La modestia de Bilbao

Se quiere lo que se conoce, y quien mejor conoce las cosas es capaz de transmitir ese cariño de una manera elocuente. Hablábamos hace unos días del cambio que ha sufrido Bilbao. Descubrir lo nuevo es fácil. Para comprender lo antiguo se necesita ayuda. Tengo la suerte de compartir espacio con un enamorado de la ciudad. No hay rincón que se le escape. Su propuesta, la propuesta de José Ramón Morejón, periodista, entre otras muchas cosas, está recogida en lo que ha llamado la modestia de Bilbao. El texto y el mérito son suyos; solo las fotos son mías.

Cuando era pequeño, mi abuela, de Bilbao de toda la vida, me aconsejaba no ir por ahí diciendo que era bilbaíno porque, subrayaba, el que no lo era, no tenía porque pasar vergüenza. Al final, para evitar este inconveniente, decidimos que los de Bilbao nacieran donde les diera la gana.

La verdad es que, hasta que el titanio lo iluminó todo con sus reflejos metálicos, Bilbao era una ciudad muy modesta empecinada en ocultar sus encantos. Lo hacía hasta el punto de renunciar a sus colores y vestir permanentemente de un gris plomo que disimulaba, cuando no tapaba completamente, sus atractivas formas.

Tan modesta ha sido esta ciudad que hasta ha mantenido, y lo sigue haciendo, la ambigüedad sobre su sexo: unas veces es “la” villa y otras “el” botxo.

Esa tendencia a no darse importancia ha quedado reflejada en la sutil manera que tiene para dejar disimuladamente en su callejero pistas que evocan las diferentes épocas de esplendor por las que ha pasado ella (o él) y sus habitantes. Pretendo probar lo que os digo en las próximas líneas y ya me diréis si estáis o no de acuerdo conmigo.

Os propongo un recorrido que puede empezar, por ejemplo, en la Plaza Nueva.

Se trata de un espacio público rectangular y porticado que comenzó a construirse en 1829 rematándose 20 años más tarde y que vino a resolver varios problemas, uno el de la necesidad de vivienda y otro la creación de un lugar cubierto para albergar el tradicional Mercado de Santo Tomás del 21 de Diciembre, jornada en la que quienes trabajaban las tierras de los caseríos del entorno bajaban a la ciudad a pagar las rentas y, de paso, vendían sus excedentes para surtir las mesas navideñas de los señoritos de ciudad. Hoy en día esta jornada está marcada por el olor del txakolí y el sabor del talo con chorizo, el mercado desborda con creces los límites de esta plaza y, más que ropa de faena, se ven corbatas de oficinista. Es curiosa la historia de cuando decidieron convertir la plaza en un estanque para deleitar con una batalla naval a Amadeo de Saboya. Fue un desastre. Pero, a lo que íbamos. El nombre de la Plaza Nueva nos remite a un espacio “viejo” anterior. En el callejero no hay, sin embargo, ninguna Plaza Vieja. Si aún no os habéis aburrido y seguís acompañándome, en unas líneas pasaremos por ese lugar que tiene también su historia. Antes de dejar esta concurrida y bulliciosa ágora nos someteremos al irresoluble dilema de elegir uno (o mejor media docena) de los lujuriosos pinchos que nos provocan desde las barras de los numerosos bares que rodean la plaza. Os propongo además un juego: a ver si sois capaces de encontrar la inscripción que recuerda la fecha en la que se cerró el primer arco de la Plaza. Os doy dos pistas: está en la parte interna de la clave del arco y se encuentra en una de las esquinas.

Arcos de la Plaza Nueva. Bilbao. Copyright Araceli Viqueira
Arcos de la Plaza Nueva. Bilbao. Copyright Araceli Viqueira

Bueno, ahora dejamos la Plaza Nueva por la calle que da a la Plaza Miguel de Unamuno. No se si es una metáfora pero esta callecita es una de las más cortas de Bilbao y se llama Libertad.

