Azul intenso, azul de Assilah

Un bello laberinto de callejuelas con edificaciones pintadas de un centellante blanco y un profundo azúl árabe, conforman la medina de Assilah, la mejor cuidada de Marruecos.

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Estaba callado y fuera de escena porque me he tomado unos días de descanso en el Reino Alauita, y aunque creía que no lo lograría, he podido estar desconectado, eso quiere decir sin acceso a internet, sin móvil (pensaba que eso era ya imposible), sin agendas, sin citas, y sin ninguna otra obligación que la de intentar ser un visitante responsable: respetuoso con la cultura y tradiciones musulmanas, usando el agua y la energía con mesura, o disfrutando de la naturaleza procurando en lo posible no herirla.

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Me he reencontrado con un país que he visitado en varias ocasiones, pero al que nunca había viajado en verano. Quizás la temporada estival con sus increíbles playas atlánticas, que este año ha coincidido con el Ramadán (jamás había estado en ningún país árabe durante el “mes del ayuno”), me permitieron verlo desde una perspectiva fascinante. No estoy seguro qué ha habido tan especial, o qué es lo que me ha capturado. Posiblemente haya sido la luz de Assilah, su belleza, y ese espíritu bohemio embadurnado con eso que ahora llamamos con cierto esnobismo: “Hippy-Chic”.

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Tan sólo 40 kilómetros al sur de Tánger se encuentra Assilah: la púnica, la mauritana, la romana, la que los cartagineses llamaron Zilis, y la que ahora es un destino turístico irresistible. El interior de su Medina, la mejor conservada de todo el país, es un escenario que ronda la perfección, y que cuenta con tres puertas de acceso: Bab el Bhar, o la del mar; Bab el Homar, o la de la tierra; y Bab Kasbah, o la principal.

Sus claros visos andalusíes, sus casas encaladas, y esos zócalos y puertas árabes pintados de un azul que los románticos denominan añil, contribuyen a que Assilah infunda tranquilidad y sosiego. Al descubrir con prudencia que tras las simples fachadas de las casas se esconden encantadoras viviendas, riads de cierta imponencia, palacetes sencillos y fascinantes espacios moriscos, es cuando el alma de la ciudad parece emerger con la sutilidad de una princesa de Las Mil y una Noches; y aunque ciertamente esto sucede en todas las ciudades del vecino país, en Assilah es diferente, hay una magia especial que embruja a cualquiera… No me extraña que tantos europeos hayan encontrado refugio dentro de este espacio circundado por esas impresionantes murallas que levantaron los portugueses en el siglo XV.

En las mañanas sus pobladores no dan señales de vida; el paseo que doy en solitario, parece confirmar que aquí nadie madruga.

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Disfruto sosegadamente de un recorrido por sus calles empedradas “deslumbrado” por la blanca cal de las fachadas; tan sólo algunos gatos trasnochados que pasan a mi lado sin chilaba son los únicos transeúntes. Cada puerta, cada ventana, cada balcón es un mundo de color, de formas, de arte. Es una ciudad en la que las pinturas de artistas locales están al aire libre sobre lienzos fantásticos que no son otros que las paredes de Assilah. Cada mes de agosto se celebra el llamado “Moussem Cultural”, un festival que reúne a numerosas personalidades marroquíes y extranjeras en torno a recitales, conferencias y exposiciones de arte, o murales callejeros que invaden la Medina.

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Cada tarde la puesta de sol convoca a los ciudadanos sobre el famoso “espigón”, ese baluarte que desprendiéndose de las murallas parece prolongarse sobre el horizonte atlántico en un intento de acariciar al astro rey. Y ahí acudo, a disfrutar con la gente local de los atardeceres africanos, de las sonrisas de los niños, de las miradas brillantes de los ancianos que ven con resignación como pasa otro día más, otro menos que vivir. Me siento junto a unos jóvenes que en su mejor español me cuentan que viven en Bélgica, no superan los 26 ó 28 años, y aquí en su tierra natal son felices cada verano a pesar de ser cada año más europeos… En mi calidad de inmigrante se me hace un nudo en el alma. Los entiendo de una forma que ellos no imaginan, sé de lo que me hablan, a esa edad me ocurría lo mismo. Pienso en lo mucho que les falta por sentir, por vivir, por contrastar… En último termino, por asumir.

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Las noches veraniegas son la alegría de todos. En los alrededores de la plaza Sidi Abdellah Guennoun proliferan varios comercios y puestos de artesanos, aunque muchos menos que en cualquier otra medina marroquí: alfombras, mesas con mosaicos en piedra, cerámica, lámparas, telas bordadas, babuchas, caftanes y chilabas, o puestos de mujeres que decoran manos y pies de las turistas con la tradicional henna, son frecuentes en esta parte. En esta plaza se encuentra la que fuera iglesia portuguesa convertida hoy en la Mezquita de Lalla Saida con su omnipresente Torre el-Kamra.

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Arcila, en castellano o Assilah en francés eso no importa, es la ciudad del azul intenso… La limpia, la pura y sencilla, y ese precisamente es su mayor encanto. Sus alrededores tampoco defraudan y las amplias playas, algunas de ellas salvajes, serán tema de una próxima entrada.
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12 comentarios sobre “Azul intenso, azul de Assilah”

  1. Una belleza.
    Una vez más he viajado a través de tus palabras e imágenes.
    Has despertado en mi, el deseo de visitar la bella ciudad de Assilah

  2. Me siento ciego. Nunca consigo ver las cosas de la forma que las veis vosotros. Sois unos privilegiados y yo tendré que ir a una clínica de los ojos, a ver si me los cambian….

  3. Que lindo lugar Hernando!! Marrocos ainda será nosso destino.
    Vc já conhece o museu de INHOTIM em Minas? É imperdível! Não perde para nenhum museu no mundo.
    Abraço!

  4. Amigo Guilherme, que alegria ver você aqui. Tenho observado o muwseo eu digo que com certeza, será agendada na próxima viagem ao Brasil. Um grande abraço

  5. Estuve hace mucho tiempo en Assilah, y guardo un buen recuerdo. Me ha gustado mucho esta entrada, me gustaría volver ahora que vuelvo a saber de este pueblo. Últimamente he visto varias cosas publicadas sobre Assilah, parece que vuelve a estar de moda. Un abrazo.

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