En Normandía, el punto de Europa en el que se producen las mareas más violentas de todo el continente, la belleza está escrita con mayúsculas en tres de sus ciudades costeras: HONFLEUR, TROUVILLE, Y DAUVILLE.

Mi viaje por carretera ha tardado dos horas desde París hasta la costa normanda, la que mira al Canal de la Mancha, y observa con cierta melancolía ese mar cargado de historia. Aquí vientos y mareas son violentos, y así lo demuestra el escarpado litoral que recibiera hace mil años a los vikingos; y que durante la II Guerra Mundial vio desembarcar en sus playas a las tropas aliadas que recobraron la libertad para Francia y Europa en el famoso “Día D”.
La primera toma de contacto la hago en la población de Honfleur. Desde su puerto –dicen que es el mejor conservado de los “viejos normandos”-, vislumbro una estampa que me recuerda inmediatamente la ilustración de una caja metálica de acuarelas que tuve de niño, y que nunca he olvidado. Recuerdo que siempre me preguntaba dónde sería ese pueblito de casas de piedra y de pizarra, de ventanas florecidas, de formas tambaleantes pero casi perfecto, que yo utilizaba como patrón para intentar plasmarlo en un papel, que siempre terminaba deshecho por el exceso de agua que utilizaba. Nunca pude pintar, y por supuesto jamás aprendí a usar las acuarelas, pero por fin he llegado a Honfleur, a la musa de mis inspiraciones artísticas de infancia… Muchas embarcaciones están amarradas en el malecón, y como es temprano, las terrazas destilan olor a café y criossants recién horneados. No me puedo resistir y me zampo uno acompañado de un delicioso “café au lait” mientras observo a un hombre de bata blanca, que frente a un caballete, consigue lo que yo de niño nunca logré:

Eugene Boudin, precursor del impresionismo nació aquí, su casa es actualmente un museo, y yo me pierdo por unas calles que sirvieron de taller para que Boudin enseñara a pintar a Monet; a las que acudieron varias veces Pisarro, Renoir y Cézanne en busca de inspiración. No hay duda, mi paseo se aproxima a una caminata por un dibujo impresionista, y yo me emociono a cada paso.




Entro en la iglesia de Ste-Cathérine, construida enteramente en madera, y pienso que por su forma se parece a un barco normando al revés. Su campanario también está construido en madera, debido a las estrecheces económicas que se vivían durante el período en que ambos fueron erigidos. La calle me llama nuevamente… Sigo caminando por unas callejuelas que me desvelan tiendas de productos típicos, restaurantes, bares, y coquetos hoteles con encanto; un halo de agradable estética parece envolverlo todo.




Los quince kilómetros hasta Trouville, discurren por una carretera que bordeando el mar, ofrece unos paisajes idílicos de árboles frutales y campos verdes que anteponiéndose a unas mansiones y palacetes consiguen quitarme el aliento. Los acantilados se suceden continuamente y las ganas de andar por entre tanta belleza se vuelven insoportables. Tras mi caminata por Trouville y el descubrimiento de su riqueza arquitectónica que pone de manifiesto el altísimo nivel de esta otra dama normanda, menos concurrida, pero no menos famosa que la anterior, hago una escala en su playa.

La corte de Napoleón III veraneaba aquí, y esta playa no solamente ha visto pasear por ella a grandes personalidades de la aristocracia e historia francesa, sino que todo en ella recuerda los hábitos y gustos de la burguesía: toldos de rayas marineras, personajes con gorros tipo “canotier” y bañadores estampados de nudos o conchas, y pareos de lino. Nunca antes había visto canchas de tenis en una playa, ni parque infantil; entiendo que son una muestra más de lo sofisticación normanda, y me siento en frente de ellas en un banco a degustar una baguette con tres quesos fundidos en su interior.





Continuo mi camino hasta la vecina Deauville. Había leído que el mismo Napoleón III observando las marismas a lo bajo de las colinas de Trauville, decidió potenciarlas económicamente. No tardó en llegar a ellas el hipódromo, ni en expandirse la construcción de suntuosas casas. Apareció el casino, se asentaron las tiendas del lujo francés, y proliferaron los restaurantes. Es decir, la nueva Dauville se convertió en sinónimo de exclusividad.
Los hoteles son lujosos y obviamente carísimos. Su playa magnífica, y las guardaropas de la playa privados, con nombres de famosos que han pasado por esta ciudad son los que especialmente llaman mi atención (me parece “tres chic”). Mientras mis pies descalzos se despiden de las arenas de esta playa exquisita, tengo la sensación que de alguna manera la vida de “amor y lujo” que aquí se lleva, junto con todos los millones, el glamour, la elegancia y el entorno en general de esta villa consiguen reafirmar y reforzar la autoestima de los franceses.




Tres damas normandas, elegantes, bellas, y diferentes entre ellas, que sin duda merecen una visita en cualquier viaje a Normandía, una región llena de encanto y belleza natural en la que además es obligación degustar sus afamados productos gastronómicos como la sidra, el calvados, el marisco o los productos lácteos.
Yo por mi parte me sirvo un culín de sidra mientras sueño con acudir algún día al Festival de Cine Americano de Dauville, que cada año se celebra durante la primera semana de septiembre.
Au revoir.
Solo puedo decir: MAGNÍFICO.
Normandía con sol, esto es truco… ja,ja,ja
Buenas fotos. Abrazos.
Qué post tan maravilloso, dan ganas de irse a vivir a Normandía. Pensando en lo de las acuarelas, tal vez no haya llegado a ser pintor, pero sí uno de los mejores fotógrafos que conozco…la imagen lo ha perseguido siempre!
Percibo cierta debilidad por Francia…
Francamente muy bueno. Y si se me permite,un consejo, de visitante asiduo a Normandie: evitar los fines de semana de verano. Y quien pueda,que vaya a los acantilados de Etretat a 40 kms de Honfleur.