Asentada entre Europa y Asia, Estambul conecta el mar Negro y el de Mármara. Es justo el tráfico marítimo que discurre a lo largo de los 30 kilómetros del estrecho del Bósforo, el que turcos y turistas miran alelados desde las terrazas y jardines orientados a sus aguas.

“Hagan sus apuestas” sobre cual de todas las mezquitas se convertirá en preferida. Opciones a pares, pero dos son las candidatas que parten con ventaja: la Mezquita Azul y Santa Sofía; una frente a la otra.


La Mezquita Azul es la más grande, y posiblemente la más visitada. A su innegable belleza hay que añadir la adoración que sienten por ella los objetivos de los fotógrafos que embellecen, aún más si cabe, la realidad. Diez años se tardó en acabar la construcción… Está ubicada en el centro de la ciudad y junto a un hipódromo romano del que hoy quedan restos.
La Mezquita Azul debe su nombre al color de los mosaicos que decoran las cúpulas y a la luz que se filtra por los ventanales. Se distingue de las demás por ser la única que tiene 6 minaretes y está decorada con más de 20.000 azulejos hechos en los talleres de palacio y con inabarcables lámparas suspendidas del techo.

Santa Sofía fue utilizada como iglesia durante un milenio, después como mezquita y finalmente se convirtió en museo. La mandó construir Justiniano en el año 532 d.c. y se edificó en sólo 5 años. La sobriedad exterior da paso a un lujoso interior de culturas solapadas
El Palacio Topkapi , las Cisternas de Yerabatan , el Bazar de las especias , el Gran Bazar y algunos de los hamamis con mayor historia distan a menos de 800 metros de estos obligados lugares.



Probar delicias culinarias como kebabs -que nada tienen que ver con los que se sirven en Europa-, los llamados dondurma o helados con texturas que permiten hacer “malabares” y juegos a los vendedores; dulces con mucha miel y frutos secos, berenjenas y cordero acompañados de ese yogur líquido salado conocido como ayran y sobre todo caminar hasta prácticamente caer agotados son pasos casi obligatorios antes de dar con nuestros huesos en un Haman.
Un lujo para la piel y los sentidos
Muy característicos en la cultura árabe, son los hamamis y en esta ciudad llegó a haber más de ciento cincuenta. El de Cagaloglu fue construido en 1741 y por él han pasado artistas como Omar Sharif, Tony Curtis o Cameron Diaz además del gran bailarín Nureyev y la modelo Kate Moss.
Hombres y mujeres reciben sus tratamientos por separado una vez que salen de los vestuarios ubicados en el mismo hall pero en plantas diferentes.

Envueltos en el “pestemal” de cuadros (una ligera toalla), sobre el que después nos tumbaremos en el mármol y calzados con los “takunya”, una especie de zuecos con suela de madera, comienza el recorrido hasta el “hararet”o habitación caliente. El propósito es sudar, abrir los poros de la piel antes de alternar el agua fría y caliente que emana de los lavabos de mármol o “kurna” utilizando unos recipientes de cobre.
Este primer paso dura unos 15 minutos, algo más duran el baño de espuma, el peeling y el masaje que la “natir” o masajista realiza sobre el “gobek tasi”, una espléndida base de mármol.
Vestidas en una especie de traje de baño de comienzos del siglo pasado las masajistas, pese a no hablar inglés, se hacen entender y terminan su trabajo lavando la cabeza al cliente e incluso trenzándole el pelo. Pasada una hora creeremos flotar en el aire…
Alojamiento
Es imposible no encontrar donde pasar la noche en Estambul. Los hoteles, de todas las estrellas, están puerta con puerta. La cadena Sirkeci tiene 5 establecimientos en la zona de Sultanamet, la más céntrica. Es habitual ofrecer descuentos en las tarifas si se paga en metálico y transporte gratuito al aeropuerto si se pasan más de 3 noches en ellos.
Que precioso lugar y que forma tan cercana de traérnoslo. Un abrazo!!
bonita pincelada, pero Estambul son Dos continentes en una ciudad. Inabarcables en una sola visita.