La pagoda de Monsieur Morin

Una pagoda emplazada en pleno corazón del distrito 7 parisino evoca la memoria de uno de los períodos más esplendorosos de la capital francesa. El Salón Japonés acoge entre tapices con escenas de guerra una de las salas de culto para los cinéfilos del mundo.

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Fotografías: Jean François Chaput

El desenfreno y la liviandad, la sofisticación y la decadencia conjugaron a la perfección en el París de finales del XIX y principios del XX. Las crónicas sociales del conservador Le Figaro lo atestiguaron y Marcel Proust lo inmortalizó en un monumento de dos mil y pico de páginas, que tituló, como si fuera poco, A la busca del tiempo perdido: un viaje a lo más profundo del corazón del que probablemente sea el barrio más “snob” de la historia de la literatura universal: el Faubourg Saint Germain.

Con esta trasescena imaginen una recepción en una pagoda japonesa. Los invitados llegan sobre el filo de la tarde trajeados con kimonos, sombrillas y ropas bordadas en finas sedas orientales. Los recibe una majestuosa puerta con exquisitos vitrales, vigilada por dos leones de piedra recostados a cada lado sobre una esfera. Corre el año 1896.

Nos encontramos en el actual 57 Bis de la rue de Babylone, epicentro del distrito 7 parisino, a escasos pasos de los Inválidos y del exclusivo Bon Marché (1852), acaso una de las primeras y más fastuosas tiendas por departamento del mundo, a la que Zola llegó a etiquetar como: “Una creación sorprendente”.

Para que se hagan una idea, sus empleados tenían por norma usar sombrero de copa alta para entrar y salir del edificio de la rue de Sèvres. Años más tarde abrirían sus puertas las Galerías La Fayette (1874), Macy´s (1862) en Nueva York o Selfridges (1909) en Londres, pero eso ya es otra historia.

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Tanto el Bon Marché como La Pagode sobreviven en el París actual. El primero conserva su estructura metálica diseñada por Gustave Eiffel y con algo de suerte el lector de estas líneas podrá toparse, en su exquisito súper mercado, con Carlota de Mónaco empujando con desdén el carrito de las compras.

La Pagode, por el contrario, ha cambiado su razón de ser. En el gran Salón Japonés, donde alguna vez se desparramaron cantidades ingentes del mejor champán, hoy se halla una sala de cine con capacidad para 212 espectadores. Mantiene, no obstante, sus maravillosos jardines, donde es posible tomarse un café o encontrar algo de reposo.

Los tapices y el embajador

La historia es más o menos la siguiente. François-Emile Morin, uno de los administradores del Bon Marché, que precisamente celebra 160 años por estos días con grandes fotografías de Catherine Deneuve decorando sus vitrinas, decidió en 1895 regalarle a su esposa, como prueba de su desabrochado amor, una auténtica pagoda para organizar fiestas y recepciones.

El acaudalado comerciante tomó como modelo el templo budista de Tosho-gu, patrimonio de la humanidad y que se encuentra en Nikko, 140 kilómetros al norte de Tokio. Los materiales para la nueva construcción, que se levantaría en los terrenos contiguos al palacete de Morin, fueron importados en vapor desde Japón.

Al mando de las obras estuvo el reputado y ecléctico arquitecto Alexandre Marcel, el mismo que se encargó del Petit Palais y de otras construcciones para la Exposición Universal de 1898.

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No sobra recordar que las misiones coloniales francesas estaban entonces en apogeo. Japón abrió su comercio y las excursiones militares y comerciales galas arrastraron ecos de la cultura nipona. Los artistas se sirvieron de ello para aceitar la inspiración. También la aristocracia parisina, que dio una pincelada más a su ligereza y envolvió el glamour en formas exóticas y desconocidas.

Pues bien, cuenta la leyenda que la esposa de Monsieur Morin terminó en brazos de uno de sus socios durante una de las primeras recepciones en la Pagode (no está claro si fue precisamente la noche de inauguración). El matrimonio duró un año y la mujer, de nombre Amandine y actriz de profesión, soltó las amarras y se marcho a América con su nuevo acompañante, un tal Monsieur Plassard. Morin, herido de amor, no tuvo más remedio que vender el inmueble, que funcionó como salón de baile hasta 1928.

El embajador chino en París tuvo todas las intenciones de alquilar la Pagode para su delegación en 1931. Declinó la opción, sin embargo, tras constatar que los grabados que adornan la tapicería de las paredes recrean escenas de una de las guerras chino-japonesa, mostrando a sus combatientes en franca inferioridad frente a la valentía y coraje de los guerreros japoneses.

El cine se sienta al diván

La Pagode resiste, por ahora, como el reducto galo de Astérix los embates del agrietamiento cultural europeo. Son tiempos de tijeretazos para la Cultura. Una rima que repite el actual director de la sala, Olivier Couisin, un tipo menudo de 38 años. Según cuenta, lleva 13 en La Pagode y cumple sin reparo las funciones de un artista del Renacimiento: desde el cuidado del jardín, pasando por el mantenimiento de las máquinas en la sala de proyección hasta la especial confección de la agenda, que incluye ciclos y conferencias (El último domingo de cada mes un psicoanalista desgrana las bondades, virtudes y defectos de los personajes de una película).

Olivier Cousin cuenta que ante la necesidad de atraer gente, más allá de los fieles feligreses del barrio, como el actor francés Michael Lonsdale, intérprete del monje circestense Luc en la recientemente aclamada De dioses y hombres (2010), la cartelera “no tiene tantas películas de cine ruso, por citar un ejemplo, como quisiéramos”.

También explica que los hermanos Vincent, productor, y Luois Malle, gran director francés de la inolvidable Le souffle au cœur (1971), patrocinaron en 1972 la construcción de una nueva sala subterránea con capacidad para 175 personas. Y que una tarde de mediados de los años 70 Jacqueline Kennedy llegó de improvisto con el deseo expreso de ver una película a solas en el Salón Japonés.

Lo más probable es que Monsieur Morin se sintiera perplejo al ver cómo ha girado de forma caleidoscópica esta empresa que nació de un regalo fugaz. También sería consciente de que estas son las cosas que logran las pasiones humanas y el amor.

2 comentarios sobre “La pagoda de Monsieur Morin”

  1. Camilo, es un orgullo tenerte en este equipo de viajeros apasionados por conocer más este mundo y leerte es un placer. No sabes lo que he disfrutado este post. No conozco La Pagode, desconocía tan maravillosa historia y ahora ya tengo un motivo más para volver a París.
    Un fuerte abrazo, nuevamente BIENVENIDO y sólo una pregunta
    ¿Cuándo te volvemos a leer?

  2. No imagino a nadie que ame el cine, haya visitado Paris, y que no haya ido al cine A La Pagode. Esta en Pecado Mortal!!! Es una toda una experiencia inolvidable. Ademas despues de haber leido esta fantastica historia, la visita se hace aun mas ineludible.

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