De Don Miguel no vamos a contar mucho pero sí destacar que es el escritor favorito del actual alcalde Iñaki Azkuna y que, como él, despierta entre los bilbaíno fobias y filias aunque partidarios y detractores no dejen de reconocer méritos a ambos. Por la Calle de la Cruz, y después de pasar por el antiguo acceso al Museo Vasco y ante la Iglesia de los Santos Juanes llegamos a otro punto con nombre sugerente el Portal de Zamudio. La verdad es que, así visto, no dice gran cosa, una confluencia de varias calles. En realidad se trata del lugar en el que se encontraba una de las puertas que permitían franquear las murallas de la ciudad y a la que se llegaba por el Camino o Calzada de los Zamudianos, parte del primitivo trayecto que, por la Costa, llegaba al sepulcro de Santiago. Ah pero… ¿Bilbao fue una ciudad amurallada?. Bueno, hay que tener el ojo muy entrenado o que un aborigen te dé pistas para ver los pocos vestigios que quedan de esta estructura defensiva que, al parecer, no se necesitó demasiado.

Vayamos ahora por la calle Ronda. La primera de “Las Siete Calles” sobrenombre del Casco Viejo de Bilbao que parece venir precisamente de aquella remota época en la que un muro marcaba los límites urbanos.

Nomenclatura Calle Ronda, Bilbao. Copyright Araceli Viqueira
Nomenclatura Calle Ronda, Bilbao. Copyright Araceli Viqueira

La Calle Ronda (donde nació Unamuno) hace referencia al camino que recorrían los soldados guardianes de la Villa. Hacia la mitad, y a mano derecha según vamos, una placa en la pared nos facilita la localización de los vestigios de la antigua muralla sobre la que, ni cortas ni perezosas, se montaron las edificaciones. La puerta y las ventanas perforadas en las piedras de sillería nos dan la medida del grosor que tuvo. Hasta hace pocos años se había dado por bueno el trazado imaginario que en el siglo XIX había dibujado en dos difundidos planos el impresor Juan Delmás. Él pensaba que la muralla hacía ángulo recto al llegar a La Ribera y unía las casas torre de las diferentes familias nobles al extremo de cada calle, pero el arqueólogo Iñaki García Camino se puso a “escarbar” en la Iglesia de San Antón e hizo subir las acciones de la empresa que fabrica el tippex. Visita obligada la de esta iglesia para ver, bajo su altar, los restos mejor conservados de la muralla. Por cierto su campanario barroco y su nave gótica, junto al antiguo puente, forman parte del escudo de Bilbao, y del Athletic, claro.

Y justo al lado de la Iglesia de San Antón, entre los arcos de La Ribera y la Ría un enorme edificio record Guinness. Se trata del Mercado Municipal de Abastos considerado el más grande en su género de Europa. Yo creo sinceramente que cuando los del famoso libro de proezas visitaron Bilbao se contagiaron del espíritu de sus habitantes.

Mercado de La Ribera, Bilbao. Copyright Araceli Viqueira
Mercado de La Ribera, Bilbao. Copyright Araceli Viqueira

Los bilbaínos no llaman, sin embargo, al de abastos, mercado sino “La Plaza” y… sí, los más atentos habrán adivinado que acabamos de llegar a la misteriosa “Plaza Vieja”. Antes de que una avenida se lo llevara por delante, el ayuntamiento de Bilbao estaba en un edificio que, en ángulo recto con la Iglesia de San Antón, delimitaba un amplio triangulo que hacía las veces de “plaza del pueblo” donde transcurría la vida social, se celebraban incluso corridas de toros y curiosamente desde que existen crónicas se ha usado como mercado para aprovisionar las despensas y llenar los platos de los bilbaínos.

Según recorremos los arcos de La Ribera vamos dejando a la derecha el arranque de las famosas “Siete Calles” cuyas tres primeras nos están diciendo que ellas fueron las madres del resto. Sus nombres: Somera o Goienkale, es decir, la calle de arriba, Artekale, o sea, la calle de en medio y Belostikale, o la de abajo que remataba la tradicional estructura de los burgos medievales.

Arcos de La Ribera, Bilbao. Copyright Araceli Viqueira
Arcos de La Ribera, Bilbao. Copyright Araceli Viqueira

Nada más acabar los arcos de La Ribera la Ría se nos mostrará en todo su esplendor. Ese cauce, que periódicamente reclama su propiedad, provoca lo que se conocían tradicionalmente como “aguadutxus”, que, así escrito, en diminutivo, hace difícil imaginar la magnitud del último, de Agosto de 1983. En muchos puntos del Casco Viejo hay placas que señalan el nivel que alcanzaron las aguas. Es necesario inclinar bastante la cabeza hacia atrás para llegar a verlas. El dragado y limpieza posterior hizo desaparecer vestigios de cargaderos que recordaban el pasado minero de la Villa y los “arris” o muretes que se adentraban en el cauce y se usaban para pescar ese preciado manjar con apariencia de gusano blanco que hoy se paga a precio de platino. ¡Y pensar que el único empacho que he cogido en mi vida ha sido de angulas! Los de Bilbao somos así, aunque fuera hace muchos años.

