Hidalgo, en el centro de México, tiene en Pachuca a su capital y en el paste uno de sus grandes símbolos. Aquí, entre historia minera y herencia británica, este bocado sigue marcando el pulso de la vida local.
Por Redacción ALTUM
Hidalgo no suele estar en las rutas más conocidas, pero basta llegar a Pachuca para entender la fuerza de su historia minera. Capital del estado y antigua ciudad minera, su identidad está marcada por la llegada, en el siglo XIX, de trabajadores ingleses procedentes de Cornualles. Con ellos no solo llegaron nuevas técnicas de extracción, también costumbres, acentos y recetas.

Una de ellas fue el pasty, que con el tiempo se transformó en el paste hidalguense. El nombre tiene su propia historia y deriva del inglés pastry, en referencia a esa masa rellena que los mineros llevaban consigo a las jornadas bajo tierra. La adaptación fue inevitable. Cambiaron los ingredientes, cambió el entorno, pero la esencia se mantuvo hasta convertirse en uno de los emblemas gastronómicos más claros de la región.
Donde la tradición se mantiene intacta
En Pachuca y en el cercano Real del Monte, el paste sigue teniendo algo de ritual cotidiano. La trenza lateral responde a una lógica práctica de aquellos años bajo tierra. El relleno, crudo antes del horneado, se cocina en su propio jugo y define ese sabor tan particular que hoy se reconoce al primer bocado.

Ahí es donde entra Pastes Kiko’s, una marca ya internacionalizada que ha hecho de la fidelidad a la receta su principal carta de presentación. No hay reinterpretaciones forzadas ni giros innecesarios, hay una apuesta clara por mantener viva una tradición que forma parte de la identidad de Hidalgo. El clásico de carne con papa y chile sigue siendo el referente, aunque hoy convive con versiones dulces y otras combinaciones que amplían la oferta sin perder de vista la receta original.
De negocio familiar a referencia cultural
La historia de de esta gra empresa comienza en 1972, en Pachuca, sin grandes pretensiones más allá de hacer bien las cosas. Ese origen se nota en la coherencia que ha mantenido con los años y que explica su crecimiento. Hoy supera el centenar de puntos de venta en México, pero la expansión no ha diluido el producto. Cada paste sigue respondiendo a la misma lógica que le dio origen. Más que una cadena, funciona como una extensión de la cultura local que viaja con cada nueva apertura.
Un bocado que también es destino
El paste es una puerta de entrada a la historia de Hidalgo. No es casual que tenga reconocimiento como patrimonio gastronómico del estado ni que forme parte de la experiencia de quien visita la región. El mejor ejemplo es el Festival Internacional del Paste, que se celebra cada año en Real del Monte. Más allá de lo anecdótico, el evento refuerza el vínculo entre México y Cornualles que sigue vivo en la cocina. También confirma algo que se percibe desde el primer momento, que aquí la gastronomía no es un complemento del viaje, es uno de sus grandes atractivos.

Al final, probar un paste en Pachuca tiene algo de gesto sencillo y mucho de contexto. Es entender cómo una receta cruzó el Atlántico, echó raíces y terminó convirtiéndose en identidad. Y en ese recorrido, Pastes Kiko’s ocupa un lugar propio, sin ruido, pero con una claridad absoluta en lo que representa.