor. Cuadros, frisos, armaduras y un patio  de naranjos florecidos ofrecieron su magia en una visita con perfume de azahar.

El mítico Café Cordina sirvió de refugio para un modesto aperitivo con pastizzi, típicas pastas de hojaldre rellenas de ricotta. Entre pintorescos personajes y elegantes aires de otras épocas retomamos fuerzas para dirigirnos al Teatro Manoel, y presenciar un emocionante concierto de música de cámara. Sorprendidos nos preguntamos por qué nadie habla de esta isla… La tarde discurrió entre compras por Republic Street y caminatas por misteriosas callejuelas. Un paseo en un carruaje de caballos adornado con telas escocesas, evocaba un pasado británico. Nos apeamos en los jardines Barraca, donde las vistas al mar, son soberbias. Aquí diariamente se dispara un tremendo cañonazo, que al medio día, estremece la ciudad. Desde una típica taberna, el telón de fondo para despedir el sol, era el de las “Tres Ciudades”: Victoriosa, Senglea y Conspicua, núcleo primigenio del país. Con un vino maltés, brindábamos por el paraíso.

Mdina la “Ciudad del Silencio”, y antigua capital

Madrugamos para acudir a la cita con Duncan. Maltés y fotógrafo de viajes, había preparado un recorrido inédito para nosotros. Bordeamos la costa entre acantilados bestiales y fortalezas sorprendentes. Capillas rurales, oratorios en medio del labrado campo, y varios santuarios fueron protagonistas de una ruta que nos desveló situaciones fotográficas perfectas, lugares desconocidos o tascas donde degustar delicias locales como el fenek, plato nacional a base de conejo, o los gbejniets y los hobz biz-zejt, pequeñitos quesos de cabra y pimienta con surtido de panecillos locales, verdaderas exquisiteces.

En Mosta, contemplamos una especie de milagro maltés, su iglesia exhibe la bomba arrojada sobre la cúpula en la segunda guerra durante la misa, aquella que nunca explotara. Incrédulos, avanzamos por St Thomas Bay hasta el pintoresco pueblo de pescadores de Marsaskala. Caminando por su passegiatta admiramos sus famosos luzzuz, o barcas de colores con el ojo de Osiris pintado en sus proas como talismán.

Cuando en Rabat finalizamos la visita a las catacumbas de San Pablo con su decoración fenicia original, y ya creíamos poner fin a tanta belleza, Mdina nos sometió a un viaje al pasado desde el momento en que cruzamos su puente de piedra. Innumerables palacios barrocos de grandes portones -aún habitados por nobles familias- discurren por estrechas callecitas alternando encanto con los balcones florecidos de las plazoletas. Ejemplo de la grandeza de otros tiempos es el Palazzo Falzon con su colección de muebles, cuadros y mayólicas. La catedral de San Pablo fue nuestra última parada en esta “Ciudad del Silencio” y de murallas árabes. Decidimos regresar en autobús. De andar lento y pintado de alegres colores, la antigua carrocería recuerda a los viejos autobuses de algunas ciudades suramericanas. El recorrido por las bulliciosas y agitadas calles puso la nota folclórica.

En jeep por la isla de Gozo

Una travesía en ferry nos condujo a Gozo, donde un jeep de alquiler nos permitió una aventura sin igual. Pueblos con monumentales iglesias, un campo cultivado de colores y un mar turquesa como pocos, engalanan la segunda isla del país. La llamada “Ventana Azul”, una formación rocosa en el mar de inusitada belleza, nos deja a todos sin aliento. Calas de finas playas nos invitaron a un chapuzón en aguas del lugar donde Ulises descansó siete años al regreso de su periplo hacia Itaca. Regresamos a Valleta en una goleta bergantín de origen turco, cual osados navegantes.

Una isla de película”

Directores y productores de cine han escogido innumerables veces este archipiélago para recrear sus historias, gracias a los impresionantes escenarios naturales, difíciles de encontrar en otro lugar. Tal es el caso de “Furia de Titanes”, “Gladiator”, “Expreso de Medianoche”, “Los Cañones de Navarone”, o la última obra del gran Amenábar: “Ágora”. Conseguimos acercarnos a visitar el decorado construido para la película Popeye (1980), con el actor Robin Williams.

Malta gana adeptos cada día por su grandiosidad, y el visitante suele regresar, pleno y embargado por el deseo de contactar con lo desconocido.