Poco después de pasar los arcos de La Ribera pero al otro lado del río se encuentra un edificio, hoy de viviendas, que pasa desapercibido a pesar de estar considerado el primero del estado construido en hormigón armado. Se distingue por su cubierta amansardada al estilo francés.  Se llamaba “La Ceres”. Fue en origen un edificio industrial y se eligió este innovador material precisamente por considerarse incombustible, al contrario que la madera. Se levantó entre 1899 y 1900. Lo pagó Toribio de Ugalde, un empresario harinero, lo diseñó su hijo Federico, arquitecto, que debía de ser un chicarrón del norte a juzgar por su apodo: “Zapatones”, y lo construyó una firma francesa que  aún existe y se llama Hennebique. En los “Archives d’Architecture du XX siecle” en París se conservan fotografías de todo el proceso constructivo.

Dejando a un lado Carnicería Vieja, Barrencalle y Barrencalle Barrena giramos a la derecha para entrar de nuevo al Casco Viejo por la calle Pelota. Llegamos al punto donde confluye con Santa María, la Calle del Perro y la Calle Torre. Si vamos hasta la esquina, enfrente veremos el Palacio John o edificio de La Bolsa, hoy centro cultural, que merece la pena ver por dentro y en el que aflora de nuevo un trozo de muralla. En su fachada una imagen de la Virgen de Begoña a la que cantan los txikiteros, esas cuadrillas itinerantes en vías de extinción de hombres maduros pegados a un vaso de vino tinto. Y ahora mirad al suelo. Estáis pisando una estrella de los vientos. Marca el único punto del Casco Viejo desde el que puede verse el campanario de la Basílica de Begoña. Hay que mirar hacia la izquierda y hacia arriba siguiendo el trazado de la Calle del perro. Pero, aún hay más, si os giráis y alzáis la vista, en la fachada de la casa en la que os habéis apoyado hay una de esas placas que marcan el nivel de las inundaciones del 83. Ya se que resulta difícil de creer e imposible imaginar pero así fue.

Edificio de La Bolsa, Bilbao. Copyright Araceli Viqueira
Edificio de La Bolsa, Bilbao. Copyright Araceli Viqueira

Me vais a perdonar que os abandone aquí que no quiero aburriros con mis historias.

Si queréis comer en condiciones os recomiendo alguno de los restaurantes cercanos. Para platos tradicionales el Amboto, cocina más moderna en el Harrobia, aunque lo difícil es encontrar en Bilbao un sitio donde se coma mal. Yo me voy por la Calle Jardines. Haré una paradita en el antiguo Sasibil. Su pintxo de foie caliente de pato sobre manzana con mermelada es una experiencia mística. Otro día puedo enseñaros el Paseo de Los Caños, contaros cómo fue la carambola que convirtió a Bilbao en la Meca del Bacalao, porqué una calavera preside la entrada al Campo de Fútbol del Mallona, qué construcción en Bilbao hace que, en comparación, la Torre de Pisa parezca vertical, os enseñaré el lugar donde se pescaban las mejores angulas del Mundo o descubriremos que en esta ciudad las estatuas no están quietas.

Solo quería apuntaros una muestra de ese Bilbao modesto, de toda la vida, que conservamos celosos hasta que decidimos que, como poner un burka a una mujer hermosa, era injusto guardárnoslo para nosotros solos. Llamamos entonces a los mejores estilistas, lo vestimos de colores y le pusimos joyas de titanio para que todos lo disfrutaran.

Pero, ojo, ahora no vayáis por ahí diciendo que habéis estado en Bilbao porque el que no lo ha visitado no tiene porque pasar envidia.

3 comentarios sobre “La modestia de Bilbao”

  1. Me siento muy honrado con la participación de Joserra en este blog. Muchas gracias, Araceli. El texto me encantó, esperadme ambos en Bilbao!

  2. Estupendo, la verdad es que dan ganas de salir de inmediato a recorrer, la ruta propuesta. Enhorabuena! Extraordinario! Excelente! Soberbio! Super! Excepcional! Fantastico! Aunque los elogios parezcan modestos para un bilbaino.

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